sábado, septiembre 24, 2011

Pescadores

P E S C A D O R E S


Cada año, después de la cosecha, como hay poco que hacer en el  pueblo, un  buen  grupo de gentes de la tribu  nos desplazamos a la orilla del  mar, a pescar. Así obtenemos una buena provisión para los meses de frío, cuando se dejan venir esas equipatas enfadosas que no lo dejan a uno salir de cacería. Como a veces casi completamos las dos lunas por allá en el campamento, nos acompañan algunas de nuestras mujeres para que nos asistan y, la mera verdad, para no estar solos mirándonos la cara uno a otro.
En una de esas temporadas pasó  lo que les voy a contar. Una noche, cuando toda la bola de pescadores estábamos al rededor de un tronco de mezquite que nos daba buena lumbre, comenzamos a contar  nuestras  historias; ya saben, un poco exageradas, pero hasta ahí.
Entonces Eeye, El Hormiga, nos contó lo que le pasó en en yacimiento de ostiones: Dijo que una vez, siguiendo a  un  animal, creo que mapache o tacuache, no me acuerdo muy  bien, se fue metiendo en unos manglares del rumbo de Babarasa; no estoy muy seguro el lugar porque ya teníamos mucho sueño, pero era ahí cerca de donde teníamos el campamento. El caso es  que  llegó a un placer de ostiones de lo más grande que se haya visto en la vida, así eran los ostionsotes, bueno, como estaría la cosa que las raíces de los mangles parecían troncos de macapule. El animalito nomás metía las manitas en el  agua y las sacaba llenas de ostiones y los tiraba para la  orilla hasta que Eeye se cansó de llenar costales y más  costales pero, según esto, estaban tan pesados que los tuvo que dejar  escondidos y cuando  regresó con ayuda  no  pudieron encontrar el camino.
Todos nos reímos de las mentirotas del Hormiga, y seguimos contando cuentos de aparecidos y otras pláticas de hombres ociosos.
Ahí hubiera terminado la cosa, pero Hubris, el marido de mi hermana Tosalimisi, se quedó muy pensativo y luego se levantó y me hizo una  seña llamándome a lo solo; cuando llegué me dijo:
-- "Tzíquili, todas las  noches he visto un tacuache bien grande que se  mete en aquellos choyales. Se me hace que va a donde están los ostiones de Eeye"--
-- "Pos ái tu sabes", le  dije; "yo me voy a acostar; mañana tenemos que ir a poner los babahuis para la pesca y no me gusta andar desvelado".--
  N'hombre,  pensé,  se  va a espinar hasta en las verijas por andar creyendo los cuentos de Eeye.
     En la madrugada, las mujeres  se  pusieron a tortear y a tatemar las lizetas  del  bastimento.  Era  una mañanita bien bonita. Entonces llegó Hubris.  Y,  tal  como lo pensé, venía todo espinado de choyas. Mi hermana, que estaba moliendo maíz en aquel metatito plano que  tenía,  nomás al verlo comenzó a meniar la cabeza. Parecía que  lo  hubiera picoteado un panal de bitachis completo; todo boludo de la cara, los brazos, las piernas; un desastre. Me  dio  lástima  pero pensé: ái tiene, pa' que se le quite lo pendejo y no siga creyendo cuentos de pescadores.
Todos fuimos a poner los babahuis. ¿No les he dicho cómo son ¿verdad? son trampas pa' pescar: si'hace una pequeña palizada cerrando un brazo angosto de cualquier estero; se le deja una entrada  estrecha,  pa' q'entren  los animalitos, y entonces la tapamos. Después, arrojamos al agua el contenido de varios costales de unas hojas que crecen en la orilla del río, creo que se llama barbasco. Hay que machacarlas bien. Los pescados mueren casi en seguida y se recogen sin dificultad con las redes de cuero de venado, el veneno los mata pero no causa ningún daño a los animales de la tierra y tampoco a las gentes.
  El brazo del estero que escogimos era casi un túnel formado por las tupidas copas del manglar que juntaban, de lado a lado, sus hojas  vidriadas, color verde obscuro. Había que esperar a que la marea  subiera y ya que calculáramos que estaba lleno de  pescados,  tapar  la  pasada  con carrizos y brazos de mangle.
     Mientras mis compañeros  se  tendieron  a descansar a la sombra de unos mezquites, esperando  que  la pesca entrara en la trampa, yo me fui por una vereda, medio escondida, a donde está ostional que andaba buscando  Hubris. En mis andanzas de niño huérfano había  explorado  muchas  veces  ese yacimiento donde  deveras  que  los  ostiones  son  bien  grandes,  bien llegados, llenos de carne y rete sabrosos. La marea estaba en punto muerto y no había corriente  alguna, así que me metí al agua cruzando a pie firme  el  canal  marino que tendría a lo más unos setenta pasos y pude llegar, sin muchos trabajos, al mentado  yacimiento.  Casi  sin  hacer  ruido  arranqué  unos cuatrocientos, los metí en los  sacos  de ixtle que llevaba y dejando los  sacos  sumergidos  en  el  agua  para  que no se murieran, me vine a sacar pescado con los demás.
     En la  noche  fui  a  la  casa  de  Hubris;  seguía todo hinchado de las espinadas.  Nomás por puntada le dije
--"Te invito a buscar ostiones"--
 No  lo  van a creer, pero solamente me dijo:
--"Deja avisarle a Tosalimisi. Se va a preocupar si no vengo luego".-- Tenía los mentados ostiones metidos entre ceja y ceja. Parecía vieja panzona con antojo.
  El yacimiento no está lejos; el trabajo es encontrar el camino y luego saber cómo  hay  que pasar el brazo de mar; cualquiera se pierde, contimás  en  la  noche. De seguro va a dar a los  choyales;  pero  yo  no  porque me crié en esas marismas y las conozco como si fueran la palma de mi mano. Regresamos pronto, cada uno con dos sacotes llenos de ostiones y todavía tuvimos tiempo  para  echar otro viaje. Ni contarles del revuelo  que  se  armó  en  el campamento nomás amaneció y vieron los cuatro sacos.  Desde  entonces,   todos   los   años,   cuando  hacemos campamento, Hubris es  el  que  cuenta  la  historia  de cómo siguió  a  un  tacuache  por  entre  las  choyas  para  ir al criadero. Eeye nomás se queda  mirándolo,  muy pensativo y, a veces, en la madrugada, vemos  que regresa todo espinado. Igual que Hubris cuando se metió al choyal.

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