sábado, septiembre 24, 2011
CALIENTA LA CENA
Víctor entró a su oficina y aflojó el nudo de su corbata. Venía de una emotiva ceremonia donde había recibido un prestigioso premio por sus trabajos científicos. El texto del pergamino era breve: "La Fundación Pierre Michaud-Mahieux otorga el premio "Enrico Fermi" al Dr. Víctor do Barenho por su valiosa aportación a las investigaciones sobre el comportamiento de la partícula b del radioisótopo Bismuto 214". Presidente: Ettiene Mahieux.
Durante la ceremonia, había visto profunda satisfacción en Jorge, el mayor de sus hijos y lágrimas de orgullo en los ojos de Silvia su joven nuera. La ausencia de Paulo, su otro hijo, médico epidemiólogo, estaba plenamente justificada; tenía casi siete semanas en la cuenca del Papaloapan auxiliando una zona devastada por inundaciones. Lydia su esposa no asistió. Tenían treinta años de casados y nunca había logrado predecir sus extrañas actitudes. Movió suavemente la cabeza mientras una sonrisa fugaz bailoteó en sus labios.
Debía escribir a la Fundación una carta de agradecimiento. El cheque del premio tenía una cifra con cinco ceros. Redactó cuidadosamente una breve nota y tomó una decisión largamente aplazada: se tomaría un tiempo para visitar las cavernas de San Joaquín en la Baja California. Había terminado un libro sobre los petroglifos encontrados en esa región sosteniendo la hipótesis que los dibujos no eran signos religiosos sino manifestaciones estéticas de las culturas prehistóricas de la vertiente del Pacífico. Después de revisar el manuscrito, su editor ya había programado la impresión.
Fuera de su oficina lo esperaban varios alumnos de postgrado. Gina, una esbelta italiana que investigaba relaciones tribales en el Senegal, lo felicitó. Víctor la sintió agradablemente afectuosa.
-Doctor, queremos asistir a su conferencia donde disertará sobre la convergencia del diseño artístico de los petroglifos bajacalifornianos y la conceptualización estética de Benedetto Croce. Administración dice que ya no hay cupo pues el aforo de inscripciones ha sido muy alto. ¿Podría usted solucionarnos el problema?-
-Claro que sí, Maestra; la Dirección Administrativa designó inicialmente el aula 47 para el evento, pediré que se cambie al auditorio "C", así podrán asistir ustedes.- Las acentuadas y finas facciones de Gina se iluminaron. Dentro de tres meses ella presentaría su examen para doctorarse en Psicosociología.
Otro investigador, un físico-matemático de barba recortada cuidadosamente, intervino:
-Otra petición, Doctor. Varios participantes en el curso de Física Cuántica desean integrarse al equipo que abrirá una nueva línea de investigaciones sobre la teoría ondulatoria de la luz.-
-Gracias. Usted sabe que no soy especialista en Optica, pero recomendaré su proyecto ante el Consejo Directivo. Venga mañana, hablaremos con algunos colegas que simpatizan con su trabajo; le prometo hacer mi mejor esfuerzo para que Rectoría los apoye.-
Bajó tranquilamente la escalinata. Regresaría a pie a casa; la noche todavía estaba fresca y el departamento de su hijo quedaba por el camino. No tenía muchos deseos de regresar temprano, así que aceptó el café que le ofreció su nuera; luego conversaron telefónicamente con Paulo.
Al pedirle asesoría para su tesis magistral, Jorge lo había sumergido en el mundo del Cobalto 214. En ese tiempo Víctor, investigador acucioso y disciplinado, orientaba sus estudios hacia otras áreas de la radiactividad pero pronto le apasionó el problema. Su descubrimiento sobre la partícula beta que le valió el premio Enrico Fermi era solo un hito en el largo camino por recorrer. El MIT se había comunicado ofreciéndole apoyo y la Universidad de California lo había nominado en la terna de candidatos a la medalla Joliot-Curie.
Al abrir la puerta de su casa se sacudió de la mente el recuerdo de la linda, Gina D'Arezzo, gimnasta olímpica y psicóloga de gran talento. Una diminuta y graciosa muñeca dotada de cerebro electrónico; bella mujer, excepcionalmente inteligente, peligrosamente atractiva y, sin duda, disponible.
Su esposa, jamás había realizado esfuerzos visibles para mejorar una condición intelectual que cada día se retrasaba más y más con relación a los avances académicos de su marido y de sus hijos. En este contexto, su falta de objetividad le había impedido aceptar que el descuido personal, y su desmedida afición a las frituras, habían hecho desaparecer, desde hacía muchos años, la grácil y atractiva figura que la llevó a participar en un concurso de belleza nacional. Siguió siendo desordenada y caprichosa. Víctor, hombre forjado en una familia afectuosa donde, por generaciones, imperaban tolerantes normas de gentileza y generosidad lamentaba que su mujer no hubiese podido asimilar al proyecto de hogar que él había concebido.
Sobre el refrigerador encontró un recado de Lydia: "Vic, No pude ir al asunto ese de la Universidad. Ya sabes que los martes tengo jugada de canasta y si falto las compañeras se enojan. Volveré tarde. Calienta la cena si quieres y no se te olvide lavar los platos sucios..."
De pie, ante la chimenea apagada, Víctor tomó una botella de brandy, se sirvió un trago y aceptó con plena conciencia una imagen obsesiva, insistente, que le había perseguido toda la tarde: la armoniosa figura de Gina y sus expresivos ojos azules donde brillaba una constelación de promesas.
Yerberitas
Y E R B E R I T A S
Cuento en un acto
Ambiente: La escena se desarrolla en un sitio tranquilo a la orilla de un río donde hay muchas vinoramas florecidas. Arboles grandes a la izquierda: macapules y álamos. Un poco más lejos se ve un mezquite reverdecido; de sus brazos cuelgan las ramas de otra planta, muy verde y con pequeñas frutillas rojas y anaranjadas. Muchas plantas de diversas especies y variedades. Flores silvestres. Se escucha una gran algarabía de pajarillos. Un zenzontle canta cerca.
Personajes: Dos jovencitas, hermanas. Pelo largo, trenzado o suelto. Visten una faldita de cuero que les llega a mitad del muslo; los pechos descubiertos; pulseras y collares de cuentas de obsidiana y pirita. Del cuello de ambas cuelga una pequeña concha.
ZUBAI, 14 años, rostro demasiado serio para su edad. Busca algo entre las yerbas del suelo. El calor estival perla de sudor su frente. Trae del brazo un morral de ixtle lleno de yerbas.
TOTORI, 17 años, la hermana mayor, su actitud demuestra estar más interesada en coquetear con guerreros jóvenes y danzantes que aprender el oficio de la madre, que es yerbera y curandera. A sus pies está una canasta de palma. (El sol cae a plomo; las jóvenes están a la sombra de un frondoso árbol.)
ZUBAI:
- Tenemos que llevarle a mamá las yerbas que está necesitando para curar a nuestro primo Tetacoba; arráncalas con cuidado, no maltrates las hojas para que no se pierda el juguito y todo pueda aprovecharse.
TOTORI:
- ¡Hace mucho calor, Zubai! Estoy pensando que estaríamos más cómodas bañándonos en el río, sumergidas hasta el cuello en el agua... debe estar muy fresca a esta hora. No va a pasar nada si mamá espera un poquito.
ZUBAI:
-¿Crees que soy tonta? se nota que quieres pasar toda la tarde chapoteando en
el agua sin hacer nada. Que se te olvide. Es muy importante que encuentre las yerbas que nos encargó mamá, de eso vivimos...
TOTORI: (Con marcado tono de desdén en la voz)
- No te enojes Zubai, eres mi hermana menor y hablas como si fueras mi abuela. No me digas qué debo hacer. Eres muy joven.
ZUBAI:
Si, muy joven, muy joven (remedándola), pero siempre te saco de apuros. Nunca vas a aprender a curar si no te fijas dónde encontrar las plantas. Están dondequiera pero tienes que conocerlas. En el monte, en la orilla del río, en las corrientes de agua y algunas crecen arriba de los árboles; también los hongos curan pero, si te equivocas, también matan.
TOTORI (con tono de disgusto en la voz):
-Ya deberías haberlo entendido: Quiero casarme y tener muchos niños. No me interesa aprender a curar con estos yerbajos apestosos. (Contando con los dedos) Que si el zorrillo para el catarro, que si la yerba-del-manso para los golpes, que si los pelos de elote para el maldeorín, que si la... para el dolor de huesos. ¿Con qué se cura el dolor de huesos Zubai? Estoy harta. (Da una patadita al suelo) ¿Entiendes?: ¡har-ta! (Con tono desesperado).
ZUBAI:
- Eres muy linda Totori, los jóvenes te admiran pero nadie quiere casarse contigo por cabeza hueca. No distingues un zanate de un gorrión; además, nunca has hecho el menor esfuerzo por superarte. Tienes que conocer las enfermedades, aprender a curar a las personas, mezclar las yerbas y saber emplearlas. Mamá nos ha enseñado todo y no sabes curar siquiera una diarrea de los niños. (Totori no le presta gran atención, se acerca a un lugar muy poblado de plantas y apartando un arbusto se inclina a recoger algo)
TOTORI:
- Hey Zubai, ven; aquí está una mancha de estas flores que nos encargó mamá. Fíjate, sí sé distinguirlas, no soy tan ignorante como crees. (Corta una y se la coloca en el pelo con coquetería).
ZUBAI:
-Sí, pero no sabes para qué sirven. Para tu conocimiento quiero decirte que son para curar la tos y el oguido del pecho; tatemadas o remoliditas saben rico. También las puedes utilizar como aderezo para dar sabor a la comida. (Mientras Zubai habla, Totori ha seguido buscando entre los arbustos, recoge unas plantas y las muestra.)
TOTORI:
- Mira, encontré las matitas tiernas que quiere mamá, cortaré un buen manojo para que la próxima semana no tengamos que venir de nuevo.
ZUBAI (Moviendo la cabeza con desaprobación):
-Es necesario usarlas frescas, boba. Ahora acércate. Con mucho cuidado arranca estas raíces. (Con tono doctoral) Es wereke, deben salir enteras, sirve para curar la sangre delgada; esto se sabe porque las hormigas se juntan al rededor de donde orina el enfermo. También cura la diarrea con sangre.
TOTORI (Se queda escuchando muy atenta):
- Shsst. No hagas ruido Zubai. No te muevas. Parece que por aquí anda un armadillo; creo esta noche comeremos unos deliciosos tamales; le hablaré al viejo Coni para que los haga. Ji, ji, ya se que no le gustan las mujeres, solo los hombres... pero es bueno como nadie para hacer tamalitos y dulces. Yo lo manejo requetebien.
ZUBAI (Hablando como si fuese una mujer de edad):
- No te burles Totori, Coni es una excelente persona y muy buen cliente de mamá; todos los días llega muy temprano para pedirle remedios. Ella dice que no tiene nada. Me parece que necesita que le den cariño; desde que murió su abuela está muy solitario.
TOTORI hace una mueca y ensaya unos pasitos como de hombre afeminado; después, acercándose a un agujero que hay en la tierra, mete la mano con cuidado y exclama con alegría:
-¡Te atrapé!-
Inmediatamente lanza un agudo grito de dolor y con un violento ademán retira la mano del hueco. Trae prendida una vívora de las llamadas "sordas" porque carecen de cascabel. Se tambalea. Zubai rápidamente se acerca, sujeta la serpiente y la azota contra un árbol. Recuesta a Totori en la arena y con un cuchillo de obsidiana que saca de su canasta hace dos cortes en el brazo de su hermana (sale sangre, muy roja); chupa y escupe el veneno varias veces. Saca un tubérculo del morral de Totori, mastica una porción y lo pone sobre la herida. Toma algunas yerbas de su canasta y la obliga a comerlas. Totori sufre algunas convulsiones pero se queda quieta respirando afanosamente. (Está muy asustada)
TOTORI (Gimoteando):
-¿Me voy a morir Zubai..?-
ZUBAI (Le tiembla un poco la voz, pero contesta rápidamente, con cierto disgusto):
-No. Para eso te curé. Además era una vívora muy pequeña...
TOTORI:
-Tengo miedo Zubai. Me duele mucho todo el brazo.-
ZUBAI:
-No tengas miedo hermanita. Tuviste suerte que hayamos encontrado estas yerbas contra la ponzoña de vívora. Te va a doler pero es todo.-
TOTORI (Ya sin llorar):
-Zubai, ¿podré tomar parte en las danzas al iniciar el verano?-
ZUBAI (Sigue con tono de enojo):
-Ni lo pienses. Cuando la luna esté llena te van doler todos los huesos, así que olvídate de fiestas.-
TOTORI:
-Ay Zubai, ¿qué voy a hacer...?-
ZUBAI:
-Ponte a trabajar. En aquel mezquite grandote hay mucho tójil, corta una buena cantidad; llena el morralito amarillo. Es para el niño de Zíquili, tiene mucha diarrea, llévaselo y dile que lo hierva en agua y el tecito se lo dé como agua de uso. Para mañana se le va a quitar su mal. ¡Ah! y que no lo deje comer tierra.-
TOTORI: Se le queda mirando, ofendida.
ZUBAI la abraza y poniéndose seria dice:
-Totori: De aquí en adelante, jamás confundas la cola de una víbora con el rabo de un armadillo.-
TELON.
Etiquetas: Cuento
Pescadores
P E S C A D O R E S
Cada año, después de la cosecha, como hay poco que hacer en el pueblo, un buen grupo de gentes de la tribu nos desplazamos a la orilla del mar, a pescar. Así obtenemos una buena provisión para los meses de frío, cuando se dejan venir esas equipatas enfadosas que no lo dejan a uno salir de cacería. Como a veces casi completamos las dos lunas por allá en el campamento, nos acompañan algunas de nuestras mujeres para que nos asistan y, la mera verdad, para no estar solos mirándonos la cara uno a otro.
En una de esas temporadas pasó lo que les voy a contar. Una noche, cuando toda la bola de pescadores estábamos al rededor de un tronco de mezquite que nos daba buena lumbre, comenzamos a contar nuestras historias; ya saben, un poco exageradas, pero hasta ahí.
Entonces Eeye, El Hormiga, nos contó lo que le pasó en en yacimiento de ostiones: Dijo que una vez, siguiendo a un animal, creo que mapache o tacuache, no me acuerdo muy bien, se fue metiendo en unos manglares del rumbo de Babarasa; no estoy muy seguro el lugar porque ya teníamos mucho sueño, pero era ahí cerca de donde teníamos el campamento. El caso es que llegó a un placer de ostiones de lo más grande que se haya visto en la vida, así eran los ostionsotes, bueno, como estaría la cosa que las raíces de los mangles parecían troncos de macapule. El animalito nomás metía las manitas en el agua y las sacaba llenas de ostiones y los tiraba para la orilla hasta que Eeye se cansó de llenar costales y más costales pero, según esto, estaban tan pesados que los tuvo que dejar escondidos y cuando regresó con ayuda no pudieron encontrar el camino.
Todos nos reímos de las mentirotas del Hormiga, y seguimos contando cuentos de aparecidos y otras pláticas de hombres ociosos.
Ahí hubiera terminado la cosa, pero Hubris, el marido de mi hermana Tosalimisi, se quedó muy pensativo y luego se levantó y me hizo una seña llamándome a lo solo; cuando llegué me dijo:
-- "Tzíquili, todas las noches he visto un tacuache bien grande que se mete en aquellos choyales. Se me hace que va a donde están los ostiones de Eeye"--
-- "Pos ái tu sabes", le dije; "yo me voy a acostar; mañana tenemos que ir a poner los babahuis para la pesca y no me gusta andar desvelado".--
N'hombre, pensé, se va a espinar hasta en las verijas por andar creyendo los cuentos de Eeye.
En la madrugada, las mujeres se pusieron a tortear y a tatemar las lizetas del bastimento. Era una mañanita bien bonita. Entonces llegó Hubris. Y, tal como lo pensé, venía todo espinado de choyas. Mi hermana, que estaba moliendo maíz en aquel metatito plano que tenía, nomás al verlo comenzó a meniar la cabeza. Parecía que lo hubiera picoteado un panal de bitachis completo; todo boludo de la cara, los brazos, las piernas; un desastre. Me dio lástima pero pensé: ái tiene, pa' que se le quite lo pendejo y no siga creyendo cuentos de pescadores.
Todos fuimos a poner los babahuis. ¿No les he dicho cómo son ¿verdad? son trampas pa' pescar: si'hace una pequeña palizada cerrando un brazo angosto de cualquier estero; se le deja una entrada estrecha, pa' q'entren los animalitos, y entonces la tapamos. Después, arrojamos al agua el contenido de varios costales de unas hojas que crecen en la orilla del río, creo que se llama barbasco. Hay que machacarlas bien. Los pescados mueren casi en seguida y se recogen sin dificultad con las redes de cuero de venado, el veneno los mata pero no causa ningún daño a los animales de la tierra y tampoco a las gentes.
El brazo del estero que escogimos era casi un túnel formado por las tupidas copas del manglar que juntaban, de lado a lado, sus hojas vidriadas, color verde obscuro. Había que esperar a que la marea subiera y ya que calculáramos que estaba lleno de pescados, tapar la pasada con carrizos y brazos de mangle.
Mientras mis compañeros se tendieron a descansar a la sombra de unos mezquites, esperando que la pesca entrara en la trampa, yo me fui por una vereda, medio escondida, a donde está ostional que andaba buscando Hubris. En mis andanzas de niño huérfano había explorado muchas veces ese yacimiento donde deveras que los ostiones son bien grandes, bien llegados, llenos de carne y rete sabrosos. La marea estaba en punto muerto y no había corriente alguna, así que me metí al agua cruzando a pie firme el canal marino que tendría a lo más unos setenta pasos y pude llegar, sin muchos trabajos, al mentado yacimiento. Casi sin hacer ruido arranqué unos cuatrocientos, los metí en los sacos de ixtle que llevaba y dejando los sacos sumergidos en el agua para que no se murieran, me vine a sacar pescado con los demás.
En la noche fui a la casa de Hubris; seguía todo hinchado de las espinadas. Nomás por puntada le dije
--"Te invito a buscar ostiones"--
No lo van a creer, pero solamente me dijo:
--"Deja avisarle a Tosalimisi. Se va a preocupar si no vengo luego".-- Tenía los mentados ostiones metidos entre ceja y ceja. Parecía vieja panzona con antojo.
El yacimiento no está lejos; el trabajo es encontrar el camino y luego saber cómo hay que pasar el brazo de mar; cualquiera se pierde, contimás en la noche. De seguro va a dar a los choyales; pero yo no porque me crié en esas marismas y las conozco como si fueran la palma de mi mano. Regresamos pronto, cada uno con dos sacotes llenos de ostiones y todavía tuvimos tiempo para echar otro viaje. Ni contarles del revuelo que se armó en el campamento nomás amaneció y vieron los cuatro sacos. Desde entonces, todos los años, cuando hacemos campamento, Hubris es el que cuenta la historia de cómo siguió a un tacuache por entre las choyas para ir al criadero. Eeye nomás se queda mirándolo, muy pensativo y, a veces, en la madrugada, vemos que regresa todo espinado. Igual que Hubris cuando se metió al choyal.
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Luto en la tribu
LUTO EN LA TRIBU
Relato-ficción
Siete veces, siete danzantes formaron un círculo rodeando el túmulo mortuorio donde yacía Maáchil vestido con una túnica de algodón color naranja. Bailaban el pajcola haciendo sonar con vibrante repiqueteo sus tenábaris, cientos de crisálidas secas, atadas a las piernas, que se escuchaban como furiosas vívoras de cascabel. Veinte pezuñas de venado colgaban de los cinturones de piel de jabalí; en los movimientos de la danza las pulidas pezuñas entrechocaban, chasqueteando como castañuelas. Los danzantes usaban, para marcar el ritmo, un par de sonajas de ayale, esféricas y duras, que sonaban como si alguien chistara.
Cantores de la tribu, con rostros atezados, arrugados, curtidos por la intemperie como cuero de venado puesto al sol, entonaban en su lengua cargada de esdrújulas, las armoniosas letanías de la liturgia fúnebre cahita y golpeaban, con dedos rígidos, la redonda mitad de una jícara que flotaba en agua generando un sonido hueco, lúgubre, como un eco del tambor cuyo parche, cuero crudo de gato montés, marcaba los pasos de la danza. El sonido monótono resaltaba en la noche tranquila.
Ardían las hogueras con leña de mezquite y en los braseros se quemaba resina de copal cuyo aromático efluvio se mezclaba con el fuerte humo del tabaco machucho con que los jefes tribales retacaban sus pipas de hueso. De cuclillas junto al cadáver de Maáchil contaban, con voces cascadas, las hazañas del difunto, su destreza para cazar y su valentía en el combate. Los guerreros honraban sus restos mortales.
Maáchil había perecido luchando contra un puma que atacaba al poblado. Los hijos pequeños de Maáchil resistían al cansancio, engalanados y estoicos al pié del catafalco, junto a Totori, la esposa.
Cuando sus compañeros entregaron el ensangrentado cuerpo de su marido, ella, revolcándose sobre la tierra suelta aulló de dolor hasta quedar exhausta, sostenida a medias por su abuela, vieja sabia que le dio a beber un cocimiento con que calmó sus nervios. Totori, en un sereno estupor, masticaba lentamente un trozo de raíz parduzca. Su madre guardaba la extraña planta hipnótica entre las hojas, cortezas y yerbas de su acopio herbolario.
Rojo y embriagante, el fuerte licor de pitaya fermentada había sido consumido durante toda la noche por familiares y amigos que, al despuntar el sol, levantaron el cuerpo de Maáchil para conducirlo a su última morada rumbo al Oriente.
Tzíquili su hermano de crianza y los representantes de diferentes actividades del pueblo: agricultores, jugadores de hulama, guerreros, tejedores y alfareros, cargaron el cuerpo siguiendo a un grupo de plañideras que caminaban a la cabeza del cortejo lanzando alaridos de doloroso llanto.
Hermanas y primas de Maáchil los rodeaban llevando cuencos de fina cerámica color rojo-naranja decorados con dibujos rituales color ocre, blanco y negro; contenían los alimentos básicos del pueblo cahita: tortillas, maíz, quelites, frijol, tomate, chile, calabazas y carne de iguana, conejo, liebre, venado y jabalí.
Al final del grupo, las doncellas de la tribu, vestidas con largos trajes de algodón blanco, portaban otras ofrendas en pequeños tazones primorosamente pintados cuyos bordes lucían grecas blancas y rojas. Pescado, ostiones, huevos, palomas, tamales, calabaza cocida, pencas de mezcal, camotes, aguamas, capomos, pitayas, agua de chía, zapotes, cacaraguas, bebelamas, pinole, cacahuates, macapules, papachis, guayparimes, guamúchiles, chiquelites, tunas, uvalamas y cuajilotes colmaban los recipientes. Serían puestos a los pies del yacente.
Maáchil había traído de tierras lejanas un vaso de transparente alabastro que fue llenado con el licor preferido del jefe una vez que en la mano izquierda colocaron la fina pipa de barro que Yoricoba, el alfarero, hizo con cariño, último regalo para su amigo. Sobre la cabeza del difunto colocaron una máscara de cerámica pintada de vivos colores cuya nariz protuberante semejaba la cabeza de un loro y lo adornaron con collares de cobre y jade. Por último, colocaron en su mano un arco tensado y siete flechas de caza. Maáchil estaba preparado para su viaje a la eternidad.
. Excavada la fosa sobre el antiguo lecho del río, Tzíquili, su hermano de crianza, retiró del brazo la concha labrada, símbolo del rango; después de colocarla con reverencia sobre el pecho del muerto, rodeó su tobillo derecho con una sarta de ochenta cascabeles de cobre. Si no hubiese sido un jefe de la tribu, lo habrían puesto dentro de una gran urna de barro cocido, en posición fetal, inhumándolo al Norte del poblado pero, conforme a su investidura, fue sepultado horizontalmente, en el centro mismo del Lugar Sagrado, con la cabeza dirigida hacia donde se oculta el Sol mientras toda la tribu entonaba el canto ritual de los muertos. Cuando los últimos puñados de tierra caían sobre el sepulcro, se escuchó a lo lejos el sordo rugido de un puma moribundo cuyos postreros alientos escapaban por la herida causada por un cuchillo de negra obsidiana, clavado profundamente en sus entrañas.
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