jueves, diciembre 30, 2010

Arcilla verde

ARCILLA VERDE

Con las primeras luces del  día,  Mori el Alfarero salió a buscar arcilla verde; esa tierra densa, fina, pastosa, con la cual formaba la capa  exterior  de  sus vasijas. Durante años los artesanos cahitas habían  obtenido  su material del manto depositado bajo gruesa  capa  de  tierra  aluvial pero, hacía varias  lunas,  una  fuerte   avenida  del  río  había  hecho desaparecer este yacimiento.
   Mori vestía solamente  un  taparrabos  de ixtle, finamente tejido, sostenido con un cinturón de cuero de jabalí; en la muñeca izquierda llevaba  su  amuleto:  pulsera  de concha en cuya parte saliente estaba tallado  un rostro humano, de ojos redondos, como  batracio;  del  hombro colgaba un morral de piel de puma donde guardaba un ancho cuchillo de obsidiana y la palita para escarbar, primorosamente trabajada en el omóplato de un venado.
   No era guerrero; las tribus  vecinas bien lo conocían como artesano de manos  maravillosas  que hábilmente proporcionaba tanto una cazuela para  la  hornilla,  una pipa, un plato, un ánfora para el agua o un  silbato para  entretener a los niños. Hombre de paz era Mori.
Sabía dónde encontrar, secreto heredado de los abuelos de sus abuelos, piedras que una vez molidas, daban color negro al adorno de sus   trabajos o aquél rojo, tan raro, imprescindible para decorar cántaros, vasos, urnas, máscaras o bien los preciosos y ornamentados cuencos donde colocaban ofrendas para los  muertos.  Cuando  era necesario, fabricaba grandes recipientes de barro cocido para sepultar, en posición fetal, a quienes emprendían su viaje a la Eternidad. También  sabía  utilizar los ocres y los fondos  blancos tenían un tono cremoso que nadie igualaba.
   Mori había cumplido ya medio siglo; era delgado, con manos largas, poderosas, que tomaban un trozo de barro y, con maravillosa facilidad, lo transformaban en piezas de exquisita belleza. Hombre sabio,  prudente, pero dominado por una pasión: la alfarería.
Caminó río arriba por la orilla pedregosa sin preocuparse del terreno; solo de vez en cuando paseaba su vista por pequeñas lagunas donde pululaban  pececillos, reposando los ojos cansados de escudriñar el  terreno  en  busca del color obscuro de la elusiva tierra.
   En el rojizo fondo de una charca identificó la arcilla que usaba para  pipas  ceremoniales y silbatos largos, piezas delicadas que requerían  secarse sin  grietas.  Levantó con mucho cuidado la capa de  barro; hizo unos pequeños ladrillos y los puso a secar al  sol. A su regreso los recogería; nadie sería capaz de tomarlo, todos  sabían que únicamente él usaba barro colorado para modelar algunos utensilios.
 A media mañana  se  le  ocurrió  cruzar  el pequeño caudal hacia un alto paredón. No  le  habían fallado los cálculos, a la altura de sus  ojos  estaba  una  gruesa capa del precioso material, denso, obscuro, compacto, a una brazada del piso. A lo lejos, nubes cerradas, negras, iluminadas por los relámpagos, indicaban que una tormenta estaba cayendo en la serranía donde el Tetamuchala brotaba como un arroyuelo.
Calculó que para las últimas  horas de la tarde la correntada llegaría con fuerza bastante  para llevarse el preciado banco de la substancia  que  con  tanto  afán  había buscado muchos días. Mori no quiso  perder  tiempo;  la veta era angosta, de media brazada y dos palmos  de  alta. Sacó sus herramientas  y  comenzó a escarbar la veta que se internaba horizontalmente hacia la ribera maciza; Mori trabajaba concentrado, no quería dejar una pulgarada de la esquiva greda.
   Entusiasmado por la fina  calidad del material, desdeñó el peligro, imaginando ya los  recipientes, la forma, los colores y el esgrafiado  que  tendrían.  Se  introdujo temerariamente hasta el fondo  del  hueco,  que  tenía ya tres brazadas de profundidad. Falto de apuntalamiento, el techo de la cueva, aluvión puro, cedió de repente.
El último pensamiento de Mori fue para los montones de arcilla que había sacado y que por la noche fueron arrastradas por la violenta riada. No quedó ninguna señal.
   Setecientos años después, una parte del paredón cayó a las broncas aguas del río descubriendo un deleznable esqueleto, simple residuo de cal, pero que conservaba la fuerte dentadura, el amuleto de concha y sus amadas herramientas.

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