domingo, febrero 13, 2011
¿QUE TE DAN GANAS?
Mi mujer, como todas las esposas del mundo, se reúne un día de la semana con un grupo de amigas. El pretexto es jugar lotería de monitos, canasta uruguaya o simplemente alguno de esos juegos de baraja que están de moda; en realidad hay una razón menos simple, los recovecos de sus cerebros femeninos esconden agudas lancetas y filosos bisturíes con los cuales viviseccionan a todo bicho viviente que aparece por ahí, especialmente sus propios maridos.
De tales reuniones, semanalmente trae a casa un sabroso entremés de trocitos de vidas ajenas: pleitos conyugales, hijos pródigos, maridos tacaños, jovencitas ligeritas de cascos, problemas financieros, inminentes divorcios (por causa de una güerita de naricilla chata) y mas que todo, largas, prolijas y pintorescas descripciones de todo el acontecer social. He de ser sincero. Con relación a la vida privada de su círculo de amigas es tan hermética como la caja fuerte del Banco de México.
En sus conciliábulos utilizan un lenguaje homologado con base de ciertas frasecitas con que me vuelve loco toda la semana... hasta siguiente reunión, donde el léxico es renovado.
Sin embargo el estribillo que llegó para quedarse es la preguntita, ¿de qué te dan ganas?, pronunciada después de una exposición de hechos y emitida con un inquietante retintín que nunca he podido descifrar porque no me lo pregunta antes de servir el desayuno, inevitablemente éste será un minúsculo vasito de jugo de tomate, un huevo tibio, y café con leche, sino que es formulada en la siguiente forma.
- ¿Sabes Julio? la tonta de Pola sacó las natas del refrigerador y se las dio al Morrongo ¿De qué te dan ganas?
Me quedo repicando, ni modo de decirle que sería bueno darle unos coscorrones a Pola la sirvienta; una garrida veinteañera de la sierra chihuahuense con estatura mínima de un metro ochenta y unos 70 kilos de peso... o bien que me gustaría ser el gato. Las natas me encantan. Como ya es muy tarde para comprar en la tienda de la esquina le ordeno a Rosita, nuestra niña, que vaya al departamento de arriba, con su tía Lola, le explique que el felino se merendó las natas y le pida una poca de mantequilla.
Mi me mira, aparentemente espera una respuesta. No hay tal, lo que conteste tendrá poca importancia; la prueba es muy clara: poco antes que pronuncie palabra alguna se sienta a mi lado y comienza a narrar las andanzas de Toñito, "el hijo del señor que te vino a buscar cuando estabas en Tijuana", sucesos que me importan un bledo; desconozco quién es el señor que vino a buscarme hace cuatro años, cuando fui a Tijuana (primeras noticias que tengo de la visita) y menos aún quién es el tal "Toñito".
Otras veces, cuando estoy enfrascado en la lectura de algún ameno y apasionante libro, llega y se arranca con una extraordinaria noticia; por ejemplo:
-Julio, Tutú acaba de tener seis conejitos, ¿de qué te dan ganas? Tutú es una hermosa coneja blanca que le regalaron Rosita la semana pasada. Como consecuencia formulo mentalmente estas respuestas:
A.- Tal vez sea conveniente comprar una caja de puros para regalar por el feliz acontecimiento
.B.- Podemos convocar una reunión de científicos para que estudien el rarísimo suceso.
C.- Quizá sea necesario expulsar de casa (con cajas destempladas) a la casquivana madre de los séxtuples.
D.- Con toda seguridad tendremos que vender el automóvil para pagar el hospital y la indispensable cesárea de Tutú, considerando el múltiple parto.
Cuando termino de pensar en estas posibles soluciones para el problema, ella y la niña están sentadas ante la mesa formulando una larga lista de nombres para bautizar a los conejitos. El esfuerzo, pues, fue inútil.
Cierto día me propuse a dar contestación rápida y adecuada cuando ella saliera con la enfadosa muletilla. Muy pronto llegó la oportunidad. - Julio, me dijo entre enojada y risueña, el Morrongo se subió a la mesa, tiró el pan, desparramó todo el azúcar, se bebió la leche y se comió las salchichas de tu cena, ¿de qué te dan ganas?
-¡De matar al gato! contesté abriendo el polvoriento cajón donde guardo el revólver del abuelo.
- Para matar al Morrongo tendrás qué pasar sobre mi cadáver, gritó mientras obstruía la entrada al comedor.
Debo advertir que el mimado, mañoso, molesto, marrullero y maullador minino tiene unos diez años con ella, mi madre se lo regaló.
Por supuesto, el amenazado micifuz no corría peligro alguno por dos grandes razones: primera, no soy capaz de matar una mosca; segunda, nunca he disparado un arma y menos ese impresionante Colt .44
Así que guardé la pistola, tomé mi novela y plácidamente volví a la lectura. ¿de qué les dan ganas?
Calienta la cena
CALIENTA LA CENA
Víctor entró a su oficina y aflojó el nudo de su corbata. Venía de una emotiva ceremonia donde había recibido un prestigioso premio por sus trabajos científicos. El texto del pergamino era breve: "La Fundación Pierre Michaud-Mahieux otorga el premio "Enrico Fermi" al Dr. Víctor de Barenho por su valiosa aportación a las investigaciones sobre el comportamiento de la partícula b del radioisótopo Bismuto 214". Presidente: Ettiene Mahieux.
Durante la ceremonia, había visto profunda satisfacción en Jorge, el mayor de sus hijos y lágrimas de orgullo en los ojos de Silvia su joven nuera. La ausencia de Paulo, su otro hijo, médico epidemiólogo, estaba plenamente justificada; tenía casi siete semanas en la cuenca del Papaloapan auxiliando una zona devastada por inundaciones. Lydia su esposa no asistió. Tenían treinta años de casados y nunca había logrado predecir sus extrañas actitudes. Movió suavemente la cabeza mientras una sonrisa fugaz bailoteó en sus labios.
Debía escribir a la Fundación una carta de agradecimiento. El cheque del premio tenía una cifra con cinco ceros. Redactó cuidadosamente una breve nota y tomó una decisión largamente aplazada: se tomaría un tiempo para visitar las cavernas de San Joaquín en la Baja California. Había terminado un libro sobre los petroglifos encontrados en esa región sosteniendo la hipótesis que los dibujos no eran signos religiosos sino manifestaciones estéticas de las culturas prehistóricas de la vertiente del Pacífico. Después de revisar el manuscrito, su editor ya había programado la impresión.
Fuera de su oficina lo esperaban varios alumnos de postgrado. Gina, una esbelta italiana que investigaba relaciones tribales en el Senegal, lo felicitó. Víctor la sintió agradablemente afectuosa.
-Doctor, queremos asistir a su conferencia donde disertará sobre la convergencia del diseño artístico de los petroglifos bajacalifornianos y la conceptualización estética de Benedetto Croce. Administración dice que ya no hay cupo pues el aforo de inscripciones ha sido muy alto. ¿Podría usted solucionarnos el problema?-
-Claro que sí, Maestra; la Dirección Administrativa designó inicialmente el aula 47 para el evento, pediré que se cambie al auditorio "C", así podrán asistir ustedes.- Las acentuadas y finas facciones de Gina se iluminaron. Dentro de tres meses ella presentaría su examen para doctorarse en Psicosociología.
Otro investigador, un físico-matemático de barba recortada cuidadosamente, intervino:
-Otra petición, Doctor. Varios participantes en el curso de Física Cuántica desean integrarse al equipo que abrirá una nueva línea de investigaciones sobre la teoría ondulatoria de la luz.-
-Gracias. Usted sabe que no soy especialista en Optica, pero recomendaré su proyecto ante el Consejo Directivo. Venga mañana, hablaremos con algunos colegas que simpatizan con su trabajo; le prometo hacer mi mejor esfuerzo para que Rectoría los apoye.-
Bajó tranquilamente la escalinata. Regresaría a pie a casa; la noche todavía estaba fresca y el departamento de su hijo quedaba por el camino. No tenía muchos deseos de regresar temprano, así que aceptó el café que le ofreció su nuera; luego conversaron telefónicamente con Paulo.
Al pedirle asesoría para su tesis magistral, Jorge lo había sumergido en el mundo del Cobalto 214. En ese tiempo Víctor, investigador acucioso y disciplinado, orientaba sus estudios hacia otras áreas de la radiactividad pero pronto le apasionó el problema. Su descubrimiento sobre la partícula beta que le valió el premio Enrico Fermi era solo un hito en el largo camino por recorrer. El MIT se había comunicado ofreciéndole apoyo y la Universidad de California lo había nominado en la terna de candidatos a la medalla Joliot-Curie.
Al abrir la puerta de su casa se sacudió de la mente el recuerdo de la linda, Gina D'Arezzo, gimnasta olímpica y psicóloga de gran talento. Una diminuta y graciosa muñeca dotada de cerebro electrónico; bella mujer, excepcionalmente inteligente, peligrosamente atractiva y sin duda, disponible.
Su esposa, jamás había realizado esfuerzos visibles para mejorar una condición intelectual que cada día se retrasaba más y más con relación a los avances académicos de su marido y de sus hijos. En este contexto, su falta de objetividad le había impedido aceptar que el descuido personal, y su desmedida afición a las frituras, habían hecho desaparecer, desde hacía muchos años, la grácil y atractiva figura que la llevó a participar en un concurso de belleza nacional. Siguió siendo desordenada y caprichosa. Víctor, hombre forjado en una familia afectuosa donde, por generaciones, imperaban tolerantes normas de gentileza y generosidad lamentaba que su mujer no hubiese podido asimilar al proyecto de hogar que él había concebido.
Sobre el refrigerador encontró un recado de Lydia: "Vic, No pude ir al asunto ese de la Universidad. Ya sabes que los martes tengo jugada de canasta y si falto las compañeras se enojan. Volveré tarde. Calienta la cena si quieres y no se te olvide lavar los platos sucios..."
De pie, ante la chimenea apagada, Víctor tomó una botella de brandy, se sirvió un trago y aceptó con plena conciencia una imagen obsesiva, insistente, que le había perseguido toda la tarde: la armoniosa figura de Gina y sus expresivos ojos azules donde brillaba una constelación de promesas.

