sábado, septiembre 24, 2011

Luto en la tribu

LUTO EN LA TRIBU
Relato-ficción
Siete veces, siete danzantes  formaron un círculo rodeando el túmulo  mortuorio  donde  yacía  Maáchil  vestido  con una túnica de algodón color naranja. Bailaban el pajcola haciendo sonar con  vibrante  repiqueteo  sus  tenábaris,  cientos  de crisálidas secas, atadas  a  las  piernas,  que se escuchaban como furiosas vívoras de  cascabel.  Veinte pezuñas de venado colgaban  de  los  cinturones  de  piel  de  jabalí;  en  los movimientos de la  danza  las  pulidas pezuñas entrechocaban, chasqueteando como  castañuelas.  Los  danzantes usaban, para marcar el ritmo,  un  par  de  sonajas  de ayale, esféricas y duras, que sonaban como si alguien chistara.
   Cantores de la  tribu,  con  rostros  atezados, arrugados, curtidos por la intemperie  como  cuero  de  venado puesto al sol,  entonaban  en  su  lengua  cargada  de  esdrújulas, las armoniosas  letanías  de   la   liturgia   fúnebre  cahita  y golpeaban, con dedos rígidos, la  redonda mitad de una jícara que flotaba en agua generando  un sonido hueco, lúgubre, como un eco del tambor  cuyo  parche,  cuero crudo de gato montés, marcaba los pasos de la  danza. El sonido monótono resaltaba en la noche tranquila.
  Ardían las hogueras con leña de mezquite  y en los  braseros  se quemaba  resina  de  copal cuyo aromático efluvio se mezclaba con el fuerte humo del tabaco machucho con que los jefes tribales retacaban sus pipas de hueso. De cuclillas junto al cadáver de Maáchil contaban,  con voces cascadas, las hazañas del difunto, su  destreza  para  cazar  y  su  valentía en el combate. Los guerreros honraban sus restos mortales.
Maáchil había  perecido  luchando  contra  un  puma  que  atacaba  al poblado.   Los hijos  pequeños  de  Maáchil  resistían  al cansancio, engalanados y estoicos al pié  del catafalco, junto a Totori, la  esposa.
 Cuando sus compañeros entregaron el ensangrentado cuerpo de  su  marido, ella, revolcándose sobre  la tierra suelta aulló de dolor hasta quedar exhausta, sostenida a medias por su abuela,  vieja  sabia  que  le dio a beber un cocimiento con que calmó  sus  nervios. Totori, en un sereno estupor, masticaba lentamente un  trozo de raíz parduzca. Su madre guardaba la extraña planta  hipnótica entre las hojas, cortezas y yerbas de su acopio herbolario.
  Rojo y embriagante, el  fuerte  licor de pitaya fermentada había sido consumido durante toda  la  noche por familiares y amigos que, al  despuntar  el  sol,  levantaron  el cuerpo de Maáchil para conducirlo a su última morada rumbo al Oriente.
 Tzíquili su hermano  de  crianza  y  los representantes de diferentes actividades del pueblo: agricultores, jugadores de hulama, guerreros, tejedores y  alfareros, cargaron el cuerpo siguiendo a un grupo de  plañideras que caminaban a la cabeza del cortejo lanzando alaridos  de doloroso llanto.
 Hermanas y primas de  Maáchil  los  rodeaban  llevando  cuencos  de fina cerámica color  rojo-naranja  decorados  con dibujos rituales color ocre, blanco y  negro;  contenían los alimentos básicos del pueblo cahita: tortillas, maíz, quelites, frijol, tomate, chile, calabazas y carne de iguana, conejo, liebre, venado y jabalí.
   Al final del grupo,  las  doncellas  de la tribu, vestidas con largos trajes de  algodón blanco, portaban otras ofrendas en  pequeños  tazones  primorosamente  pintados  cuyos bordes lucían grecas blancas  y  rojas. Pescado, ostiones, huevos, palomas, tamales, calabaza cocida, pencas de mezcal, camotes, aguamas,  capomos, pitayas, agua   de chía, zapotes, cacaraguas, bebelamas, pinole, cacahuates, macapules, papachis,  guayparimes, guamúchiles, chiquelites, tunas, uvalamas y cuajilotes colmaban los  recipientes.  Serían  puestos a los pies del yacente.
   Maáchil había traído de tierras lejanas un vaso de  transparente alabastro que fue llenado con el licor preferido del jefe una vez que en  la  mano izquierda colocaron la fina pipa de barro que Yoricoba, el alfarero, hizo con cariño, último regalo para su amigo. Sobre la cabeza del difunto colocaron una máscara de cerámica pintada de vivos colores cuya nariz protuberante semejaba la cabeza de un loro y lo adornaron con collares de cobre y jade. Por último, colocaron en su mano un arco tensado y siete flechas de caza. Maáchil estaba preparado para su viaje a la eternidad.
. Excavada la fosa sobre el antiguo lecho del río, Tzíquili, su hermano de crianza, retiró del brazo la concha labrada, símbolo del rango; después de colocarla con reverencia sobre el pecho del muerto, rodeó su tobillo derecho con una sarta de ochenta cascabeles de cobre. Si no hubiese sido un jefe de la tribu, lo habrían puesto dentro de una gran urna de barro cocido, en posición fetal, inhumándolo al Norte del   poblado pero, conforme a su investidura, fue sepultado horizontalmente, en el centro mismo del Lugar Sagrado, con la cabeza dirigida hacia donde se oculta el Sol mientras toda la tribu entonaba el canto ritual de los muertos. Cuando los últimos puñados de tierra caían sobre el sepulcro, se escuchó a lo lejos el sordo rugido de un puma moribundo cuyos postreros alientos escapaban por la herida causada por un cuchillo de negra obsidiana, clavado profundamente en sus entrañas.



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