LA CASA DE LOS GUAYPARIMES
Una lluvia menuda había caído sobre el valle. Las hojas lucían gotitas trémulas que cintilaban al correr la brisa vespertina y pequeñas abejas negras buscaban el último néctar de la tarde. La vida en todo su esplendor se manifestaba en la bullente actividad de miríadas de insectos, pájaros y roedores que poblaban los alrededores del caserío, pero había también una fuerte tensión en la comunidad indígena; se notaba en la voz abroncada de los guerreros reunidos bajo el frescor de sombrosas bebelamas y en las mejillas enrojecidas de las jóvenes núbiles que cuchicheaban, mirándolos de soslayo mientras, con sonido de rítmicos aplausos hacían tortillas para cenar.
Pensando no perderse un solo detalle de la ceremonia, las mujeres regresaban apresuradamente del rio, ágil el paso, esbeltos los talles, equilibrando sobre la cabeza adornados cántaros llenos de agua para beber gozaban la tibia claridad del sol muriente sobre sus firmes y turgentes pechos; usaban túnicas de algodón que les llegaban abajo de la rodilla o faldas de ixtle finamente tejido. Las adolescentes solo vestían unas falditas de cuero de venado, desde la cintura a la mitad del muslo y una pequeña concha atada al cuello, símbolo de virginidad.
Los mandones de la tribu, vestidos con trajes de ixtle y palma, vieron llegar a un grupo de prostitutas que venían a participar en la ceremonia donde una joven se consagraría al servicio de los hombres. Ellas y las ancianas de la familia habían pasado muchas horas dando consejos a la joven y le habían enseñado el uso de hierbas y raices para evitar los embarazos trayéndole, asimismo, finos colores para pintarse el rostro. Aunque raramente habitasen su propio pueblo, los cahitas no las despreciaban. Eran consagradas; mujeres dedicadas a un oficio ejercitado como comprensible función social. Ilitchi, la más hermosa de ellas vivía en una amplia casa, fuera del poblado, junto a un bosquecillo de frondosos guayparimes.
Bajo un viejo macapule, los pajcolas iniciaron su danza rodeando a Babu, la hermosa hija de Sehua y Joyicahui el Cazador; ella había decidido dedicar su vida al servicio de los hombres. Hicieron sonar suavemente sus tenábaris, crisálidas secas atadas a sus piernas, que cascabelearon como abejas irritadas al aumentar el ritmo de los pasos hipnotizantes, incansables, marcados en el zumbar de las sonajas y el castañeteo de cien pezuñas de venado atadas a la cintura.
Cuando el Sol se ocultaba Babu sonrió; tenía 14 años y era virgen, pero desde esa noche sería conocida como Babu la Cortesana. Junto al grueso tronco del árbol recitó las palabras sagradas tomando en sus manos morenas un pequeño cuenco de cerámica roja y bebió el brebaje preparado con extraños frutos y hojas silvestres; le daría fortaleza para soportar su brutal desfloración. El líquido se deslizó por su garganta con una sensación cálida que la hizo sentirse ajena, distante, como si otra, no ella, estuviera a punto de participar en el bárbaro rito.
Desaparecido su nerviosismo, calmada por completo, comenzó a escuchar, divertida, el intencionado canto tribal de las rameras: sincopada letanía que añorantes viejos entonaban con agudas voces desdentadas.
Esa tarde Sehua y Babu, acompañadas de las mujeres casadas de la familia, habían bajado al río. En un remanso rodeado de álamos, macapules y aromas de vinorama, Sehua desnudó a su hija y la bañó frotándola suavemente con cortezas jabonosas. Viendo el cuerpo firme y esbelto, la piel tersa del color de las pencas de mezcal tatemado y su sonrisa luminosa, ella recordó que no le faltaban pretendientes: jóvenes cazadores que sobresalían por su valor o labradores dedicados con entusiasmo al cultivo de la tierra trataban de conquistar a la joven, pero Babu se había afirmado en su propósito: se dedicaría al oficio de Ilitchi.
Sehua, de naturaleza reposada, tímida y callada, se veía furiosa, como jabalí parida. Ella era de estirpe Achire, tribu salvaje donde el marido era propietario absoluto de la mujer y desconocían su consagración al servicio de los hombres. Su crianza, bajo la férrea disciplina de sus ancestros achire, rechazaba la idea de que su hija pudiese pertenecer a muchos hombres y hacia brotar un odio profundo, incontrolable, contra quien la había entusiasmado para escoger ese oficio.
Por su parte Joyicahui era cahita y aceptaba con toda naturalidad el destino de su hija. Pero le parecía una actividad ingrata porque no podría negar sus favores a quien lo solicitara, aún en el caso de que algún hombre la tomase como esposa. Reconocía, por otra parte, que era un oficio respetable y que consagrarse al servicio de los hombres era una excelente opción para las mujeres.
Construyó, en las afueras de pueblo, una casa para Babu con horcones de amapa y vigas de ébano. El encamado para la tierra del techo no lo hizo con pitaya, como era usual, sino de cedro partido en delgadas fajas. Primorosos petates, de fino carrizo, formaron las paredes; en esta forma el viento refrescaría el interior conservando la privacidad.
Babu recordó sus escapadas a la casa de Ilitchi a pesar de las recomendaciones de su madre. No encontraba nada anormal en la conducta de esta mujer agradable, tranquila y reconocida como persona bondadosa y servicial. Algunas razones que oponía Sehua a su amistad con Ilitchi le parecieron intrascendentes y otras, exageradas.
Para la dulce y cariñosa Babu era muy agradable visitar la casa de los guayparimes pues la hermosa cortesana entretenía a Babu y a su propia hija Chocqui, contándoles historias que evocaban aparecidos, fieras sanguinarias, juegos de hulama, inundaciones, guerras, grandes cosechas o castigos a violadores. Las acompañaba a bañarse al río y a recoger frutas del monte y, cuando comían les daba a probar sabrosos y embriagantes licores de mezcal, huizache y tunas.
A veces, por las tardes, les permitía fumar, en secreto, aquella yerba verde cuyo humo acre producía una inquietante sensación de bienestar.
Sehua, solitaria en su casa, vio pasar, cantando, a Iltichi y a sus compañeras rumbo al macapule donde sería la celebración. "Van bien borrachas...", se dijo, mientras imaginó, con asco, la fuerte resaca que tendrían por la mañana. Entonces, como relámpago, una idea iluminó su cerebro y la sangre achire impulsó su acción.
La noche estaba clara y no tuvo dificultades para llegar a la casa donde vivía Suula la Yerbera; había visto dónde tenía guardado aquel remedio líquido, incoloro, insípido, que con una gota daba la vida pero que causaba la muerte sin dejar huella si se administraba en dosis altas. Nadie estaba en casa. Encendió un trozo de ocote. Ahí, en la parte alta del horcón central encontró lo que buscaba: un cañuto de carrizo, casi lleno, del peligroso líquido. En silencio tomó la vereda rumbo a la Casa de los Guayparimes. Llegó a la pequeña arboleda cuando los primeros tamboriles comenzaron a sonar iniciando la ceremonia donde todos los hombres de la tribu pasarían por el lecho de su hija. Ciega de rabia, segura de la fuerte sed que les provocaría la resaca de su embriaguez, vertió la mortal poción en el agua de las tinajas.
La luna llegó al cenit, el aire se llenó de cantos en la lengua melodiosa de los pueblos del río Petatlán y la tribu, congregada al rededor del fuego, comenzó a tomar embriagantes bebidas de pitaya fermentada.
Babu, vestida con una fina túnica de algodón, adornada con decenas de tintineantes cascabeles de cobre, joyas de turquesa y figuritas de jade, consumió los hongos rituales, se despojó de la túnica y, sin mostrar ninguna emoción inició, desnuda, su primitiva danza ofreciéndose a los hombres.
Cuando terminó de bailar, Joyicahui su padre, desató de su cuello el símbolo de su doncellez: una pequeña concha que él mismo había colocado cuando llegó a la pubertad. Después entregó a su hija. El brujo de la tribu recibió a la joven y, entre humos de copal y batir de tambores, entraron a la nueva casa. Consumado el ritual que segó su virginidad, Babu era una prostituta consagrada.
Al tercer día Babu despertó del pesado sueño producido por las drogas consumidas en la ceremonia y, orgullosa de su nuevo estado, sintió la necesidad de hablar con su maestra y consejera.
Con paso elástico, cimbreante, gozando de la caricia del sol matinal, se puso en marcha hacia la Casa de los Guayparimes, hogar de la bella cortesana. Nada le anticipó la sorpresa, intensas náuseas le invadieron ante el espectáculo de los cadáveres, ya tumefactos, de Ilitchi, su hija Chocqui y las demás mujeres que habían venido a su consagración.
Etiquetas: Cuento
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