P E S C A D O R E S
Cada año, después de la cosecha, como hay poco que hacer en el pueblo, un buen grupo de gentes de la tribu nos desplazamos a la orilla del mar, a pescar. Así obtenemos una buena provisión para los meses de frío, cuando se dejan venir esas equipatas enfadosas que no lo dejan a uno salir de cacería. Como a veces casi completamos las dos lunas por allá en el campamento, nos acompañan algunas de nuestras mujeres para que nos asistan y, la mera verdad, para no estar solos mirándonos la cara uno a otro.
En una de esas temporadas pasó lo que les voy a contar. Una noche, cuando toda la bola de pescadores estábamos al rededor de un tronco de mezquite que nos daba buena lumbre, comenzamos a contar nuestras historias; ya saben, un poco exageradas, pero hasta ahí.
Entonces Eeye, El Hormiga, nos contó lo que le pasó en en yacimiento de ostiones: Dijo que una vez, siguiendo a un animal, creo que mapache o tacuache, no me acuerdo muy bien, se fue metiendo en unos manglares del rumbo de Babarasa; no estoy muy seguro el lugar porque ya teníamos mucho sueño, pero era ahí cerca de donde teníamos el campamento. El caso es que llegó a un placer de ostiones de lo más grande que se haya visto en la vida, así eran los ostionsotes, bueno, como estaría la cosa que las raíces de los mangles parecían troncos de macapule. El animalito nomás metía las manitas en el agua y las sacaba llenas de ostiones y los tiraba para la orilla hasta que Eeye se cansó de llenar costales y más costales pero, según esto, estaban tan pesados que los tuvo que dejar escondidos y cuando regresó con ayuda no pudieron encontrar el camino.
Todos nos reímos de las mentirotas del Hormiga, y seguimos contando cuentos de aparecidos y otras pláticas de hombres ociosos.
Ahí hubiera terminado la cosa, pero Hubris, el marido de mi hermana Tosalimisi, se quedó muy pensativo y luego se levantó y me hizo una seña llamándome a lo solo; cuando llegué me dijo:
-- "Tzíquili, todas las noches he visto un tacuache bien grande que se mete en aquellos choyales. Se me hace que va a donde están los ostiones de Eeye"--
-- "Pos ái tu sabes", le dije; "yo me voy a acostar; mañana tenemos que ir a poner los babahuis para la pesca y no me gusta andar desvelado".--
N'hombre, pensé, se va a espinar hasta en las verijas por andar creyendo los cuentos de Eeye.
En la madrugada, las mujeres se pusieron a tortear y a tatemar las lizetas del bastimento. Era una mañanita bien bonita. Entonces llegó Hubris. Y, tal como lo pensé, venía todo espinado de choyas. Mi hermana, que estaba moliendo maíz en aquel metatito plano que tenía, nomás al verlo comenzó a meniar la cabeza. Parecía que lo hubiera picoteado un panal de bitachis completo; todo boludo de la cara, los brazos, las piernas; un desastre. Me dio lástima pero pensé: ái tiene, pa' que se le quite lo pendejo y no siga creyendo cuentos de pescadores.
Todos fuimos a poner los babahuis. ¿No les he dicho cómo son ¿verdad? son trampas pa' pescar: si'hace una pequeña palizada cerrando un brazo angosto de cualquier estero; se le deja una entrada estrecha, pa' q'entren los animalitos, y entonces la tapamos. Después, arrojamos al agua el contenido de varios costales de unas hojas que crecen en la orilla del río, creo que se llama barbasco. Hay que machacarlas bien. Los pescados mueren casi en seguida y se recogen sin dificultad con las redes de cuero de venado, el veneno los mata pero no causa ningún daño a los animales de la tierra y tampoco a las gentes.
El brazo del estero que escogimos era casi un túnel formado por las tupidas copas del manglar que juntaban, de lado a lado, sus hojas vidriadas, color verde obscuro. Había que esperar a que la marea subiera y ya que calculáramos que estaba lleno de pescados, tapar la pasada con carrizos y brazos de mangle.
Mientras mis compañeros se tendieron a descansar a la sombra de unos mezquites, esperando que la pesca entrara en la trampa, yo me fui por una vereda, medio escondida, a donde está ostional que andaba buscando Hubris. En mis andanzas de niño huérfano había explorado muchas veces ese yacimiento donde deveras que los ostiones son bien grandes, bien llegados, llenos de carne y rete sabrosos. La marea estaba en punto muerto y no había corriente alguna, así que me metí al agua cruzando a pie firme el canal marino que tendría a lo más unos setenta pasos y pude llegar, sin muchos trabajos, al mentado yacimiento. Casi sin hacer ruido arranqué unos cuatrocientos, los metí en los sacos de ixtle que llevaba y dejando los sacos sumergidos en el agua para que no se murieran, me vine a sacar pescado con los demás.
En la noche fui a la casa de Hubris; seguía todo hinchado de las espinadas. Nomás por puntada le dije
--"Te invito a buscar ostiones"--
No lo van a creer, pero solamente me dijo:
--"Deja avisarle a Tosalimisi. Se va a preocupar si no vengo luego".-- Tenía los mentados ostiones metidos entre ceja y ceja. Parecía vieja panzona con antojo.
El yacimiento no está lejos; el trabajo es encontrar el camino y luego saber cómo hay que pasar el brazo de mar; cualquiera se pierde, contimás en la noche. De seguro va a dar a los choyales; pero yo no porque me crié en esas marismas y las conozco como si fueran la palma de mi mano. Regresamos pronto, cada uno con dos sacotes llenos de ostiones y todavía tuvimos tiempo para echar otro viaje. Ni contarles del revuelo que se armó en el campamento nomás amaneció y vieron los cuatro sacos. Desde entonces, todos los años, cuando hacemos campamento, Hubris es el que cuenta la historia de cómo siguió a un tacuache por entre las choyas para ir al criadero. Eeye nomás se queda mirándolo, muy pensativo y, a veces, en la madrugada, vemos que regresa todo espinado. Igual que Hubris cuando se metió al choyal.
Etiquetas: Cuento
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