ARCILLA VERDE
Con las primeras luces del día, Mori el Alfarero salió a buscar arcilla verde; esa tierra densa, fina, pastosa, con la cual formaba la capa exterior de sus vasijas. Durante años los artesanos cahitas habían obtenido su material del manto depositado bajo gruesa capa de tierra aluvial pero, hacía varias lunas, una fuerte avenida del río había hecho desaparecer este yacimiento.
Mori vestía solamente un taparrabos de ixtle, finamente tejido, sostenido con un cinturón de cuero de jabalí; en la muñeca izquierda llevaba su amuleto: pulsera de concha en cuya parte saliente estaba tallado un rostro humano, de ojos redondos, como batracio; del hombro colgaba un morral de piel de puma donde guardaba un ancho cuchillo de obsidiana y la palita para escarbar, primorosamente trabajada en el omóplato de un venado.
No era guerrero; las tribus vecinas bien lo conocían como artesano de manos maravillosas que hábilmente proporcionaba tanto una cazuela para la hornilla, una pipa, un plato, un ánfora para el agua o un silbato para entretener a los niños. Hombre de paz era Mori.
Sabía dónde encontrar, secreto heredado de los abuelos de sus abuelos, piedras que una vez molidas, daban color negro al adorno de sus trabajos o aquél rojo, tan raro, imprescindible para decorar cántaros, vasos, urnas, máscaras o bien los preciosos y ornamentados cuencos donde colocaban ofrendas para los muertos. Cuando era necesario, fabricaba grandes recipientes de barro cocido para sepultar, en posición fetal, a quienes emprendían su viaje a la Eternidad. También sabía utilizar los ocres y los fondos blancos tenían un tono cremoso que nadie igualaba.
Mori había cumplido ya medio siglo; era delgado, con manos largas, poderosas, que tomaban un trozo de barro y, con maravillosa facilidad, lo transformaban en piezas de exquisita belleza. Hombre sabio, prudente, pero dominado por una pasión: la alfarería.
Caminó río arriba por la orilla pedregosa sin preocuparse del terreno; solo de vez en cuando paseaba su vista por pequeñas lagunas donde pululaban pececillos, reposando los ojos cansados de escudriñar el terreno en busca del color obscuro de la elusiva tierra.
En el rojizo fondo de una charca identificó la arcilla que usaba para pipas ceremoniales y silbatos largos, piezas delicadas que requerían secarse sin grietas. Levantó con mucho cuidado la capa de barro; hizo unos pequeños ladrillos y los puso a secar al sol. A su regreso los recogería; nadie sería capaz de tomarlo, todos sabían que únicamente él usaba barro colorado para modelar algunos utensilios.
A media mañana se le ocurrió cruzar el pequeño caudal hacia un alto paredón. No le habían fallado los cálculos, a la altura de sus ojos estaba una gruesa capa del precioso material, denso, obscuro, compacto, a una brazada del piso. A lo lejos, nubes cerradas, negras, iluminadas por los relámpagos, indicaban que una tormenta estaba cayendo en la serranía donde el Tetamuchala brotaba como un arroyuelo.
Calculó que para las últimas horas de la tarde la correntada llegaría con fuerza bastante para llevarse el preciado banco de la substancia que con tanto afán había buscado muchos días. Mori no quiso perder tiempo; la veta era angosta, de media brazada y dos palmos de alta. Sacó sus herramientas y comenzó a escarbar la veta que se internaba horizontalmente hacia la ribera maciza; Mori trabajaba concentrado, no quería dejar una pulgarada de la esquiva greda.
Entusiasmado por la fina calidad del material, desdeñó el peligro, imaginando ya los recipientes, la forma, los colores y el esgrafiado que tendrían. Se introdujo temerariamente hasta el fondo del hueco, que tenía ya tres brazadas de profundidad. Falto de apuntalamiento, el techo de la cueva, aluvión puro, cedió de repente.
El último pensamiento de Mori fue para los montones de arcilla que había sacado y que por la noche fueron arrastradas por la violenta riada. No quedó ninguna señal.
Setecientos años después, una parte del paredón cayó a las broncas aguas del río descubriendo un deleznable esqueleto, simple residuo de cal, pero que conservaba la fuerte dentadura, el amuleto de concha y sus amadas herramientas.
Etiquetas: Cuento
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