viernes, julio 22, 2011
E L Q U I R R I
El Quirri es un cotorrito que llegó a este hogar como fresco aire de primavera, adoptó como propia a nuestra familia, impuso sus condiciones y nosotros aceptamos su señorío. Vivimos, pues, bajo su protección.
Físicamente el Quirri es idéntico a cualquier otro perico: verde, pequeñín, terco y escandaloso; pero siendo vagabundo y por lo tanto pícaro como pocos, tiene una descarada personalidad cuya simpatía se derrama como aroma de jazmines. Convive en armonía (casi) perfecta con una niña, cuatro jóvenes y nuestro zoológico particular: Peces, hámsteres, periquitos australianos, varias lagartijas; una perra lanuda, color caoba, zalamera e histérica, que se hace llamar Silja y dos gatas: Tomasa, negrísima (que ya perdió la esperanza de merendarse al insolente pajarraco verde) y Callejera, todavía cachorra, de suave pelo amarillo que lo tolera de mala gana.
Nuestro perico, que de alguna manera hemos de calificarlo, no canta, ni silba, ni hace imitaciones; es más, ni siquiera dice palabrotas como todo loro que se respete. Tiene un repertorio lingüístico muy limitado, pero debo reconocer que es todo un maestro para comunicarse: ladea su pequeña cabeza, ejecuta tres reverencias exquisitamente japonesas y lanza una mirada de suficiencia antes de pronunciar alguna de las pocas palabras que quiso aprender. No hemos podido convencerlo de que un perico verdaderamente gracioso debe hablar. Le importa un pito de calabaza lo que pensemos. El muy pillo sabe muy bien que su presencia basta para cambiar cualquier opinión que contraríe sus ideas personales.
Como Julio César, llegó, vio y se echó a la bolsa a todo mundo; quien lo dude venga y véalo cuando sale al portal de la casa después de llover; se mete, como chamaco travieso en cada uno de los charquillos del piso y, poniéndose donde todavía esté cayendo agua de los techos, recibe deliciosos baños de regadera. No sería una gran sorpresa que algún día, levantando sus alitas, entonara una alegre canción. Es un perico que de veras disfruta de los sencillos placeres de la vida. Nuestro perico tiene recortadas sus plumitas para que no vuele; precaución inútil pues sabemos se desplaza con absoluta libertad. El día que se le antoje se irá en autobús, bicicleta, avión, barco o simplemente caminando; opinión compartida por todos quienes gozamos de su amistad.
El Quirri es ordinariamente manso y dócil, pero cuando amanece con "la luna" o simplemente se disgusta por alguna secreta razón, se mantiene ofendido toda la mañana. Si usted se le acerca, lanza un chillido iracundo y, con evidente descortesía, da la espalda sin más explicaciones. Personalidad sólida, pues.
El inquieto Quirri tiene una profunda vocación de explorador. Cierto día, muy temprano notamos su ausencia. ¡Nadie vio al Quirri en todo el día! al caer la tarde habíamos abandonado toda esperanza, la niña comenzó a moquear, las mujeres pusieron cara larga, los jóvenes se quedaron muy serios. Cuando menos esperábamos, vimos avanzar por el centro del corredor, evidentemente sin intenciones de dar explicación alguna, un pequeño bultito verde con paso de abarrotero español regresando muy orondo después investigar e inspeccionar sus negocios. Ni más ni menos parecía que de pronto sacaría un puro y, lanzando bocanadas de humo, regañarnos por estar holgazaneando.
No mucho tiempo después desapareció de nuevo. Se le buscó cielo, mar y tierra, incluido el gran patio de la casa vecina donde crecen arbustos y enredaderas los cuales fueron inspeccionados, uno a uno, por el numeroso Grupo de Niños Voluntarios Especialistas en Buscar Pericos Perdidos, (Institución No Lucrativa), contratado para dar con su paradero: ¡Nada!; preguntamos en las tiendas del piso bajo: ¡Nada!; en la farmacia de al lado: ¡Nada!; en fin, batimos la selva: ¡Nada! ¿Saben dónde estaba? Debajo de un sillón. El muy pícaro se quedó calladito mientras nos desgañitábamos gritándole. Después de varias horas salió ¡Exigiendo comida a gritos! Digan si no es una plaga verdadera. Estoy seguro que si no lo quisiéramos él se querría solo.
No exagero si afirmo que se metió para siempre en el corazón de chicos y grandes por su dulzura al demostrar afecto; cuando se pone cariñoso te mordisquea los dedos con amorosa suavidad y da unos besitos de lo más delicioso ¡lo vieran ustedes cuando, bien aferrado a la mano, alguien lo pone cerca de su pecho! recuesta su cabecita y cierra los ojos graznando con ternura; ni más ni menos que un amoroso bebito. ¡Los reto a que conozcan al Quirri y no queden prendados del sinvergüenza plumífero!
Mi madre tiene especialmente malcriado y mimado al verde monigote; le da de comer granos de elote, que ha de ser bien tierno, semillas de girasol y calabaza, sorgo, maíz, pepino en cuadritos, tomatito picado; bueno, cómo andará la cosa que hasta los cacahuates se los da sin cáscara. Cualquier día, cuando menos lo esperemos, el famoso Quirri exigirá caviar y langosta. Así es de cínico. Odioso. No es un animal, es otro (exigente) miembro de la familia.
No todo ha sido delicia en la vida del Quirri. Hace unos meses ¡lo secuestraron! Los hechos, según un testigo presencial, arrojan toda la culpa sobre el descuidado perico que tuvo la ocurrencia de pasearse sobre la acera de nuestro hogar a la hora de mayor tráfico, lanzando airados graznidos a cuanta persona acertó cruzar por su camino. Alguien pues, se prendó de él y se lo llevó.
Todos lo buscamos afanosamente con la secreta esperanza que se le hubiese ocurrido alguna de sus numerosas y constantes travesuras. Nada. Llegó la noche y su percha siguió vacía, los gritos exigiendo comida no resonaron ni lo vimos trepar por el cordón de las cortinas del frente para mordisquear el holán que las remata.
Otro día, en el programa radiofónico que papá conduce pidió al público radioescucha que si alguien podía darnos algún dato para recuperar al Quirri, toda una familia estaría agradecida. No tardó en llegar un discreto telefonazo para denunciar que en la colonia La Piedrera (distante cerca de tres kilómetros de casa) una señora había llegado a su casa con un nuevo perico cuyas características coincidían con el desaparecido cotorro.
Se montó inmediatamente un impresionante operativo para recobrarlo. No fue fácil conseguir que lo devolvieran; la señora se encaprichó con el verde atorrante y fue necesario compensarla dándole un fuerte rescate (le fueron entregados una pareja de periquitos australianos y un canario con todo y su jaula) para que el Quirri fuese devuelto sano y salvo.
No quiero que se me olvide contarles que cuando llega la tarde, baja de su percha, sale de entre las macetas o abandona alguno de sus mil escondrijos y, con un paso que envidiaría Cantinflas, regresa a su recamara, que incidentalmente es también la de mi abuelita, para dormir con toda tranquilidad después de un día venturoso y productivo.
Al Quirri le encanta pasear por las tardes en el automóvil familiar, pero si no está disponible jamás se hace de la boca chiquita, acepta salir hasta en bicicleta. Bien prendido del hombro del tripulante del vehículo va dando sus precisas instrucciones, quejándose de todo, criticando a quien no es de su agrado, queriendo besar a todas las muchachas y diciendo adiós quien encuentra a lo largo del camino excepto a los perros, que por razones bien fundamentadas no traga ni con miel de Alcarria. La algarabía que arma se escucha, estoy seguro, hasta los confines del Universo.
Antes de terminar debo hacer un justo reconocimiento: el Quirri no es nuestro... nosotros le pertenecemos y le hemos entregado, incondicionalmente, todo nuestro corazón.

