domingo, febrero 13, 2011
CALIENTA LA CENA
Víctor entró a su oficina y aflojó el nudo de su corbata. Venía de una emotiva ceremonia donde había recibido un prestigioso premio por sus trabajos científicos. El texto del pergamino era breve: "La Fundación Pierre Michaud-Mahieux otorga el premio "Enrico Fermi" al Dr. Víctor de Barenho por su valiosa aportación a las investigaciones sobre el comportamiento de la partícula b del radioisótopo Bismuto 214". Presidente: Ettiene Mahieux.
Durante la ceremonia, había visto profunda satisfacción en Jorge, el mayor de sus hijos y lágrimas de orgullo en los ojos de Silvia su joven nuera. La ausencia de Paulo, su otro hijo, médico epidemiólogo, estaba plenamente justificada; tenía casi siete semanas en la cuenca del Papaloapan auxiliando una zona devastada por inundaciones. Lydia su esposa no asistió. Tenían treinta años de casados y nunca había logrado predecir sus extrañas actitudes. Movió suavemente la cabeza mientras una sonrisa fugaz bailoteó en sus labios.
Debía escribir a la Fundación una carta de agradecimiento. El cheque del premio tenía una cifra con cinco ceros. Redactó cuidadosamente una breve nota y tomó una decisión largamente aplazada: se tomaría un tiempo para visitar las cavernas de San Joaquín en la Baja California. Había terminado un libro sobre los petroglifos encontrados en esa región sosteniendo la hipótesis que los dibujos no eran signos religiosos sino manifestaciones estéticas de las culturas prehistóricas de la vertiente del Pacífico. Después de revisar el manuscrito, su editor ya había programado la impresión.
Fuera de su oficina lo esperaban varios alumnos de postgrado. Gina, una esbelta italiana que investigaba relaciones tribales en el Senegal, lo felicitó. Víctor la sintió agradablemente afectuosa.
-Doctor, queremos asistir a su conferencia donde disertará sobre la convergencia del diseño artístico de los petroglifos bajacalifornianos y la conceptualización estética de Benedetto Croce. Administración dice que ya no hay cupo pues el aforo de inscripciones ha sido muy alto. ¿Podría usted solucionarnos el problema?-
-Claro que sí, Maestra; la Dirección Administrativa designó inicialmente el aula 47 para el evento, pediré que se cambie al auditorio "C", así podrán asistir ustedes.- Las acentuadas y finas facciones de Gina se iluminaron. Dentro de tres meses ella presentaría su examen para doctorarse en Psicosociología.
Otro investigador, un físico-matemático de barba recortada cuidadosamente, intervino:
-Otra petición, Doctor. Varios participantes en el curso de Física Cuántica desean integrarse al equipo que abrirá una nueva línea de investigaciones sobre la teoría ondulatoria de la luz.-
-Gracias. Usted sabe que no soy especialista en Optica, pero recomendaré su proyecto ante el Consejo Directivo. Venga mañana, hablaremos con algunos colegas que simpatizan con su trabajo; le prometo hacer mi mejor esfuerzo para que Rectoría los apoye.-
Bajó tranquilamente la escalinata. Regresaría a pie a casa; la noche todavía estaba fresca y el departamento de su hijo quedaba por el camino. No tenía muchos deseos de regresar temprano, así que aceptó el café que le ofreció su nuera; luego conversaron telefónicamente con Paulo.
Al pedirle asesoría para su tesis magistral, Jorge lo había sumergido en el mundo del Cobalto 214. En ese tiempo Víctor, investigador acucioso y disciplinado, orientaba sus estudios hacia otras áreas de la radiactividad pero pronto le apasionó el problema. Su descubrimiento sobre la partícula beta que le valió el premio Enrico Fermi era solo un hito en el largo camino por recorrer. El MIT se había comunicado ofreciéndole apoyo y la Universidad de California lo había nominado en la terna de candidatos a la medalla Joliot-Curie.
Al abrir la puerta de su casa se sacudió de la mente el recuerdo de la linda, Gina D'Arezzo, gimnasta olímpica y psicóloga de gran talento. Una diminuta y graciosa muñeca dotada de cerebro electrónico; bella mujer, excepcionalmente inteligente, peligrosamente atractiva y sin duda, disponible.
Su esposa, jamás había realizado esfuerzos visibles para mejorar una condición intelectual que cada día se retrasaba más y más con relación a los avances académicos de su marido y de sus hijos. En este contexto, su falta de objetividad le había impedido aceptar que el descuido personal, y su desmedida afición a las frituras, habían hecho desaparecer, desde hacía muchos años, la grácil y atractiva figura que la llevó a participar en un concurso de belleza nacional. Siguió siendo desordenada y caprichosa. Víctor, hombre forjado en una familia afectuosa donde, por generaciones, imperaban tolerantes normas de gentileza y generosidad lamentaba que su mujer no hubiese podido asimilar al proyecto de hogar que él había concebido.
Sobre el refrigerador encontró un recado de Lydia: "Vic, No pude ir al asunto ese de la Universidad. Ya sabes que los martes tengo jugada de canasta y si falto las compañeras se enojan. Volveré tarde. Calienta la cena si quieres y no se te olvide lavar los platos sucios..."
De pie, ante la chimenea apagada, Víctor tomó una botella de brandy, se sirvió un trago y aceptó con plena conciencia una imagen obsesiva, insistente, que le había perseguido toda la tarde: la armoniosa figura de Gina y sus expresivos ojos azules donde brillaba una constelación de promesas.


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