jueves, diciembre 30, 2010

La casa de los guayparimes

LA CASA DE LOS GUAYPARIMES
   
Una lluvia menuda había  caído  sobre  el valle. Las hojas lucían gotitas trémulas  que  cintilaban  al  correr la brisa vespertina y pequeñas abejas negras buscaban el último néctar de la tarde. La vida en todo su esplendor se manifestaba en la bullente  actividad  de  miríadas  de  insectos, pájaros y roedores que poblaban los alrededores del caserío, pero había también una  fuerte  tensión  en  la  comunidad  indígena; se notaba en la voz abroncada  de los guerreros reunidos bajo el frescor de sombrosas bebelamas y en las mejillas enrojecidas de las jóvenes núbiles que cuchicheaban, mirándolos de soslayo mientras, con sonido de rítmicos aplausos hacían tortillas para cenar.
 Pensando no perderse un solo  detalle de la ceremonia, las mujeres regresaban apresuradamente  del  rio,  ágil  el paso, esbeltos los talles, equilibrando  sobre  la cabeza adornados cántaros llenos de agua para beber gozaban la tibia claridad del sol muriente sobre sus firmes y turgentes pechos; usaban túnicas de algodón que les llegaban  abajo  de la rodilla o faldas de ixtle finamente tejido. Las adolescentes solo vestían unas falditas de cuero de venado, desde la cintura a la mitad del muslo y una pequeña concha atada al cuello, símbolo de virginidad.
Los mandones de la tribu, vestidos con trajes de ixtle y palma, vieron llegar a un  grupo  de prostitutas que venían a participar en la ceremonia donde una joven se consagraría al servicio de los hombres. Ellas y las ancianas de la familia habían pasado muchas horas dando consejos a la joven y le  habían enseñado el uso de hierbas y raices para evitar los embarazos trayéndole, asimismo, finos colores para pintarse el rostro.  Aunque raramente  habitasen  su  propio pueblo, los cahitas no las despreciaban. Eran consagradas; mujeres dedicadas a un oficio ejercitado como comprensible función social.  Ilitchi, la más hermosa de ellas vivía en una amplia casa, fuera del poblado, junto a un bosquecillo de frondosos guayparimes.
 Bajo un viejo macapule,  los pajcolas iniciaron su danza rodeando a Babu, la  hermosa  hija  de  Sehua y Joyicahui el Cazador; ella había decidido dedicar  su  vida al servicio de los  hombres. Hicieron sonar suavemente sus  tenábaris, crisálidas secas atadas a sus piernas, que cascabelearon como abejas irritadas al aumentar  el  ritmo  de los pasos hipnotizantes, incansables, marcados en el zumbar de las sonajas y el castañeteo de cien pezuñas de venado atadas a la cintura.
Cuando el Sol se ocultaba  Babu sonrió; tenía 14 años y era virgen, pero desde esa  noche  sería conocida como Babu la Cortesana. Junto al grueso  tronco  del  árbol recitó las palabras sagradas tomando en sus  manos morenas un pequeño cuenco de cerámica  roja y bebió el brebaje preparado con extraños frutos y hojas  silvestres;  le daría fortaleza para soportar su brutal desfloración. El líquido se deslizó por su garganta con una sensación cálida que la hizo sentirse ajena, distante, como si otra,  no ella, estuviera a punto de participar en el bárbaro  rito.
  Desaparecido su nerviosismo, calmada por completo, comenzó a escuchar,  divertida, el intencionado canto tribal de las rameras: sincopada letanía que añorantes viejos entonaban con agudas voces desdentadas.
Esa tarde Sehua y Babu, acompañadas de las mujeres casadas de la familia, habían bajado al río. En un remanso rodeado de álamos, macapules  y  aromas  de vinorama, Sehua desnudó a su hija y la bañó  frotándola suavemente con cortezas jabonosas. Viendo  el  cuerpo  firme y esbelto, la piel tersa del color de las pencas de mezcal  tatemado  y su sonrisa luminosa, ella recordó que no le faltaban pretendientes: jóvenes cazadores que sobresalían por su valor o labradores dedicados con entusiasmo al cultivo de la tierra trataban de conquistar a la joven, pero Babu se había afirmado en su propósito: se dedicaría al oficio de Ilitchi.
Sehua, de naturaleza reposada, tímida y callada, se veía furiosa, como  jabalí  parida. Ella era de estirpe Achire, tribu salvaje donde el marido  era propietario absoluto de la mujer y desconocían su consagración al servicio de los hombres. Su crianza, bajo la férrea disciplina de sus ancestros achire, rechazaba la  idea de que su  hija pudiese pertenecer a muchos hombres y  hacia brotar un odio profundo, incontrolable, contra quien la había entusiasmado para escoger ese oficio.
Por su parte  Joyicahui  era  cahita  y  aceptaba con toda naturalidad  el destino de su hija. Pero le parecía una actividad ingrata porque no podría negar sus favores a quien lo solicitara, aún en el caso  de  que algún hombre la tomase como esposa. Reconocía, por otra parte, que era un oficio respetable y que consagrarse al servicio de los hombres era una excelente opción para  las  mujeres.
Construyó, en las afueras de  pueblo, una casa para Babu con  horcones de amapa y vigas de ébano. El encamado para la tierra del techo no lo hizo con pitaya, como era usual, sino de cedro partido en delgadas fajas. Primorosos  petates, de fino carrizo,  formaron las paredes; en esta forma el viento refrescaría  el interior conservando la privacidad.
 Babu recordó sus escapadas a la casa de Ilitchi a pesar de las recomendaciones de su  madre. No encontraba nada anormal en la conducta de esta mujer agradable,   tranquila   y   reconocida  como  persona bondadosa  y  servicial.  Algunas  razones  que  oponía  Sehua  a  su  amistad  con  Ilitchi  le  parecieron intrascendentes y otras, exageradas.
Para la dulce y cariñosa Babu era muy agradable visitar la  casa de los guayparimes  pues  la  hermosa  cortesana entretenía a Babu y a su  propia hija Chocqui, contándoles historias  que  evocaban   aparecidos,  fieras sanguinarias, juegos de hulama, inundaciones, guerras, grandes cosechas o castigos a violadores. Las acompañaba a bañarse al río y a recoger frutas del monte y, cuando comían les daba a probar sabrosos y embriagantes licores  de mezcal, huizache y tunas.
A veces, por las tardes, les permitía  fumar, en secreto, aquella yerba verde cuyo humo acre producía una inquietante sensación de bienestar.
Sehua, solitaria en su casa, vio pasar, cantando, a Iltichi y a sus compañeras rumbo al macapule donde sería la celebración. "Van  bien  borrachas...", se dijo, mientras imaginó, con asco, la fuerte resaca que tendrían por la mañana. Entonces, como relámpago, una idea  iluminó su cerebro y la sangre achire impulsó su acción.
La noche estaba clara y no tuvo dificultades para llegar a la casa donde vivía  Suula  la  Yerbera; había visto dónde tenía guardado aquel remedio líquido, incoloro, insípido, que con una gota daba la vida pero  que causaba la muerte sin dejar huella si se administraba  en dosis altas. Nadie estaba en casa. Encendió un trozo de  ocote. Ahí, en la parte alta del horcón central encontró lo que buscaba: un cañuto de carrizo, casi lleno, del peligroso líquido. En silencio tomó la vereda rumbo a la Casa  de los Guayparimes. Llegó a la pequeña arboleda cuando  los  primeros  tamboriles  comenzaron  a  sonar  iniciando  la  ceremonia  donde todos los hombres de la tribu pasarían por el lecho de  su  hija. Ciega de rabia,  segura de la fuerte sed que les provocaría la resaca de su embriaguez, vertió la mortal poción en el agua de las tinajas.
 La luna llegó al cenit, el aire se llenó de cantos en la lengua melodiosa de los pueblos del río Petatlán y la tribu, congregada al rededor del fuego, comenzó a tomar embriagantes bebidas de pitaya fermentada.
  Babu, vestida con una fina túnica de algodón, adornada con decenas de tintineantes cascabeles de cobre, joyas  de turquesa y figuritas de jade, consumió los hongos rituales, se despojó de la túnica y, sin mostrar ninguna emoción inició, desnuda, su primitiva danza ofreciéndose a los hombres.
 Cuando  terminó  de  bailar, Joyicahui su padre, desató de su cuello el símbolo de su doncellez: una pequeña concha que él  mismo había colocado cuando llegó a la pubertad. Después entregó a su hija. El brujo de la tribu recibió a la joven y, entre humos de copal y batir de tambores, entraron a la nueva casa. Consumado el ritual que segó su virginidad,  Babu  era  una prostituta consagrada.
Al tercer día Babu despertó del pesado sueño producido por las drogas consumidas en la ceremonia y, orgullosa de su nuevo estado, sintió  la necesidad de hablar con su maestra y consejera.
 Con paso elástico, cimbreante, gozando de la caricia del sol matinal, se puso en marcha hacia la Casa de los Guayparimes, hogar de la bella cortesana. Nada le anticipó la sorpresa, intensas náuseas le  invadieron ante el espectáculo de los cadáveres, ya tumefactos, de Ilitchi, su hija Chocqui y las demás mujeres que habían venido a su consagración.

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Arcilla verde

ARCILLA VERDE

Con las primeras luces del  día,  Mori el Alfarero salió a buscar arcilla verde; esa tierra densa, fina, pastosa, con la cual formaba la capa  exterior  de  sus vasijas. Durante años los artesanos cahitas habían  obtenido  su material del manto depositado bajo gruesa  capa  de  tierra  aluvial pero, hacía varias  lunas,  una  fuerte   avenida  del  río  había  hecho desaparecer este yacimiento.
   Mori vestía solamente  un  taparrabos  de ixtle, finamente tejido, sostenido con un cinturón de cuero de jabalí; en la muñeca izquierda llevaba  su  amuleto:  pulsera  de concha en cuya parte saliente estaba tallado  un rostro humano, de ojos redondos, como  batracio;  del  hombro colgaba un morral de piel de puma donde guardaba un ancho cuchillo de obsidiana y la palita para escarbar, primorosamente trabajada en el omóplato de un venado.
   No era guerrero; las tribus  vecinas bien lo conocían como artesano de manos  maravillosas  que hábilmente proporcionaba tanto una cazuela para  la  hornilla,  una pipa, un plato, un ánfora para el agua o un  silbato para  entretener a los niños. Hombre de paz era Mori.
Sabía dónde encontrar, secreto heredado de los abuelos de sus abuelos, piedras que una vez molidas, daban color negro al adorno de sus   trabajos o aquél rojo, tan raro, imprescindible para decorar cántaros, vasos, urnas, máscaras o bien los preciosos y ornamentados cuencos donde colocaban ofrendas para los  muertos.  Cuando  era necesario, fabricaba grandes recipientes de barro cocido para sepultar, en posición fetal, a quienes emprendían su viaje a la Eternidad. También  sabía  utilizar los ocres y los fondos  blancos tenían un tono cremoso que nadie igualaba.
   Mori había cumplido ya medio siglo; era delgado, con manos largas, poderosas, que tomaban un trozo de barro y, con maravillosa facilidad, lo transformaban en piezas de exquisita belleza. Hombre sabio,  prudente, pero dominado por una pasión: la alfarería.
Caminó río arriba por la orilla pedregosa sin preocuparse del terreno; solo de vez en cuando paseaba su vista por pequeñas lagunas donde pululaban  pececillos, reposando los ojos cansados de escudriñar el  terreno  en  busca del color obscuro de la elusiva tierra.
   En el rojizo fondo de una charca identificó la arcilla que usaba para  pipas  ceremoniales y silbatos largos, piezas delicadas que requerían  secarse sin  grietas.  Levantó con mucho cuidado la capa de  barro; hizo unos pequeños ladrillos y los puso a secar al  sol. A su regreso los recogería; nadie sería capaz de tomarlo, todos  sabían que únicamente él usaba barro colorado para modelar algunos utensilios.
 A media mañana  se  le  ocurrió  cruzar  el pequeño caudal hacia un alto paredón. No  le  habían fallado los cálculos, a la altura de sus  ojos  estaba  una  gruesa capa del precioso material, denso, obscuro, compacto, a una brazada del piso. A lo lejos, nubes cerradas, negras, iluminadas por los relámpagos, indicaban que una tormenta estaba cayendo en la serranía donde el Tetamuchala brotaba como un arroyuelo.
Calculó que para las últimas  horas de la tarde la correntada llegaría con fuerza bastante  para llevarse el preciado banco de la substancia  que  con  tanto  afán  había buscado muchos días. Mori no quiso  perder  tiempo;  la veta era angosta, de media brazada y dos palmos  de  alta. Sacó sus herramientas  y  comenzó a escarbar la veta que se internaba horizontalmente hacia la ribera maciza; Mori trabajaba concentrado, no quería dejar una pulgarada de la esquiva greda.
   Entusiasmado por la fina  calidad del material, desdeñó el peligro, imaginando ya los  recipientes, la forma, los colores y el esgrafiado  que  tendrían.  Se  introdujo temerariamente hasta el fondo  del  hueco,  que  tenía ya tres brazadas de profundidad. Falto de apuntalamiento, el techo de la cueva, aluvión puro, cedió de repente.
El último pensamiento de Mori fue para los montones de arcilla que había sacado y que por la noche fueron arrastradas por la violenta riada. No quedó ninguna señal.
   Setecientos años después, una parte del paredón cayó a las broncas aguas del río descubriendo un deleznable esqueleto, simple residuo de cal, pero que conservaba la fuerte dentadura, el amuleto de concha y sus amadas herramientas.

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domingo, diciembre 26, 2010

La calle Ángel Flores de Guasave

La calle Ángel Flores de Guasave.
Recuerdos de un lugar, una época, un ambiente.
Manuel de Atocha Rodríguez Larios


I n t r o i t o
Aunque Toño nació a principios de la década de los treinta, los primeros datos registrados por su memoria son las noticias de la Guerra, la Segunda Guerra Mundial, cuyos ecos sacudían a los moradores de la calle Ángel Flores de Guasave, Sinaloa; todos los acontecimientos anteriores son confusos. A partir de  esa época, sus recuerdos se expanden como las ondas circulares en el agua y, en las tardes tranquilas, arrellanado en su sillón disfruta de una taza de café, molido en casa y preparado en talega, a la manera de antes, mientras evoca a las familias que vivían en esa calle y sus inmediaciones. Cuando su pensamiento se remonta hacia el pasado, aflora a sus labios una sonrisa envuelta en deliciosa nostalgia y vuelve a vivir el tranquilo ambiente, la camaradería, el gozoso transcurrir del tiempo y ante todo aquella sólida amistad cuya fuerza unió por siempre, sin distinción de orígenes ni posiciones sociales o económicas, al grupo de chamacos quienes, a fines de la década de los treintas tenían su punto de reunión en un solar baldío frente al edificio donde estaba la oficina de Correos y Telégrafos. Este espacio servía lo mismo para jugar a las canicas, al béisbol, futbol, a “la cuarta escondida”, a los “quemados”, como cuartel general de “los bandidos” y hasta para organizar improvisadas competencias de trompo o balero. Por su parte, las niñas y  los niños más pequeños, podían corretear, brincar la cuerda, jugar a la “con-ella” a La Monja y el Diablo o cantar espontáneas y mágicas rondas infantiles.
L a   r e g  i ó n
A pesar de haber sido fundada tres siglos y medio atrás, Guasave era en realidad de dimensiones muy modestas: una pequeña población junto al río Sinaloa, en el centro de un hermoso valle, extraordinariamente fértil, en cuyo espacio se ubicaban haciendas y poblados, enclaves de familias casi todas de origen español, cuyas casas solares habían favorecido la formación de asentamientos humanos mas o menos tan importantes como Guasave mismo. La Bebelama de la familia Menchaca, Salsipuedes de la familia Camacho, Cubilete de la familia Valenzuela, El Triunfo de los McConegly, La Trinidad de los Echavarría, El Amole, de los Ahumada y El Burrión enclave de las familias Pérez Sánchez y Sánchez, eran prósperas haciendas o ya importantes poblaciones rurales. Guasave, aunque ya con la categoría de “villa”, se alimentaba precariamente de las migajas que caían de sus opulentas mesas; sin embargo este solo fue un elemento de menor cuantía entre los muchos factores de su retardado crecimiento urbanístico; en realidad la población presentaba aislamiento casi total del resto de la República pues la única forma de viajar o trasladar mercancías era a bordo del Ferrocarril Sud Pacífico de México, cuya legendaria lentitud, impuntualidad e ineficiencia le habían conseguido el mote de “Sudpaciencia”. Para rematar, Verdura, la estación más cercana, quedaba a 22 kilómetros de un polvoriento camino, mal revestido de grava, denominado pomposamente “carretera”.
Las poblaciones importantes más cercanas eran Los Mochis al Norte y Guamúchil al Sur cuyas únicas vías de comunicación con Guasave eran tortuosas brechas, estradas punto menos que caminos de herradura. Durante el período lluvioso del verano, el “tiempo de aguas”, era casi imposible viajar por estas vías de comunicación pues a lo largo de sus rutas el agua originaba la formación de enormes lodazales de barrial chicloso; en ellos, los vehículos invariablemente se atascaban hundiéndose hasta los ejes. No obstante su aislamiento, la economía guasavense era de primer orden pues sus fértiles terrenos se regaban mediante un sistema hidráulico cuya arteria principal era el canal Valenzuela, uno de los primeros que existieron en la República; este riego permitía una extraordinaria producción de garbanzo el cual generaba un auge económico independiente pues se llegó a exportar, directamente a España, la producción garbancera de sus fértiles campos. En la región se decía: “Por el Canal Valenzuela no corre agua sino plata pura”.

Hubo un Guasave viejo, con sabor de guayaba,
de  ciruela yoyoma, de mango y de pitaya.
Mientras los garbanzales cubrían todo el valle 
se  sembraban sandías al final de la calle...”
(“Guasave viejo”)

E l   e n t o r n o
La calle donde vivía la familia de Toño fue denominada así en honor del General Ángel Flores, quien en 1917, siendo gobernador de Sinaloa creó el municipio de Guasave; en ese tiempo era la más importante del pueblo. Comenzaba al Oriente en la vega del río Sinaloa, mientras por el Poniente se resolvía en un camino que conducía a la hacienda de la Bonanza del Cubilete. Es una calle de cuadras irregulares, algunas muy largas y otras algunas extremadamente cortas como la que ocupaba la cárcel pública, donde también estaban las oficinas de la presidencia municipal. En los últimos años de la década de los treinta y primeros de los cuarenta, la calle Ángel Flores, como todas la demás de Guasave no tenía pavimento, drenaje ni distribución de agua potable por tubería; solo estaba recubierta de grava, por tanto cuando caía alguna de esas lluvias torrenciales tan comunes en la región, se formaban unos enormes charcos que tardaban varias semanas en secarse, los cuales como puede imaginarse eran la delicia de las bandadas de niños que se metían al agua muchas veces cuando todavía estaba lloviendo y solo dejaban de hacerlo, por prohibición casi siempre  materna, cuando el agua estaba ya verde de algas y pululaban renacuajos de todos tamaños, desde los que solo eran una bolita negra con transparente cola hasta los que ya mostraban palmeadas patitas traseras, propias de los batracios.

“El pueblo de ese entonces, solo estaba formado
por cuatro callejones, el templo y el mercado,
dos boticas, tres tiendas, el correo,  la escuela
y sembrada de flores la cuadrada plazuela.”
(“Guasave viejo”)

Como no había alumbrado público, cuando las personas necesitaban salir de noche casi siempre llevaban una lámpara de pilas para alumbrarse; consecuentemente con la falta de energía eléctrica, en los hogares y en muchos comercios, era tarea vespertina poco grata pero absolutamente necesaria, llenar de petróleo los quinqués, limpiar el hollín de los tubos y recortar el carbón de las mechas para conseguir una llama pareja y sin demasiado humo. En ciertos establecimientos comerciales y algunos hogares de clase alta se utilizaban lámparas cuyo combustible era bencina, denominada coloquialmente “gasolina blanca”; estas  lámparas también tenían lo suyo pues en el quemador llevaban unos capuchones de hilo de seda los cuales, una vez encendidos, se convertían en una fina retícula de carbón sumamente delicada pues se perforaban hasta con una mala mirada.

“ Aquel Guasave antiguo, con quinqués se alumbraba,
no tenía pavimento, teléfono,  ni radio
pero era un lugar  alegre y a nadie le importaba
porque en  la orquesta Ibarra, Pedro Infante tocaba.”
(“Guasave viejo”)
 El agua para consumo humano era extraída de pozos de unos cuatro a seis metros de profundidad, ubicados casi siempre en los patios de las casas,  pero también la proveían personas que conducían carretas de tracción animal donde se habían montado uno o dos tambores de 200 litros; la ofrecían casa por casa. Los alimentos se cocinaban en hornillos, proveído el combustible por vendedores cuyos transportes usuales eran sufridos borricos cargados de haces de leña hasta los límites de su resistencia física. En algunos hogares se utilizaban estufas de hierro colado cuyo combustible generalmente era carbón de mezquite.
No era cómodo cocinar, en muchos hogares no eran usuales las ollas y sartenes de peltre pues se le daba preferencia a la loza de arcilla; para cocer tortillas todavía no se conoce mejor superficie que la de un grueso comal de barro y por supuesto para cocinar frijoles y hacer tamales la gran olla de barro era indispensable.

La cocina, ajuarada con ahumados comales
donde el ama de casa calentaba tamales, 
convocaba en las tardes a comer la tortilla
con horruras, frijoles y guisado de ardilla,”
(“Guasave viejo”)

 Casi a diario las hijas de Toño le mandan algún bocadito, para variarle la comida de medio día: guisos hechos según viejas recetas de las abuelas: colachi de calabacita con elote, carne cortada en trocitos guisada con verdura: el llamado “asado” sinaloense; costillitas de puerco con chile colorado, “cocido” de res,  tortillas con horruras y en ocasiones “cazuela” cuyo ingrediente principal es ubre de vaca.  Además, con agradable frecuencia, alguna familia vecina le manda un platito de dulce de calabaza, cocida con panocha, para acompañar al fresco vaso de leche con pan casero, que no perdona para la cena.
“... colachi con elote junto al plato de asado,
costillitas de cochi con chile colorado.
Calabaza con leche terminaba la cena
junto al fuego benigno de la hornilla de leña.” 
(“Guasave viejo”)

Aunque al oriente de la calle Ángel Flores las primeras casas estaban ubicadas en terreno alto, es decir en la cercanía la calle Libertad que hoy se llama General Antonio Norzagaray,  en realidad comenzaba con algunas casucas construidas en  el vallado del río Petlatlán; durante el verano, en esa fértil vega había cultivos de maíz y frijol, pero lo más importante para la chiquillería, también se sembraban grandes y deliciosas sandías guardadas celosamente por el Tista, un hombre alto, macizo, con huaraches de tres puntadas, sombrero de cuatro pedradas. El Tista  no usaba cinturón sino una faja de lana negra.  Ahí junto a la fresca correntada del río Petatlán, se podían saborear, no solo sandías sino guayabas, guamúchiles, mangos, ciruelas yoyomas y cacaraguas: esas frutillas llenas de dulce y traslúcido jarabe. Para lo chamacos de las comunidades había, además, frutas del monte: deliciosas pitayas, cuajilotes, capomos, ubalamas, papachis, bebelamas y guayparimes.

Sabores que persisten de las frutas del monte:
cuajilotes, capomos, papachis, bebelamas,
terrosos guayparimes, guamúchiles, aguamas,
¡y el transparente néctar de aquellas cacaraguas!
(“Guasave viejo”)

 Terminando el bajío, comenzaba verdaderamente el casco urbano y con ella un hervidero de chamacos que tarde a tarde aturdían el ámbito con gritos y carreras en un pequeño sector dentro del cual se localiza la plazuela Hidalgo, olla donde se cocían todos los moles cívicos ( y románticos) de aquellos tiempos; alrededor de las amplias aceras de cemento pulido había bancas de madera con patas de hierro y al centro, rodeado de flores, un precioso quiosco también de madera cuyo piso de duelas resonaba alegremente al ritmo de bailables presentados después de concluir los desfiles. Estos eran  organizados por las dos únicas escuelas que Toño recuerda: El Centro Escolar 18 de Marzo y la Escuela Particular Agustina Ramírez.
La “18 de Marzo” estaba situada a solo una cuadra de la calle Ángel Flores, pero para Toño estaba tan lejos como el centro de África y por lo que respecta a la escuela particular, mientras vivió en la Ángel Flores él nunca supo dónde estaba; así era de limitado su horizonte.
La única diversión digamos... mundana, de aquellos chiquillos guasavenses era el cine, el Cine “Murcia”, el cual no se ubicaba sobre la calle Ángel Flores pero estaba a unos escasos cincuenta pasos de esta rúa y, como podemos imaginar, era llenado de bote en bote por la gente menuda cuando proyectaban películas de vaqueros, charros, aventuras en la selva o viajes interplanetarios. Por la parte que corresponde a la juventud había bailes, reuniones sociales y por supuesto alguna kermés con fines benéficos: festejos llenos de alegría donde había diversión para chicos, medianos y grandes; Toño recuerda a los “policías”, lindas jóvenes uniformadas portando pistolas de madera, ellas aprehendían a los renuentes a “casarse” con la novia ante un “juez” de enormes anteojos, quien leía de gruesos libracos una lista  de “obligaciones maritales” a cual más de jocosa.  De no aceptar el matrimonio eran recluidos en cárceles de cartón y rejas de estuco donde salían a “casarse” o mediante el pago de fuerte ”multa”. Había cacahuates, pico de gallo, fruta rebanada,  tamales, champurrado, biscotelas, frijoles “puercos”, aguas frescas (tamarindo, limón y jamaica), además deliciosos ponches de rompope con té de canela, a los cuales se agregaba, para adultos y mayorcitos, un “piquetito” de alcohol.
En domingos, días de guardar y a veces en días ordinarios, después de asistir a la obligada misa los jóvenes paseaban alrededor de la plazuela, las jovencitas gustaban saborear raspados de rosa, de vainilla o de limón (después se pondrían de moda los de ciruela o durazno), en ese tiempo también podían tomarse una soda, producida en el mismo Guasave por la embotelladora de don Noé Ortiz. Mientras paseaban, piropos de por medio, los jóvenes captaban y decodificaban los mensajes contenidos en las sugerentes miradas de las beldades adolescentes del rumbo.

“Aunque chico, Guasave desbordaba de orgullo
viendo pasar airosas las hembras en capullo,         
con rostros casi de ángel  y con cuerpos de diosa
tomando, muy coquetas, sus raspados de rosa.”
(“Guasave viejo”)

A los señores y señoras “grandes” Toño solo les prestaba una mínima atención; estaban fuera de su mundo por lo cual ignora lo que hacían. Respecto a diversiones muy mundanas, deben haber existido varias cantinas y quizá algún cabaret, pero en el memorial de Toño solo aparece una cantinucha denominada “El Gato Negro”.
Cuando ya se hacía tarde para estar en lugares públicos, los jóvenes se reunían en la casa de algún amigo o amiga a platicar, cantar acompañándose de alguna guitarra  o a entretenerse con juegos de salón, dinámicas grupales en las cuales participaban a veces los niños y en ocasiones también los señores de la casa. Los más viejos recordarán con gusto estos dos juegos: el “Teléfono descompuesto” y el “Cómo lo viste”.

L o s   j u e g o s
Respecto a los juegos que se practicaban en la calle o en los baldíos, Toño siempre recuerda con agridulce melancolía los juegos de grupo que practicaban aquellas fuentes de inagotable energía atómica la cual disipaban, aunque en mínimos porcentajes, correteando sin descanso alguno durante horas y horas.
Los chiquitines jugaban a la rueda de San Miguel, a la naranja dulce y al matarile mientras los más grandecitos jugaban a las escondidas, la cuarta escondida, los encantados, los quemados, la monja y el diablo o simplemente a la con-ella,  juegos todos para corretear y terminar sudorosos y satisfechos, pero para los hombrecitos uno de los más socorridos era los bandidos para lo cual, armados hasta los dientes con pistolas formadas con unos pedazos de tabla, trataban de sorprender a los contrarios y “matarlos”; en estos juegos todos querían ser el Llanero Solitario o Búfalo Bill. Por cierto, que Toño sepa, ninguno de aquellos “bandoleros”, eligió de adulto esta peligrosa profesión.
Muchos de los juegos con que se entretenían los chamacos del tiempo que rememora Toño, han sido olvidados y, aunque desafortunadamente quedan pocos, por su vitalidad y universalidad se siguen practicando especialmente como dinámicas grupales organizadas dentro de las aulas escolares. Otras prácticas,  entre  ellas las diferentes variedades de juegos de canicas, los inolvidables trompos, los baleros  y los yoyos, los cuales todavía llegan por temporadas y se propagan entre la chamacada  como si fueran epidemias. Por cierto el yoyo nunca “pegó” con fuerza en Guasave y respecto al balero, Toño siempre confiesa, paladinamente, jamás haber echado un “capirucho”, ni siquiera con balero de tambo, y eso que lo intentó por lo menos unas diez millones de veces.
Las variantes de juegos de canicas más populares practicadas en el baldío frente al Correo eran la rueda y el ahogado. Para jugar la rueda, se trazaba en la tierra, con una rama seca, un círculo de un metro de diámetro como mínimo y dentro se ponía la cantidad de entrada: cuatro cinco o más canicas por jugador; de ahí había de sacarlas al exterior golpeándolas con otra canica, ligeramente más grande llamada “tiro”. El jugador que las sacaba se quedaba con ellas, excepto se quedara dentro del círculo, entonces, si un rival lo “mataba”, perdía sus haberes.
El ahogado se jugaba en un círculo más pequeño, digamos 30 centímetros, cada uno entraba colocando dentro de este espacio el número de piezas pactado y se tiraba por turnos. Las canicas habían de golpearse con el “tiro” para sacarlas fuera del círculo; si el “tiro” quedaba dentro, el jugador se ahogaba y quedaba fuera; de la misma manera, quien ya había sacado alguna adquiría el derecho de matar al contrario y cobrar de botín las piezas que hubiese cobrado.
En otras regiones había variantes y recibían diferentes nombres, pero básicamente eran los mismos juegos y, como todos, tenían un espantoso ceremonial; regulaciones y  protocolos muy precisos las cuales aunque no estaban escritos, debían ser aplicadas ritualmente y ejecutadas al pie de la letra; por esta razón al iniciar un juego había que acordar las reglas valederas para esa ocasión; de lo contrario, alguien podía sacar alguna norma olvidada... y ahí terminaba tu vida.

Las pepitorias eran delicia de los niños;
pirulines, torrejas, coricos, cortadillos, 
y la sonriente cara de la comadre Chole
mostraba, en esperanza, atole de pinole.”
(“Guasave viejo”)


Frente de la plazuela Hidalgo, proyectando su sombra protectora estaba y sigue estando el templo de nuestra señora del rosario con dos torres muy jesuíticas y un hermoso interior donde la Virgen  María, en su advocación de Virgen del Rosario, derrama sus bendiciones y proclama su fama de milagrosa por toda la extensa región misionada por los sacerdotes de la Compañía de Jesús, quienes apersonados en el padre Martín Pérez, fundaron Guasave en 1592; respecto a la imagen de la Santísima Virgen, el padre Eusebio Kino, en carta de 1687, dice: es “una de las más hermosas que ojos humanos hayan visto”. La leyenda nos indica que la escultura llegó de paso como parte de la carga de una recua de mulas cuyo destino era la villa de San Felipe y Santiago de Sinaloa, pero según la citada leyenda, “la Virgen quiso quedarse con los guasavenses”; desde entonces se celebra una romería el primer domingo de octubre repitiéndose el último de noviembre.
 Toño evoca la feria como atractivo centro reunión de una multitud variopinta de peregrinos, la mayoría rancheros. Venían a venerar a la Virgen del Rosario y a comprar algunas cositas con dinero penosamente ganado durante meses y meses. Estos ahorros emigraban con pasmosa celeridad a los bolsillos de fulleros, tahúres y engañabobos que pululaban en la feria prometiendo ganancias fabulosas al acertar “fáciles” albures o bien adivinar en cual de las tres medias nueces estaba la pelotita de cera, o pajaritos adivinos de la suerte y del futuro.Había exhibiciones de la “Mujer Araña” o la “Niña Culebra” y rifas trucadas donde jamás obtuvo alguien, un premio cuyo valor fuera  mayor de diez centavos.
 En una ocasión, Toño tuvo la buena suerte de estar presente cuando cierto funcionario municipal pagó un boleto y al abrirlo exclamó emocionado ¡el setenta y tres!, número cuyo premio era una cámara fotográfica Kodak; el dueño del negocio vio el papelito y gritó asimismo: ¡el setenta y tres! y entregó rápidamente la cámara. Entre entrega, recepción, alabanzas y felicitaciones, el papelito se cayó, Toño lo levantó y ¡era el 408! el dueño sacó una linda pistola de cilindro giratorio y  ofreciéndosela dijo: “Te la cambio por el papelito, pero no le digas a nadie”. Toño lució desde entonces, para jugar a “los bandidos” un hermoso revólver con cachas blancas y funda de cuero.
Había, por supuesto comerciantes serios, oferentes de surtidos heterogéneos cuyos puestos, denominados popularmente “varillas”, formaban un mosaico multicolor y  poliaromático alrededor de la plazuela donde, entreverados con puestos de tlaquepalqueña loza de barro, había sabrosos dulces de Guadalajara, plata de Taxco, artesanías de Tonalá, suéteres tejidos en Moroleón, tacos de Sahuayo, obra de lana de Puebla, cobertores de Chinconcuac, guitarras de Paracho y, para los chamacos, juguetes, juguetes, juguetes, novedosos juguetes de ínfima calidad, manufacturados de frágil madera de ceiba o delgadísima hojalata pero deliciosamente exóticos para los pueblerinos ojos de la chamacada de la calle Ángel Flores a quienes se les salían los ojos (y las babas) ante aquella  tentadora oferta, abigarrada, infinita e inalcanzable.

Ya centenario, el templo, resguardando la imagen
de la virgen y el niño, domadores del  agua
del río imprevisible  y derramando sus dones
su sonrisa muy dulce llenaba de perdones.”
(“Guasave viejo”)




L a s   f a m i l i a s
Apenas se subía del vallado tenía su casa Miguel, “El Tejano” Sánchez, operador de proyectores del Cine Murcia, única sala cinematográfica en el centro de las 200 mil hectáreas del municipio y a donde acudíamos en tropel a ver las películas de “El Llanero Solitario”, “Tarzán”, “El Imperio Submarino” o la “Invasión de Mongo”.  La familia del El Tejano eran dos hijos: Jesús y Marcos, y dos hijas, Esperanza y Rosa, los muchachos llevaban el mismo apodo de su papá (“Chuy Tejano” y Marcos “Tejanito”). Chuy, el mayor, era requerido constantemente por la bola de amigotes pues, por una pequeña puerta que estaba detrás de la pantalla, subrepticiamente les franqueaba el acceso a la sala de luneta.
Pasando la calle vivía don Dumit Malacón, simpático y bonachón libanés, quien tenía un pequeño pero bien surtido negocio en la esquina de la Angel Flores con la calle Madero. Tenía dos hijos y una muchacha, su hijo Oscar y la hermosa Badro eran de “camadas” más grandes que la de Toño, pero Sergio era de su edad. Casi enfrente pero más hacia el río, vivía la señorita María López quien acompañada de otra señorita, Irene Borboa (eran concuñas) formaban una inquietante dupla de damas de cierta edad, señoritas solteras a quienes toda la gente menuda sacaba la vuelta todo cuanto podía pues eran las encargadas de meter la religión en aquellas enmarañadas cabezas, y casi lo lograban a base de repeticiones de infinita largura, impetraciones y plegarias con refuerzo de Avemarías y Padrenuestros, oraciones que se resbalaban de los infantiles caletres mientras las imaginaciones vagaban por los infinitos espacios siderales, repletos de mundos distantes y aventuras cinematográficas donde vaqueros, usando sombreros de copa alta, chaparreras peludas y dos pistolas con cachas de nácar, libraban larguísimos combates a balazo limpio contra enfurecidas turbas de emplumados pieles rojas quienes, montados en ágiles caballos pintos, lanzaban horrísonos aullidos de guerra mientras arrojaban nubes de flechas galopando en círculos alrededor del parapeto de carretas  donde los blancos se defendían. El catecismo era el del padre Ripalda, Ufffff. . . 
Por cierto, a Toño ni a ninguno de los chamacos de la época se les ocurrió jamás cuestionar el mágico funcionamiento de aquellas pistolas abastecidas de ilimitadas reservas de cartuchos, capaces de disparar balazo tras balazo, durante días enteros, sin agotar jamás el amunicionamiento; bueno, había una excepción: se les terminaban las balas justo cuando el Gran Jefe Siux, de torvísima faz, tocado con impresionante penacho de plumas, tomahawk en alto saltaba de su caballo lanzando impresionantes alaridos para atacar al “muchacho” con la evidente, negra y poco sana intención de arrancarle el cuero cabelludo.
 En la esquina de la cuadra de los Malacón, bastante corta comparada con todas las demás de la acera Sur de la Ángel Flores, estaba la cantina “El Gato Negro”, piquera maloliente que un buen día desapareció sin que les importara un pito a las rugientes fuerzas infantiles de la Ángel Flores.
En seguidita de la tienda de don Dumit, estaba otro de los centros de reunión infantil cuyo aglutinante principal era la afición por el futbol: la talabartería de don Ramón Díaz y Doña Tina, casa donde según proclamaban “los Tachis”, sus hijos, había vivido Pedro Infante quien para esas fechas ya era artista de cine y cantante famoso. En la talabartería le ayudaban sus hijos Ramón “El Tachi”, y Everardo “El Chato”; había otros dos hijos, el Chambo y Juanito,  pero por su edad pertenecían a la “morrallita”, este era un estrato de edad inferior al cual solo ocasionalmente se le permitía integrarse a la hiperactiva pandilla del baldío comunal. Sus dos niñas: Irma “la Ñeca” y una bebé, apodada, por supuesto “La Niña” estaban off-side. Los “Tachis” fabricaron para todo mundo los primeros zapatos para futbol que hubo en Guasave clavando amenzantes tacos de durísima vaqueta, en la suela de aquellos altos y tiesos borceguíes mineros de gran moda infantil de esos días y usados por los futbolistas en agraz para patear balones de cuero los cuales, fácilmente llegaban a pesar media tonelada.
En frente de la tienda de don Dumit, estaba la casona de don Ignacio Bórquez Seyfert, casado con doña María de los Ángeles  Zazueta (cariñosamente doña Güerita), pareja que formaba su familia con Ignacio, Pedro, Graciela, Héctor (el Güero), María Luisa, Chabelita, Tila, Machángeles y Pancho. En la esquina tenía su consultorio su yerno, el odontólogo Martín Vega y Vega, a quien por su profesión todo mundo le tenía horror. En realidad era un hombre de agradable presencia, pulcro, afable y tranquilo, pero la temblorina que sentía Toño en su presencia no era por su personalidad sino por el recuerdo del acalambrador taladro de pie y su escalofriante chillido al limpiar las piezas dentales que había que obturar. Él y su linda esposa María Luisa aportaban a la arrolladora manada de chamacos, a dos de sus vástagos: Jaime y Marco Vinicio (“Pirincho”). A últimas fechas Martín, todavía un niño pequeño, se “pegaba” como chicle a sus hermanos más grandes encuadrados en la tropa; después hubo otros hermanos: Renato, Javier (el “Chapo”), José Alberto de todos conocido como “Timo” y Jorge Luis. Tenían una niña, Célica, quien pertenecía al ajeno mundo femenino.
Entre la residencia de los Bórquez y el edificio comercial situado en la esquina poniente se localizaba el solar baldío donde todo el mundo infantil acudía a ejercer su ancestral ministerio de corretear y armar bulla. Al fondo de este terreno, estaba un largo portal, sostenido por pilares cilíndricos de madera con plintos y capiteles torneados; era el portal trasero de una edificación de la cual Toño jamás supo quien era el propietario pues el frente estaba por la otra calle, paralela a la Ángel Flores.
Los chamacos formaban una sola familia
de todos los colores y todos los tamaños,
que gritaban, corrían y jugaban a diario,
sin distingos sociales ni rencores de barrio
(“Guasave viejo”)

Contigua a la casa-talabartería  de don Ramón Díaz, estaba el taller de Cristóbal, un sastre de quien Toño solo se acuerda que le decían “El Jorobado”. A unos cuantos pasos hacia el poniente se ubicaban las oficinas de Correos  y Telégrafos, cuyo administrador, don Alfredo Contreras estaba casado con Soledad (doña Chole) Sarellano, señora quien cocinaba los “frijoles puercos” más deliciosos que Toño haya probado en su larga vida, tenían 7 de familia: Hugo, Lupe, María Elena (la “Nena”), Juan, Alfredo (el “Fello”), María Luisa (Malicha) y Rosario (Chayito). Don Alfredo era, asimismo, concesionario de varias  publicaciones; ahí se compraban los cómics semanales: Paquín, Pepín, Chamaco, Chamaco Chico, El Spirit, El Monje Loco, El Brujo, y otras revistas de truculencias por el estilo, donde El Príncipe Valiente, Rolando el Rabioso, Los Supersabios y otros grupos de héroes corrían las más arriesgadas y valientes aventuras; en algún momento aquellos semanarios comenzaron a publicar las historietas de José G. Cruz, cuyo contenido encantaba a Toño. Había también periódicos de circulación nacional, le parece a Toño que éstos era Novedades y algunos semanarios entre los que figuraban Jueves de Excélsior, Para Tí y Vanidades. De vez en cuando llegaban misteriosas revistas cuidadosamente mantenidas bajo llave, compradas exclusivamente por adultos y no se permitía que los chicos las leyeran; un enigma que Toño entendió hasta muchos años después. Posiblemente en algún otro lugar vendieran libros, pero Toño no lo recuerda.
En seguidita estaba una larga edificación, parte de la cual estaba muy deteriorada; ahí vivían varios hombres solteros, Toño recuerda a un ingeniero flaco y alto de apellido Caraveo y al profesor Francisco Favela, un hombre seco, de mirada dura,  que componía versos y a quien los chamacos del barrio le tenían pavor porque tenía fama de maestro muy pegador. En otro tramo de la edificación, la cual estaba en excelentes condiciones,  vivía otra familia, la de don Manuel P. Estrada, pero no hacía aporte a la plebada, todos eran “grandes”: Manuel (Lito), Edmundo (El Quequis), Arturo (El Chanate) y Magda.
Al llegar a la Ángel Flores, la calle Zaragoza se había estrechado hasta convertirse en un simple callejón; desembocaba casi frente al hogar de los Estrada, dejando solo dos esquinas: en la del Oriente estaba un local comercial donde una empresa vendía bombas para extraer agua y otros artículos para agricultura, según medio recuerda Toño, pero sí está seguro que el edificio fue estrenado en 1943, para coronar Reina del Carnaval a la señorita Gloria Cortés, quien, por cierto casó con el agricultor don Francisco Ruiz Pacheco, padre Juan, Elba y Aideé. Juan participaba, también, dentro de las incansables hordas del grupo de la calle Angel Flores.
En la esquina del Poniente, residía la familia Pérez de la cual Toño solo recuerda a Monchi, una señorita morena, delgadita, muy piernuda: a Roque, muy joven pero ya reconocido agricultor y al menor, Gonzalo, a quien todos los chamacos de la Ángel Flores envidiaban por su bicicleta marca Fujiyama y sus uniformes del Centro Escolar del Noreste, la legendaria escuela del insigne maestro don Conrado Espinoza, ubicada en Los Mochis, al pie del Cerro de la Memoria.
La cuadra de los “Tachis”, del Correo y de don Manuel Estrada era bastante larga y en la casa de la esquina al Poniente vivía un anciano, don Eleno Ahumada; Toño lo recuerda sentado por las tardes en una gran silla con asiento de vaqueta luciendo su blanca y larga barba, atendido por dos señoritas “grandes”: las hermanas Ahumada. La Yeya, dedicada a dar servicio a las cabelleras de quienes deseaban “hacerse un permanente”; ella convertía lacias melenas en cabello de apretados ricitos, utilizando unas substancias químicas de fétidos olores. La otra hermana, la Nanana, fue famosa por su sabrosisímo “pan de mujer”. Cuando la dama estaba horneando, inundaba la calle un delicioso aroma, alegría vespertina para la plebada de la calle Ángel Flores. A su casa venían por temporadas sus sobrinas la Guagua y la Miruchi Acosta, muchachas a las que Toño no les dedicaba ni una sola mirada pues todavía no le llegaba el tiempo de fijarse en el sexo contrario, pero tenían un hermano, el “Pipo” Acosta; quien de vez en cuando aparecía y era aceptado, sencillamente, como uno más; Toño nunca supo donde residía, aunque nebulosamente le parece haber oído que vivía en Culiacán.

Casas con altos techos y paredes de adobe
cobijaban el nombre de las generaciones;
Y mientras otros pueblos se llenaban de extraños,
quien llegaba de fuera se quedaba en Guasave.
(“Guasave viejo”)

 En la calle, junto a la acera de esta casa había un corpulento pino y un par de pirules, Toño y sus amigos los conocían como “pimientos”; los tres árboles se cayeron cuando la creciente del 43.  Todos los chamacos se trepaban al pino, pero nadie a los pirules pues dejaban la ropa impregnada de su resinoso olor, evidencia para que las mamás se dieran cuenta que sus vástagos habían transgredido la perentoria orden de no subirse a los árboles, lo cual, mínimamente se penalizaba con un jalón de orejas o, cuando la falta era muy grave: pantalón roto o camisa con manchas indelebles, podía elevarse a un par de tablazos terapéuticos en las asentaderas. 
Justamente enfrente, pasando la muy angosta calle 21 de marzo,  había una serie de casas, edificadas con la típica arquitectura de principios de siglo, muy común en Guasave, en una de ellas, la cual había visto mejores días, vivía la señora Emma González; Toño no se acuerda muy bien pero le parece que tenía un hijo, una hija llamada Ofelia, menorcita que el chamaco y una bebé, Sonia, quien andando el tiempo sería poetisa y mujer de sólida cultura pero, ante todo, educadora muy querida del jardín de niños Loayza.Toda la plebada le sacaba la vuelta a doña Emma quien era enfermera de oficio y aplicaba inyecciones a domicilio; así pues, cualquier visita a los hogares, era motivo de terror del mundo infantil pues, como hemos de imaginar, para combatir las enfermedades del aparato respiratorio se aplicaba Eucaliptine hipodérmico, un líquido aceitoso, verde, espeso y horrendamente doloroso pues, según se acuerda Toño, la odiada Eucaliptine hacía berrear a todo pulmón a los chamacos. Y, recordando medicinas, para curar enfermedades del aparato respiratorio resaltan un par de pastas pestilentes: el “Numotizine” la cual, aunque se aplicaba en frío, también podía usarse como cataplasma caliente, pero la peor de todas se llamaba “Antiflogistina” la cual se untaba sobre un pedazo de lienzo y después de calentarse en el tubo del quinqué, era aplicado a temperatura de acero líquido sobre pecho y espalda de los pobres niños con lo cual casi se les saltaban los ojos. Toño se acuerda también de la emulsión de Scott, un brebaje denso, con repugnante olor a pescado del cual todo el mundo infantil tomaba diariamente una irrecusable porción y cuyo regusto quedaba en la boca  toda la mañana; eso los privilegiados por los dioses pues otros desafortunados mortales tenían que zumbarse una enorme cucharada de  nauseabundo aceite de hígado de bacalao. Esto es mínimo, el mundo le caía encima a los críos en forma horripilante cuando la mamá determinaba que el chamaco tenía que purgarse ¡la mueeeeeerte chico! le metían en la boca un frasco de aceite de ricino el cual había de beberse so pena de quedar asfixiado pues le tapaban la nariz hasta que la ultima gota del asqueroso líquido había sido tragado.
Nadie sabe la razón, pero en esa época estaban de moda unos horrendos diviesos denominados popularmente “clavillos” o “nacidos”;  salían de preferencia en la barbilla, en la nuca, en los brazos y hasta en la entrepierna. Para quitarlos se disponía de una especie de chicle, negro, pegajoso, hediondo, desagradable llamado “Emplasto Monopolis” indicado para infecciones de piel, piquetes y uñas enterradas; se tomaba un pequeño trozo y, aplicándolo sobre el forúnculo, en uno o dos días chupaba toda la porquería purulenta dejando un enorme cráter, profundo como el más respetable volcán, aunque libre del molesto “clavillo”.     
Ya metido en medicamentos Toño recordaba también las píldoras del Dr. Ross, esferitas color de rosa compradas por la mamá y la infaltable pomada “de la Campana”, aplicada generosamente sobre golpes, cortaditas, raspones; servía para todo, incluyendo aplicaciones  sobre el rostro para limpiarlo y ponerlo terso como piel de bebé. Ah!, otro producto medicinal era el linimento de Sloan, un líquido para calmar dolores musculares el cual se aplicaba suavemente sobre los músculos, pues si alguien cometía el error de frotarlo, ardía como si se hubiese aplicado un gran soplete de acetileno sobre la parte afectada.
Regresando a la esquina con el callejón 21 de Marzo, Toño tiene muy presente una sólida construcción de ladrillo el cual primero fue almacén para garbanzo y después albergó a la familia y al bien surtido abarrote de don Salvador Chávez, comerciante libanés que llegó de Yecorato, Choix, casado con doña Sofía Castro y a quienes acompañaban sus siete hijos, cuatro hombres: Roque, Oscar, Salvador (Tito), Salim y tres muchachas: Solange, Nelly y Feddy.
En la cuarta esquina estaba “La Tableta” negocio donde se vendía ropa, abarrotes y todo el abigarrado surtido usual en aquellos tiempos: las mercancías más importantes eran frijol, café, arroz, harina, azúcar, sombreros y cobertores, pero había también telas, camisas y zapatos,  ollas de peltre, quesos, huevos, machetes, agujas para Victrola, aceite quinado (para el pelo), pastillas para la tos, azúcar, manteca de puerco, todavía no había mantecas vegetales y nadie guisaba con aceite pues el “aceite de comer” solo servia para frotaciones, aunque para estos menesteres lo mejor era el linimento de Sloan. Había también puntas para arado, pasando por centenas de otras mercaderías como, chanclas de  mezcilla y galletas de animalitos, collares para mulas y frenos para caballos. La tienda, que operaba en una casa de madera machambrada traída desde el depauperado mineral Santa Rosalía, en Baja California, tenía el nombre oficial de “Las Minas del Boleo”, pero como el local era de “tablas”, el pueblo llano le comenzó a llamar “La Tableta  y su propietario don Isidro G. Rodríguez, comerciante por los cuatro costados se “dejó querer” por la clientela y aceptó de buena gana el nombre popular de su tienda. Don Isidro, bajacaliforniano nacido en Mulegé,  casó con Dolores Larios oriunda de Santa Rosalía, y aportaba a la plebada su penúltimo hijo, Manuel de Atocha, de una familia formada por Guillermo, el mayor y cinco hijas: Mercedes, Raquel, Juanita, Alba y Bertha; después, entrada la década de los 40 les llegaría un bebé: Luís Antonio, apodado más tarde “Moky”; este elemento no alcanzó a formar parte de la plebada pues a raíz de la inundación de 1943, cambiaron de domicilio alejándose de la calle Ángel Flores.
Pared de por medio había una casa donde vivía doña Chabela Pinto; Toño no se acuerda haber visto jamás a esta dama; adentro del solar vivía su hermano “El Cuate Pinto” al cual Toño recuerda montado en un caballo color “alazán bitachi”, pequeño y vivaz, en el cual se paseaba a veces uno de sus hijos, heredero del apodo: Bernardo “Cuate Pinto”.
Al centro de un pequeño solar entre la casa de doña Chabela y la de don Juan B. Ahumada estaba una herrería. Ahí, el maestro herrero, de cuyo nombre Toño no se acuerda, fabricaba frenos para las cabalgaduras y unas hermosas y tintineantes espuelas de estrella con incrustaciones de plata que contrastaban con el oscuro pavón, conseguido al calentarlos al rojo cereza en su fragua y sumergirlos en un misterioso líquido, lechoso y hediondo.
La casa de don Juan B. Ahumada, cuya familia comenzaba con Octavio, güero alazán a quien poco veíamos pues estudiaba en la ciudad de México, se completaba con 6 hijas: Consuelo, Lucila, Beatriz, María Elena (La Nena), Lilí y Maria Cristina. A esa casa Toño entró una vez en su vida, invitado a un desayuno de primera comunión; lo único que recuerda es haberse quemado la boca al tomar calientísimo chocolate, casi hirviente.
Separado por una cerca estaba el Juzgado de Primera Instancia, una construcción de diferente arquitectura, con techo de tejas y, pegadita, había una casucha donde varios zapateros hacían huaraches, reparaban calzado y fabricaban las chanclas de gamuza y de mezclilla usadas sin excepción por las aldeanas viejas. Toño pasaba diariamente por ahí, cuando iba a la escuela, pero siempre lo hacía con miedo pues alguien le había informado que uno de esos zapateros había asesinado a otro abriéndole el abdomen de un solo tajo con su afilada trucha.
Cerquita de la Ángel Flores, pero por la 21 de marzo vivían algunos músicos, integrantes de la popular banda de Margarito “El Músico”. Uno de ellos era papá de Roberto y Rosario Díaz, miembros de la aguerrida plebada del rumbo, su casa tenía un gran baldío que llegaba a la Angel Flores y limitando con ese terreno estaba una casona, donde tenía su consultorio del Dr. Antonio Díaz de León, extraordinario cirujano y  también consultaba el doctor Jesús Flores Castro. A Toño le parece recordar a don Pedro Benard quien posiblemente ahí residía, pero tiene presentes con más claridad a sus tres hijos, Pedro, Onofre y Manuel (El Prieto) a quienes la chamacada casi no conocía, pues primero habían estudiado en Guadalajara o México y, ya de regreso, aunque todavía eran jóvenes, preferían vivir casi todo el tiempo en su campo “El Tigre”, por allá en los rumbos de Chuchumicari, sin embargo suscitaban en todos una envidia extrema al verlos llegar por las tardes, montados en caballos de buena alzada, usando  sombreros de fieltro que a leguas se notaba que eran finos, mientras, reata en mano hacían florituras arreando un hato de pintas vacas paridas cuyos becerrillos, arremolinados junto a las madres, hacían diariamente su bucólica algarabía de tiernos mugidos.
En la casa de al lado vivió por un tiempo don Carlos Cortés, agente de la Almacenadora, (después Almacenes Nacionales de Depósito) y quien asimismo tenía a su cargo la selección del garbanzo utilizando eficientes máquinas cribadoras fabricadas por su suegro, don Ramón Ibarra; después, la familia se cambió a una casa ubicada por la angosta callejuela 21 de marzo, a no más de 75 metros de su antigua morada; por esta razón sus hijos seguían considerándose como parte del barrio de la Ángel; don Carlos, hombre de elevada estatura y modales reposados estaba casado con María, señora bajita, delgada, de facciones finas, que era, como dicen “un ajito” pues estaba en movimiento constante, más que todo tratando de controlar a sus hijos, traviesos e inquietos como pocos del rumbo: Carlos, Miguel Ángel y Jesús Hernando; después le llegarían otros bebés: Luis Alonso, Ramón y una niña: María del Consuelo. Esta fue la primera familia guasavense de la cual todos los vástagos varones serían profesionistas: Toño ignora si Consuelo haya asistido a la Universidad pues cambiaron su residencia a Sonora.
En la casona de la esquina siguiente vivió don Blas Valenzuela, el hombre del cual se dice fue el artífice del progreso de la agricultura guasavense, compadre del general Álvaro Oregón y dueño de extensos campos de cultivo, pero ante todo del canal “Valenzuela”, arteria irrigadora de la extensa región donde no solo se producía frijol y garbanzo pues para finales de la década ya se habían iniciado cultivos tan importantes como tomate y algodón. Toño no llegó a conocer a don Blas, pero sí se acuerda de uno de los hijos: Francisco (Chicón) Valenzuela quien, según se decía, por líos de faldas había sufrido una agresión que le dañó la columna vertebral, condenándolo para siempre a una silla de ruedas; también se acuerda, aunque muy vagamente de la rumbosa boda de Rosalva hija de don Blas, con Ignacio Echavarría, miembro de una de las familias más conspicuas de la región.
Callejoncillo de por medio, la herrería de los hermanos Álvarez representaba el trabajo y el ingenio del hombre; delgados, morenos, incansables, estos herreros-agricultores llenaban el ambiente con el  golpear retintintineante de los martillos y el seco sonido de los marros modelando el hierro al rojo vivo, calzando puntas de arado, reparando muelles y haciendo una gran variedad de trabajos que requerían los agricultores de la región.
En el frente del edificio, por la calle Ángel Flores, estaba la presidencia municipal cuya existencia nunca suscitó la menor inquietud ni curiosidad de Toño, excepto el terror provocado en los chamacos por Apolonio, un abusivo policía, quien, sin razón alguna gustaba de azotarlos una “cuarta” y el nebuloso recuerdo del presidente municipal “Chumaro” Armenta, quien diariamente pasaba frente al hogar de Toño al dirigirse a su oficina, montado en un caballito tordillo, con la pistola fajada muy al frente, a la usanza de los oficiales de la Legión extranjera francesa. De la cabeza de su silla de montar, colgaba un morral con la comida para medio día y una botella “mulita”, llena de café y tapada con un trozo de olote. 
Al costado poniente de la cárcel había otro importante taller donde fabricaban carros de mulas, ahí, carpinteros y herreros construían esos vehículos de altas ruedas, ligeros, incómodos, generalmente tirados por una pareja de acémilas. Estos populares carritos, de ubicua presencia, eran uno de los medios de transporte y carga más usuales en todo el territorio de Sinaloa, pues los habitantes de la región los utilizaban para todas las tareas imaginables, desde mover las cosechas, transportar la familia, llevar recién casados y en caso ofrecido, hasta carrozas fúnebres. Ambos talleres marcaban para Toño los confines del mundo que durante su niñez vivió en la calle Ángel Flores.
Cuando la Tierra, envuelta en la luz anaranjada y opalescente del sol poniente, anuncia la noche, Toño se acomoda en su sillón, entrecierra los ojos mientras sus nietos dejan de revoltear a su alrededor para pedir les platique del Guasave viejo, carente de pavimento, sin luces eléctricas, ni agua de tubería; donde no había computadoras, radio ni teléfonos y la televisión era solo fantasía del cine.
Los  niños se sienten arrobados por el suave y dulce tono de voz del abuelo,  ese anciano amado y canoso, relatando con intenso placer el recuerdo de aquellos días, cuando correteaba sobre una calle iluminada por las estrellas, con aromas de monte y compartida con amigos leales quienes, del mismo modo, disfrutaban del gozo absoluto de vivir.

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