martes, marzo 22, 2011

Cosas del destino

C O S A S   D E L   D E S T I N O


Como en sueños, muy  nebulosamente, me acuerdo cuando mataron a Babu, la prostituta. Yo era un niño entonces y ni soñaba en convertirme en  lo  que  ahora  soy: una vergüenza para mi familia porque en  la  tribu me  llaman  "Coni el hombre que gusta de los hombres".
Digo que casi ni  me  acuerdo  cuando mataron a esa mujer, para que vean que no soy viejo, más bien creo que los aceites y tierras con que me pinto  el  rostro causan  estas manchas y arrugas sobre la piel.
   Soy hijo de Chocqui y nieto de Ilitchi, mujeres que, como Babu, se dedicaban a complacer a los hombres. Ilitchi a pesar de sus brebajes y cocimientos de yerbas parió, además de mi madre, cuatro varones a  quienes nunca les gustó el trabajo que desempeñaban las hembras de casa, aunque fuesen aceptadas de buen grado por la  comunidad. Rudos cazadores, mis tios me trataban con dureza, según ellos para  quitarme lo consentido, pero solo consiguieron apegarme más a las faldas de Chocqui y provocaron una enfermiza sobreprotección de la abuela. Me criaron, pues,  con  demasiados  mimos,  taimado,  grosero  y acostumbrado a que mamá complaciera todos mis caprichos.
   Mamá era pequeña de cuerpo, bien proporcionada y vivaracha como una venadita; no podía compararse en belleza ni estatura a Ilitchi, que era renombrada en  toda la comarca, pero no le fue mal en el oficio  porque tenía muchas cualidades, era una cocinera extraordinaria y sabía preparar bebidas embriagantes no solo de  pitaya, como  todo  mundo,  sino de muchos otros frutos entre los que  recuerdo el  zapote, las uvalamas, los ayales, y el capomo  machacado;  también  lo hacía con vainas tiernas de huizache.
Agasajaba a sus clientes  más  fieles cocinándoles docenas de platillos: armadillo, conejo, iguana,  ardilla, jabalí, paloma, choli, cuichi, mapache.  Se  me  hace  agua  la  boca  recordando  un delicioso guiso de culebra colorada que aderezaba con tomate, chiquelite, ejotes  y  yerbas  de  olor.  Las  liebres  no le gustaban.
   Chocqui podía darte todo  un  banquete con puros quelites, los preparaba en  diecisiete  formas  diferentes,  todas para chuparse los dedos...  ¡Y  el  venado!  nadie  como ella para tomar una paletilla o el lomo completo, las frotaba con grasa donde molía hojas de chiltepín  y varias clases de semillitas del monte y después  de  asarla  sobre brasas de mezquite las acompañaba con aquellas  tortillas  que  hacía: pequeñas como sus manos y delgaditas como  una  hoja de elote; seleccionaba las mazorcas más sazonas y  cocía  los granos con aquella cal color de rosa que traían del lejano río de los Muertos, después remolía  la masa  hasta que quedaba suavecita como pulpa de aguacate maduro para cocerlas después, en  un apaste grueso, lisito y ancho que le regaló Mori el alfarero. Del mismo modo preparaba la masa para tamales.
   Para tatemar calabazas hacíamos un  hueco en la tierra, lo llenábamos de leña y manteníamos  encendida la lumbre todo el día. En la  tarde  se  sacaban  los  rescoldos,  metíamos las calabazotas enteras y para en  la mañana se habían convertido en una delicia.
   De joven, ella había vivido  en  la desembocadura del río, por lo que sabía  cocinar  pescado,  almejas y cangrejos a la manera de los marismeños. A veces visitaba por varios días la Isla Larga de donde traía caracoles y tortugas con los cuales preparaba platillos cuyo sabor nadie ha podido igualar. Chocqui, además, tenía  gracia  para  entonar  sus propias canciones con una voz pequeñita, dulce como ella mísma, de tal modo que los hombres quedaban satisfechos y le pagaban con gusto.
Poco a poco fui aprendiendo a preparar sabrosos platillos, a fermentar las frutas para las  bebidas y a buscar yerbas en el campo. Yo cocino bien,  pero mi especialidad son las cosas dulces: Uvalamas, guayparimes, capomos, biznaga, guamúchiles pasados y aguamas con miel de enjambre, pero lo mejor es un dulce de pitaya al que no le dejo una sola semilla.
Por lo que respecta a mi... digamos "profesión" actual, se inició cuando el cacique de Tetamuchala tuvo una discusión con nuestros mandones y para castigarlos decidieron enviar un grupo del  cual  yo  formaba  parte, honor que me llenó de orgullo, pero Chocqui se puso frenética; salió de la casa con los ojos desorbitados, dijo tenía miedo de que me mataran, que me lastimaran, que me  hirieran, que me quedase inválido, mutilado o desfigurado; un montón de tonterías, ya saben ustedes cómo son las madres. Soltó gritos como si estuviera loca, se revolcó en  el  suelo  y  lanzó alaridos hasta media noche. Por allá en la madrugada se quedó dormida. Pobre mamá, nunca entendió que yo deseaba  ir a la guerra, matar  enemigos y volver  triunfante  para  que  las  jóvenes  del  pueblo me admirasen. Cuando despertó empezó a  hablarme con ese tono de voz que usan las  mujeres  cuando  toman una decisión y están seguras que se van a salir con la suya. Me dijo que había solucionado el problema y  aseguró  que,  por  lo  menos, me tendría entero para siempre.
   Muy temprano, a pesar de  mis  protestas, Chocqui me pintó la cara, me puso uno de  sus  vestidos y, cuando llegaron los jefes, les dijo con  toda  claridad  que  yo  no quería ir al combate,  que  deseaba  convertirme en mujer y que se fueran con sus pleitos a otra parte. Y se fueron.
Al  atardecer  regresaron  felices  de  la  vida.  Los  de Tetamuchala no tenían ganas de  pelear por pequeñeces así que hicieron la paces, organizaron  una  fiesta  en la orilla del río, se divirtieron con las jóvenes solteras, participaron en una cacería de jabalíes,  trajeron  un  montón  de regalos y, como remate, venían  bailando  y  cantando alegremente por el camino,  bien  borrachos  de   tanta  pitaya  fermentada  que bebieron. En nuestro pueblo se habló del suceso durante años.
   Hoy recorro  los  caminos  vistiendo  ropas  femeninas. Me prohiben ir  a  la  guerra  y  vivo  de  dar satisfacciones a ciertos hombres que nunca valoran la exquisita calidad de las bebidas y manjares que preparo  ni el placer que les ofrezco.
Soy nadie. Soy nada. Hoy, después  de muchos años de pensar y pensar, acepto que son cosas del destino. Así sucedió, simplemente.

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal