jueves, diciembre 30, 2010

La casa de los guayparimes

LA CASA DE LOS GUAYPARIMES
   
Una lluvia menuda había  caído  sobre  el valle. Las hojas lucían gotitas trémulas  que  cintilaban  al  correr la brisa vespertina y pequeñas abejas negras buscaban el último néctar de la tarde. La vida en todo su esplendor se manifestaba en la bullente  actividad  de  miríadas  de  insectos, pájaros y roedores que poblaban los alrededores del caserío, pero había también una  fuerte  tensión  en  la  comunidad  indígena; se notaba en la voz abroncada  de los guerreros reunidos bajo el frescor de sombrosas bebelamas y en las mejillas enrojecidas de las jóvenes núbiles que cuchicheaban, mirándolos de soslayo mientras, con sonido de rítmicos aplausos hacían tortillas para cenar.
 Pensando no perderse un solo  detalle de la ceremonia, las mujeres regresaban apresuradamente  del  rio,  ágil  el paso, esbeltos los talles, equilibrando  sobre  la cabeza adornados cántaros llenos de agua para beber gozaban la tibia claridad del sol muriente sobre sus firmes y turgentes pechos; usaban túnicas de algodón que les llegaban  abajo  de la rodilla o faldas de ixtle finamente tejido. Las adolescentes solo vestían unas falditas de cuero de venado, desde la cintura a la mitad del muslo y una pequeña concha atada al cuello, símbolo de virginidad.
Los mandones de la tribu, vestidos con trajes de ixtle y palma, vieron llegar a un  grupo  de prostitutas que venían a participar en la ceremonia donde una joven se consagraría al servicio de los hombres. Ellas y las ancianas de la familia habían pasado muchas horas dando consejos a la joven y le  habían enseñado el uso de hierbas y raices para evitar los embarazos trayéndole, asimismo, finos colores para pintarse el rostro.  Aunque raramente  habitasen  su  propio pueblo, los cahitas no las despreciaban. Eran consagradas; mujeres dedicadas a un oficio ejercitado como comprensible función social.  Ilitchi, la más hermosa de ellas vivía en una amplia casa, fuera del poblado, junto a un bosquecillo de frondosos guayparimes.
 Bajo un viejo macapule,  los pajcolas iniciaron su danza rodeando a Babu, la  hermosa  hija  de  Sehua y Joyicahui el Cazador; ella había decidido dedicar  su  vida al servicio de los  hombres. Hicieron sonar suavemente sus  tenábaris, crisálidas secas atadas a sus piernas, que cascabelearon como abejas irritadas al aumentar  el  ritmo  de los pasos hipnotizantes, incansables, marcados en el zumbar de las sonajas y el castañeteo de cien pezuñas de venado atadas a la cintura.
Cuando el Sol se ocultaba  Babu sonrió; tenía 14 años y era virgen, pero desde esa  noche  sería conocida como Babu la Cortesana. Junto al grueso  tronco  del  árbol recitó las palabras sagradas tomando en sus  manos morenas un pequeño cuenco de cerámica  roja y bebió el brebaje preparado con extraños frutos y hojas  silvestres;  le daría fortaleza para soportar su brutal desfloración. El líquido se deslizó por su garganta con una sensación cálida que la hizo sentirse ajena, distante, como si otra,  no ella, estuviera a punto de participar en el bárbaro  rito.
  Desaparecido su nerviosismo, calmada por completo, comenzó a escuchar,  divertida, el intencionado canto tribal de las rameras: sincopada letanía que añorantes viejos entonaban con agudas voces desdentadas.
Esa tarde Sehua y Babu, acompañadas de las mujeres casadas de la familia, habían bajado al río. En un remanso rodeado de álamos, macapules  y  aromas  de vinorama, Sehua desnudó a su hija y la bañó  frotándola suavemente con cortezas jabonosas. Viendo  el  cuerpo  firme y esbelto, la piel tersa del color de las pencas de mezcal  tatemado  y su sonrisa luminosa, ella recordó que no le faltaban pretendientes: jóvenes cazadores que sobresalían por su valor o labradores dedicados con entusiasmo al cultivo de la tierra trataban de conquistar a la joven, pero Babu se había afirmado en su propósito: se dedicaría al oficio de Ilitchi.
Sehua, de naturaleza reposada, tímida y callada, se veía furiosa, como  jabalí  parida. Ella era de estirpe Achire, tribu salvaje donde el marido  era propietario absoluto de la mujer y desconocían su consagración al servicio de los hombres. Su crianza, bajo la férrea disciplina de sus ancestros achire, rechazaba la  idea de que su  hija pudiese pertenecer a muchos hombres y  hacia brotar un odio profundo, incontrolable, contra quien la había entusiasmado para escoger ese oficio.
Por su parte  Joyicahui  era  cahita  y  aceptaba con toda naturalidad  el destino de su hija. Pero le parecía una actividad ingrata porque no podría negar sus favores a quien lo solicitara, aún en el caso  de  que algún hombre la tomase como esposa. Reconocía, por otra parte, que era un oficio respetable y que consagrarse al servicio de los hombres era una excelente opción para  las  mujeres.
Construyó, en las afueras de  pueblo, una casa para Babu con  horcones de amapa y vigas de ébano. El encamado para la tierra del techo no lo hizo con pitaya, como era usual, sino de cedro partido en delgadas fajas. Primorosos  petates, de fino carrizo,  formaron las paredes; en esta forma el viento refrescaría  el interior conservando la privacidad.
 Babu recordó sus escapadas a la casa de Ilitchi a pesar de las recomendaciones de su  madre. No encontraba nada anormal en la conducta de esta mujer agradable,   tranquila   y   reconocida  como  persona bondadosa  y  servicial.  Algunas  razones  que  oponía  Sehua  a  su  amistad  con  Ilitchi  le  parecieron intrascendentes y otras, exageradas.
Para la dulce y cariñosa Babu era muy agradable visitar la  casa de los guayparimes  pues  la  hermosa  cortesana entretenía a Babu y a su  propia hija Chocqui, contándoles historias  que  evocaban   aparecidos,  fieras sanguinarias, juegos de hulama, inundaciones, guerras, grandes cosechas o castigos a violadores. Las acompañaba a bañarse al río y a recoger frutas del monte y, cuando comían les daba a probar sabrosos y embriagantes licores  de mezcal, huizache y tunas.
A veces, por las tardes, les permitía  fumar, en secreto, aquella yerba verde cuyo humo acre producía una inquietante sensación de bienestar.
Sehua, solitaria en su casa, vio pasar, cantando, a Iltichi y a sus compañeras rumbo al macapule donde sería la celebración. "Van  bien  borrachas...", se dijo, mientras imaginó, con asco, la fuerte resaca que tendrían por la mañana. Entonces, como relámpago, una idea  iluminó su cerebro y la sangre achire impulsó su acción.
La noche estaba clara y no tuvo dificultades para llegar a la casa donde vivía  Suula  la  Yerbera; había visto dónde tenía guardado aquel remedio líquido, incoloro, insípido, que con una gota daba la vida pero  que causaba la muerte sin dejar huella si se administraba  en dosis altas. Nadie estaba en casa. Encendió un trozo de  ocote. Ahí, en la parte alta del horcón central encontró lo que buscaba: un cañuto de carrizo, casi lleno, del peligroso líquido. En silencio tomó la vereda rumbo a la Casa  de los Guayparimes. Llegó a la pequeña arboleda cuando  los  primeros  tamboriles  comenzaron  a  sonar  iniciando  la  ceremonia  donde todos los hombres de la tribu pasarían por el lecho de  su  hija. Ciega de rabia,  segura de la fuerte sed que les provocaría la resaca de su embriaguez, vertió la mortal poción en el agua de las tinajas.
 La luna llegó al cenit, el aire se llenó de cantos en la lengua melodiosa de los pueblos del río Petatlán y la tribu, congregada al rededor del fuego, comenzó a tomar embriagantes bebidas de pitaya fermentada.
  Babu, vestida con una fina túnica de algodón, adornada con decenas de tintineantes cascabeles de cobre, joyas  de turquesa y figuritas de jade, consumió los hongos rituales, se despojó de la túnica y, sin mostrar ninguna emoción inició, desnuda, su primitiva danza ofreciéndose a los hombres.
 Cuando  terminó  de  bailar, Joyicahui su padre, desató de su cuello el símbolo de su doncellez: una pequeña concha que él  mismo había colocado cuando llegó a la pubertad. Después entregó a su hija. El brujo de la tribu recibió a la joven y, entre humos de copal y batir de tambores, entraron a la nueva casa. Consumado el ritual que segó su virginidad,  Babu  era  una prostituta consagrada.
Al tercer día Babu despertó del pesado sueño producido por las drogas consumidas en la ceremonia y, orgullosa de su nuevo estado, sintió  la necesidad de hablar con su maestra y consejera.
 Con paso elástico, cimbreante, gozando de la caricia del sol matinal, se puso en marcha hacia la Casa de los Guayparimes, hogar de la bella cortesana. Nada le anticipó la sorpresa, intensas náuseas le  invadieron ante el espectáculo de los cadáveres, ya tumefactos, de Ilitchi, su hija Chocqui y las demás mujeres que habían venido a su consagración.

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