LUTO EN LA TRIBU
Relato-ficción
Siete veces, siete danzantes formaron un círculo rodeando el túmulo mortuorio donde yacía Maáchil vestido con una túnica de algodón color naranja. Bailaban el pajcola haciendo sonar con vibrante repiqueteo sus tenábaris, cientos de crisálidas secas, atadas a las piernas, que se escuchaban como furiosas vívoras de cascabel. Veinte pezuñas de venado colgaban de los cinturones de piel de jabalí; en los movimientos de la danza las pulidas pezuñas entrechocaban, chasqueteando como castañuelas. Los danzantes usaban, para marcar el ritmo, un par de sonajas de ayale, esféricas y duras, que sonaban como si alguien chistara.
Cantores de la tribu, con rostros atezados, arrugados, curtidos por la intemperie como cuero de venado puesto al sol, entonaban en su lengua cargada de esdrújulas, las armoniosas letanías de la liturgia fúnebre cahita y golpeaban, con dedos rígidos, la redonda mitad de una jícara que flotaba en agua generando un sonido hueco, lúgubre, como un eco del tambor cuyo parche, cuero crudo de gato montés, marcaba los pasos de la danza. El sonido monótono resaltaba en la noche tranquila.
Ardían las hogueras con leña de mezquite y en los braseros se quemaba resina de copal cuyo aromático efluvio se mezclaba con el fuerte humo del tabaco machucho con que los jefes tribales retacaban sus pipas de hueso. De cuclillas junto al cadáver de Maáchil contaban, con voces cascadas, las hazañas del difunto, su destreza para cazar y su valentía en el combate. Los guerreros honraban sus restos mortales.
Maáchil había perecido luchando contra un puma que atacaba al poblado. Los hijos pequeños de Maáchil resistían al cansancio, engalanados y estoicos al pié del catafalco, junto a Totori, la esposa.
Cuando sus compañeros entregaron el ensangrentado cuerpo de su marido, ella, revolcándose sobre la tierra suelta aulló de dolor hasta quedar exhausta, sostenida a medias por su abuela, vieja sabia que le dio a beber un cocimiento con que calmó sus nervios. Totori, en un sereno estupor, masticaba lentamente un trozo de raíz parduzca. Su madre guardaba la extraña planta hipnótica entre las hojas, cortezas y yerbas de su acopio herbolario.
Rojo y embriagante, el fuerte licor de pitaya fermentada había sido consumido durante toda la noche por familiares y amigos que, al despuntar el sol, levantaron el cuerpo de Maáchil para conducirlo a su última morada rumbo al Oriente.
Tzíquili su hermano de crianza y los representantes de diferentes actividades del pueblo: agricultores, jugadores de hulama, guerreros, tejedores y alfareros, cargaron el cuerpo siguiendo a un grupo de plañideras que caminaban a la cabeza del cortejo lanzando alaridos de doloroso llanto.
Hermanas y primas de Maáchil los rodeaban llevando cuencos de fina cerámica color rojo-naranja decorados con dibujos rituales color ocre, blanco y negro; contenían los alimentos básicos del pueblo cahita: tortillas, maíz, quelites, frijol, tomate, chile, calabazas y carne de iguana, conejo, liebre, venado y jabalí.
Al final del grupo, las doncellas de la tribu, vestidas con largos trajes de algodón blanco, portaban otras ofrendas en pequeños tazones primorosamente pintados cuyos bordes lucían grecas blancas y rojas. Pescado, ostiones, huevos, palomas, tamales, calabaza cocida, pencas de mezcal, camotes, aguamas, capomos, pitayas, agua de chía, zapotes, cacaraguas, bebelamas, pinole, cacahuates, macapules, papachis, guayparimes, guamúchiles, chiquelites, tunas, uvalamas y cuajilotes colmaban los recipientes. Serían puestos a los pies del yacente.
Maáchil había traído de tierras lejanas un vaso de transparente alabastro que fue llenado con el licor preferido del jefe una vez que en la mano izquierda colocaron la fina pipa de barro que Yoricoba, el alfarero, hizo con cariño, último regalo para su amigo. Sobre la cabeza del difunto colocaron una máscara de cerámica pintada de vivos colores cuya nariz protuberante semejaba la cabeza de un loro y lo adornaron con collares de cobre y jade. Por último, colocaron en su mano un arco tensado y siete flechas de caza. Maáchil estaba preparado para su viaje a la eternidad.
. Excavada la fosa sobre el antiguo lecho del río, Tzíquili, su hermano de crianza, retiró del brazo la concha labrada, símbolo del rango; después de colocarla con reverencia sobre el pecho del muerto, rodeó su tobillo derecho con una sarta de ochenta cascabeles de cobre. Si no hubiese sido un jefe de la tribu, lo habrían puesto dentro de una gran urna de barro cocido, en posición fetal, inhumándolo al Norte del poblado pero, conforme a su investidura, fue sepultado horizontalmente, en el centro mismo del Lugar Sagrado, con la cabeza dirigida hacia donde se oculta el Sol mientras toda la tribu entonaba el canto ritual de los muertos. Cuando los últimos puñados de tierra caían sobre el sepulcro, se escuchó a lo lejos el sordo rugido de un puma moribundo cuyos postreros alientos escapaban por la herida causada por un cuchillo de negra obsidiana, clavado profundamente en sus entrañas.
Etiquetas: Cuento
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