sábado, septiembre 24, 2011

Calienta la cena

CALIENTA  LA CENA

Víctor entró a su oficina y aflojó el nudo de su corbata. Venía de una emotiva ceremonia donde había recibido un prestigioso premio por sus trabajos científicos. El texto del pergamino era breve: "La Fundación Pierre Michaud-Mahieux  otorga el premio "Enrico Fermi" al Dr. Víctor do Barenho por  su  valiosa aportación a las investigaciones sobre el comportamiento de la partícula b del radioisótopo  Bismuto 214". Presidente: Ettiene Mahieux.
 Durante la ceremonia, había visto profunda satisfacción en Jorge, el mayor de sus hijos y lágrimas de orgullo en los ojos de Silvia su joven nuera. La ausencia de Paulo, su otro hijo, médico epidemiólogo, estaba plenamente justificada; tenía casi siete semanas en  la  cuenca  del Papaloapan auxiliando una zona devastada por inundaciones. Lydia su esposa no asistió. Tenían treinta años de casados y nunca había logrado predecir sus extrañas actitudes. Movió suavemente la cabeza  mientras una sonrisa fugaz bailoteó en sus labios.
 Debía escribir a la Fundación una carta de agradecimiento. El cheque del premio tenía una cifra con cinco ceros. Redactó cuidadosamente una breve nota y tomó una decisión largamente aplazada: se tomaría un tiempo para visitar  las cavernas  de San Joaquín en la Baja California. Había terminado un libro sobre los petroglifos encontrados en esa región sosteniendo la hipótesis que los dibujos no eran signos religiosos sino manifestaciones estéticas de las culturas prehistóricas de la vertiente del  Pacífico. Después de revisar el manuscrito, su editor ya había programado la impresión.
 Fuera de su oficina lo  esperaban  varios alumnos de postgrado. Gina, una esbelta italiana que investigaba relaciones tribales en el Senegal, lo felicitó. Víctor la sintió agradablemente afectuosa.
 -Doctor, queremos  asistir  a su conferencia  donde disertará sobre  la  convergencia del diseño artístico de los petroglifos bajacalifornianos y la conceptualización  estética de Benedetto Croce.  Administración  dice que ya no hay cupo pues el aforo de inscripciones ha sido muy alto. ¿Podría usted solucionarnos el problema?-
-Claro que sí, Maestra;  la Dirección Administrativa designó inicialmente el aula 47 para el evento, pediré que se cambie al auditorio "C", así podrán asistir ustedes.-   Las acentuadas y finas facciones de Gina se iluminaron. Dentro de tres meses ella presentaría su examen para doctorarse en Psicosociología.
Otro  investigador, un físico-matemático de barba recortada cuidadosamente, intervino:
 -Otra petición, Doctor. Varios participantes en el curso de Física Cuántica desean  integrarse  al  equipo  que  abrirá una nueva línea de investigaciones sobre la teoría ondulatoria de la luz.-
-Gracias. Usted sabe que no soy especialista en Optica, pero recomendaré su proyecto ante el Consejo Directivo. Venga mañana, hablaremos con algunos colegas que simpatizan con su trabajo; le prometo hacer mi mejor esfuerzo para que Rectoría los apoye.-
Bajó tranquilamente la  escalinata. Regresaría a pie a casa; la noche todavía estaba fresca y el departamento de su hijo quedaba por el camino. No tenía muchos deseos de regresar temprano, así que aceptó el café que le ofreció su nuera; luego conversaron telefónicamente con Paulo.
 Al pedirle asesoría para su tesis magistral, Jorge lo había sumergido en el mundo del Cobalto 214. En ese tiempo Víctor, investigador acucioso y disciplinado, orientaba sus estudios hacia otras áreas de la radiactividad pero pronto le apasionó el problema. Su descubrimiento sobre la partícula beta que le valió el premio Enrico Fermi era solo un hito en el largo camino por recorrer. El MIT se había comunicado ofreciéndole apoyo y la Universidad  de  California lo había nominado en la terna de candidatos a la medalla Joliot-Curie.
   Al abrir la puerta de su casa se sacudió de  la  mente  el  recuerdo de la linda, Gina D'Arezzo, gimnasta olímpica y psicóloga de gran talento. Una diminuta y graciosa muñeca dotada de cerebro electrónico; bella mujer, excepcionalmente inteligente, peligrosamente atractiva y, sin duda, disponible.
Su esposa, jamás había realizado esfuerzos visibles para mejorar una condición intelectual que cada día se retrasaba más y más con relación a los avances académicos de su marido y de sus hijos. En este contexto, su falta de objetividad le había impedido aceptar que el descuido personal, y su desmedida afición a las frituras, habían hecho desaparecer, desde hacía muchos años, la grácil y atractiva figura que la llevó a participar en un concurso de belleza nacional. Siguió siendo desordenada y caprichosa. Víctor, hombre forjado en una familia afectuosa donde, por generaciones, imperaban tolerantes normas de gentileza y generosidad lamentaba que su mujer no hubiese podido asimilar al proyecto de hogar que él había concebido.
 Sobre el refrigerador encontró un recado de Lydia: "Vic, No pude ir al asunto ese de la Universidad. Ya sabes que los martes tengo jugada de canasta y si falto las compañeras se enojan. Volveré tarde. Calienta la cena si quieres y no se te olvide lavar los platos sucios..."
 De pie, ante la chimenea apagada, Víctor tomó una botella de brandy, se sirvió un trago y aceptó con plena conciencia una imagen obsesiva, insistente, que le había perseguido toda la tarde: la armoniosa figura de Gina y sus expresivos ojos azules donde brillaba una constelación de promesas.



Yerberitas

Y  E  R B E R  I T A S
Cuento en un acto

Ambiente: La escena se desarrolla  en un sitio tranquilo a la orilla de un río donde hay muchas vinoramas florecidas. Arboles grandes a la izquierda: macapules y álamos. Un poco más lejos  se  ve un mezquite reverdecido; de sus brazos cuelgan las ramas de  otra planta, muy verde y con pequeñas frutillas rojas  y  anaranjadas.  Muchas  plantas de diversas especies y variedades. Flores silvestres. Se escucha una gran algarabía de pajarillos. Un zenzontle canta cerca.
Personajes: Dos jovencitas, hermanas. Pelo largo, trenzado o suelto. Visten una faldita de  cuero  que les llega a mitad del muslo; los  pechos descubiertos;  pulseras y collares de cuentas de obsidiana y pirita. Del cuello de ambas cuelga una pequeña concha.
ZUBAI, 14 años, rostro  demasiado  serio  para su edad. Busca algo entre las yerbas  del  suelo.  El calor estival perla de sudor su frente. Trae del brazo  un  morral de ixtle lleno de yerbas.
TOTORI, 17 años, la hermana mayor, su actitud demuestra estar más interesada en coquetear con guerreros jóvenes y danzantes que  aprender  el  oficio  de  la  madre,  que  es  yerbera y curandera. A sus pies está una  canasta de palma. (El sol cae a plomo; las jóvenes están a la sombra de un frondoso árbol.)
ZUBAI:
-        Tenemos que llevarle a mamá las yerbas que está necesitando para curar a nuestro primo Tetacoba; arráncalas con cuidado, no maltrates las hojas para que no se pierda el juguito y todo pueda aprovecharse.
TOTORI:
- ¡Hace mucho calor, Zubai! Estoy pensando que estaríamos más cómodas bañándonos en el río,  sumergidas  hasta el cuello en el agua... debe estar muy fresca  a  esta hora. No va a pasar nada si mamá espera un poquito.
ZUBAI:
-¿Crees que soy  tonta?  se  nota  que  quieres pasar toda la tarde chapoteando  en 
el  agua  sin  hacer  nada.  Que se te olvide. Es muy importante  que  encuentre  las yerbas que nos encargó mamá, de eso vivimos...
TOTORI: (Con marcado tono de desdén en la voz)
- No te enojes Zubai, eres  mi hermana menor y hablas como si fueras mi abuela. No me digas qué debo hacer. Eres muy joven.
ZUBAI:
Si, muy joven, muy joven  (remedándola), pero siempre te saco de apuros. Nunca vas a aprender  a curar si no te fijas dónde encontrar las  plantas.  Están  dondequiera  pero  tienes que conocerlas. En  el  monte,  en  la  orilla  del  río,  en las corrientes de agua y  algunas  crecen  arriba de los árboles; también los hongos curan  pero,  si  te equivocas, también matan.
TOTORI (con tono de disgusto en la voz):
-Ya deberías haberlo entendido: Quiero casarme y tener muchos niños. No me interesa  aprender  a  curar  con estos yerbajos apestosos. (Contando con los dedos)  Que  si el zorrillo para el catarro, que si la yerba-del-manso para los golpes, que si los pelos de elote para  el  maldeorín,  que si la... para el dolor de huesos. ¿Con qué se  cura  el dolor de huesos Zubai? Estoy harta. (Da una patadita al suelo) ¿Entiendes?: ¡har-ta! (Con tono desesperado).
ZUBAI:
- Eres muy linda  Totori,  los  jóvenes te admiran pero nadie quiere casarse contigo  por  cabeza  hueca.  No distingues un zanate de  un  gorrión;  además,  nunca  has  hecho  el menor esfuerzo  por superarte.  Tienes  que  conocer  las enfermedades, aprender a curar a las personas, mezclar las yerbas y saber emplearlas. Mamá nos ha enseñado todo y no sabes curar siquiera una diarrea de los niños. (Totori no le presta gran atención, se acerca a un lugar  muy  poblado  de plantas y apartando un arbusto se inclina a recoger algo)
TOTORI:
- Hey Zubai, ven; aquí  está  una  mancha de estas flores que nos encargó mamá. Fíjate,      distinguirlas,  no soy tan ignorante como crees. (Corta una  y  se  la coloca en el pelo con coquetería).
ZUBAI:
-Sí, pero no  sabes  para  qué  sirven.  Para tu conocimiento quiero decirte que son  para  curar  la  tos  y el oguido del pecho; tatemadas o remoliditas saben rico. También las puedes utilizar como aderezo para dar  sabor  a la comida. (Mientras Zubai habla, Totori ha  seguido  buscando entre los arbustos, recoge unas plantas y las muestra.)
TOTORI:
- Mira, encontré las matitas tiernas que quiere mamá, cortaré un buen manojo para  que  la  próxima  semana no tengamos que venir de nuevo.
ZUBAI (Moviendo la cabeza con desaprobación):
-Es necesario usarlas frescas, boba. Ahora  acércate. Con mucho cuidado arranca estas  raíces. (Con tono doctoral) Es wereke, deben  salir  enteras, sirve para curar la sangre delgada; esto se sabe porque  las  hormigas se juntan al rededor de donde orina el  enfermo. También cura la diarrea con sangre.
TOTORI (Se queda escuchando muy atenta):
- Shsst. No hagas ruido Zubai.  No  te muevas. Parece que por aquí  anda  un  armadillo;  creo  esta  noche  comeremos unos deliciosos tamales; le hablaré  al  viejo  Coni  para que los haga. Ji, ji, ya se  que  no  le gustan las mujeres, solo los hombres... pero es bueno  como  nadie  para hacer tamalitos y dulces. Yo lo manejo requetebien.
ZUBAI (Hablando como si fuese una mujer de edad):
- No te burles Totori,  Coni  es  una excelente persona y muy buen cliente de mamá; todos  los días llega muy temprano para pedirle remedios. Ella dice que  no  tiene nada. Me parece que necesita que le den  cariño;  desde  que murió su abuela está muy solitario.
TOTORI hace una mueca y  ensaya  unos  pasitos como de hombre afeminado; después, acercándose a  un  agujero  que hay en la tierra, mete la mano con cuidado y exclama con alegría:
-¡Te atrapé!-
   Inmediatamente lanza un  agudo  grito  de  dolor  y con un violento ademán retira la mano  del  hueco. Trae prendida una vívora de las llamadas "sordas" porque carecen de cascabel. Se  tambalea. Zubai rápidamente se acerca, sujeta la  serpiente y la azota contra un árbol. Recuesta a Totori en  la arena y con un cuchillo de obsidiana que saca de su canasta  hace dos cortes en el brazo de su hermana  (sale  sangre,  muy  roja);  chupa y escupe el veneno varias veces. Saca un  tubérculo del morral de Totori, mastica una porción y lo  pone sobre la herida. Toma algunas yerbas de su canasta  y  la  obliga  a comerlas. Totori sufre algunas  convulsiones   pero   se queda quieta  respirando afanosamente. (Está muy asustada)
TOTORI (Gimoteando):
-¿Me voy a morir Zubai..?-
ZUBAI (Le tiembla un poco  la  voz, pero contesta rápidamente, con cierto disgusto):
-No. Para eso te curé. Además era una vívora muy  pequeña...
TOTORI:
-Tengo miedo Zubai. Me duele mucho todo el brazo.-
ZUBAI:
-No tengas miedo hermanita. Tuviste suerte que hayamos encontrado estas yerbas contra la  ponzoña de vívora. Te va a doler pero es todo.-
TOTORI (Ya sin llorar):
-Zubai, ¿podré tomar parte en las danzas al iniciar el verano?-
ZUBAI (Sigue con tono de enojo):
-Ni lo pienses. Cuando la luna  esté  llena te van doler todos los huesos, así que olvídate de fiestas.-
TOTORI:
-Ay Zubai, ¿qué voy a hacer...?-
ZUBAI:
-Ponte a  trabajar. En aquel mezquite grandote hay mucho tójil, corta una buena cantidad; llena el morralito amarillo. Es para el niño de Zíquili, tiene mucha diarrea, llévaselo y dile que lo hierva en agua  y  el tecito se lo dé como agua de uso. Para mañana se le va a quitar su mal. ¡Ah! y que no lo deje comer tierra.-
TOTORI: Se le queda mirando, ofendida.
ZUBAI la abraza y poniéndose seria dice:
-Totori: De aquí en adelante, jamás confundas la cola de una víbora con el rabo de un armadillo.-

TELON.

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Pescadores

P E S C A D O R E S


Cada año, después de la cosecha, como hay poco que hacer en el  pueblo, un  buen  grupo de gentes de la tribu  nos desplazamos a la orilla del  mar, a pescar. Así obtenemos una buena provisión para los meses de frío, cuando se dejan venir esas equipatas enfadosas que no lo dejan a uno salir de cacería. Como a veces casi completamos las dos lunas por allá en el campamento, nos acompañan algunas de nuestras mujeres para que nos asistan y, la mera verdad, para no estar solos mirándonos la cara uno a otro.
En una de esas temporadas pasó  lo que les voy a contar. Una noche, cuando toda la bola de pescadores estábamos al rededor de un tronco de mezquite que nos daba buena lumbre, comenzamos a contar  nuestras  historias; ya saben, un poco exageradas, pero hasta ahí.
Entonces Eeye, El Hormiga, nos contó lo que le pasó en en yacimiento de ostiones: Dijo que una vez, siguiendo a  un  animal, creo que mapache o tacuache, no me acuerdo muy  bien, se fue metiendo en unos manglares del rumbo de Babarasa; no estoy muy seguro el lugar porque ya teníamos mucho sueño, pero era ahí cerca de donde teníamos el campamento. El caso es  que  llegó a un placer de ostiones de lo más grande que se haya visto en la vida, así eran los ostionsotes, bueno, como estaría la cosa que las raíces de los mangles parecían troncos de macapule. El animalito nomás metía las manitas en el  agua y las sacaba llenas de ostiones y los tiraba para la  orilla hasta que Eeye se cansó de llenar costales y más  costales pero, según esto, estaban tan pesados que los tuvo que dejar  escondidos y cuando  regresó con ayuda  no  pudieron encontrar el camino.
Todos nos reímos de las mentirotas del Hormiga, y seguimos contando cuentos de aparecidos y otras pláticas de hombres ociosos.
Ahí hubiera terminado la cosa, pero Hubris, el marido de mi hermana Tosalimisi, se quedó muy pensativo y luego se levantó y me hizo una  seña llamándome a lo solo; cuando llegué me dijo:
-- "Tzíquili, todas las  noches he visto un tacuache bien grande que se  mete en aquellos choyales. Se me hace que va a donde están los ostiones de Eeye"--
-- "Pos ái tu sabes", le  dije; "yo me voy a acostar; mañana tenemos que ir a poner los babahuis para la pesca y no me gusta andar desvelado".--
  N'hombre,  pensé,  se  va a espinar hasta en las verijas por andar creyendo los cuentos de Eeye.
     En la madrugada, las mujeres  se  pusieron a tortear y a tatemar las lizetas  del  bastimento.  Era  una mañanita bien bonita. Entonces llegó Hubris.  Y,  tal  como lo pensé, venía todo espinado de choyas. Mi hermana, que estaba moliendo maíz en aquel metatito plano que  tenía,  nomás al verlo comenzó a meniar la cabeza. Parecía que  lo  hubiera picoteado un panal de bitachis completo; todo boludo de la cara, los brazos, las piernas; un desastre. Me  dio  lástima  pero pensé: ái tiene, pa' que se le quite lo pendejo y no siga creyendo cuentos de pescadores.
Todos fuimos a poner los babahuis. ¿No les he dicho cómo son ¿verdad? son trampas pa' pescar: si'hace una pequeña palizada cerrando un brazo angosto de cualquier estero; se le deja una entrada  estrecha,  pa' q'entren  los animalitos, y entonces la tapamos. Después, arrojamos al agua el contenido de varios costales de unas hojas que crecen en la orilla del río, creo que se llama barbasco. Hay que machacarlas bien. Los pescados mueren casi en seguida y se recogen sin dificultad con las redes de cuero de venado, el veneno los mata pero no causa ningún daño a los animales de la tierra y tampoco a las gentes.
  El brazo del estero que escogimos era casi un túnel formado por las tupidas copas del manglar que juntaban, de lado a lado, sus hojas  vidriadas, color verde obscuro. Había que esperar a que la marea  subiera y ya que calculáramos que estaba lleno de  pescados,  tapar  la  pasada  con carrizos y brazos de mangle.
     Mientras mis compañeros  se  tendieron  a descansar a la sombra de unos mezquites, esperando  que  la pesca entrara en la trampa, yo me fui por una vereda, medio escondida, a donde está ostional que andaba buscando  Hubris. En mis andanzas de niño huérfano había  explorado  muchas  veces  ese yacimiento donde  deveras  que  los  ostiones  son  bien  grandes,  bien llegados, llenos de carne y rete sabrosos. La marea estaba en punto muerto y no había corriente  alguna, así que me metí al agua cruzando a pie firme  el  canal  marino que tendría a lo más unos setenta pasos y pude llegar, sin muchos trabajos, al mentado  yacimiento.  Casi  sin  hacer  ruido  arranqué  unos cuatrocientos, los metí en los  sacos  de ixtle que llevaba y dejando los  sacos  sumergidos  en  el  agua  para  que no se murieran, me vine a sacar pescado con los demás.
     En la  noche  fui  a  la  casa  de  Hubris;  seguía todo hinchado de las espinadas.  Nomás por puntada le dije
--"Te invito a buscar ostiones"--
 No  lo  van a creer, pero solamente me dijo:
--"Deja avisarle a Tosalimisi. Se va a preocupar si no vengo luego".-- Tenía los mentados ostiones metidos entre ceja y ceja. Parecía vieja panzona con antojo.
  El yacimiento no está lejos; el trabajo es encontrar el camino y luego saber cómo  hay  que pasar el brazo de mar; cualquiera se pierde, contimás  en  la  noche. De seguro va a dar a los  choyales;  pero  yo  no  porque me crié en esas marismas y las conozco como si fueran la palma de mi mano. Regresamos pronto, cada uno con dos sacotes llenos de ostiones y todavía tuvimos tiempo  para  echar otro viaje. Ni contarles del revuelo  que  se  armó  en  el campamento nomás amaneció y vieron los cuatro sacos.  Desde  entonces,   todos   los   años,   cuando  hacemos campamento, Hubris es  el  que  cuenta  la  historia  de cómo siguió  a  un  tacuache  por  entre  las  choyas  para  ir al criadero. Eeye nomás se queda  mirándolo,  muy pensativo y, a veces, en la madrugada, vemos  que regresa todo espinado. Igual que Hubris cuando se metió al choyal.

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Luto en la tribu

LUTO EN LA TRIBU
Relato-ficción
Siete veces, siete danzantes  formaron un círculo rodeando el túmulo  mortuorio  donde  yacía  Maáchil  vestido  con una túnica de algodón color naranja. Bailaban el pajcola haciendo sonar con  vibrante  repiqueteo  sus  tenábaris,  cientos  de crisálidas secas, atadas  a  las  piernas,  que se escuchaban como furiosas vívoras de  cascabel.  Veinte pezuñas de venado colgaban  de  los  cinturones  de  piel  de  jabalí;  en  los movimientos de la  danza  las  pulidas pezuñas entrechocaban, chasqueteando como  castañuelas.  Los  danzantes usaban, para marcar el ritmo,  un  par  de  sonajas  de ayale, esféricas y duras, que sonaban como si alguien chistara.
   Cantores de la  tribu,  con  rostros  atezados, arrugados, curtidos por la intemperie  como  cuero  de  venado puesto al sol,  entonaban  en  su  lengua  cargada  de  esdrújulas, las armoniosas  letanías  de   la   liturgia   fúnebre  cahita  y golpeaban, con dedos rígidos, la  redonda mitad de una jícara que flotaba en agua generando  un sonido hueco, lúgubre, como un eco del tambor  cuyo  parche,  cuero crudo de gato montés, marcaba los pasos de la  danza. El sonido monótono resaltaba en la noche tranquila.
  Ardían las hogueras con leña de mezquite  y en los  braseros  se quemaba  resina  de  copal cuyo aromático efluvio se mezclaba con el fuerte humo del tabaco machucho con que los jefes tribales retacaban sus pipas de hueso. De cuclillas junto al cadáver de Maáchil contaban,  con voces cascadas, las hazañas del difunto, su  destreza  para  cazar  y  su  valentía en el combate. Los guerreros honraban sus restos mortales.
Maáchil había  perecido  luchando  contra  un  puma  que  atacaba  al poblado.   Los hijos  pequeños  de  Maáchil  resistían  al cansancio, engalanados y estoicos al pié  del catafalco, junto a Totori, la  esposa.
 Cuando sus compañeros entregaron el ensangrentado cuerpo de  su  marido, ella, revolcándose sobre  la tierra suelta aulló de dolor hasta quedar exhausta, sostenida a medias por su abuela,  vieja  sabia  que  le dio a beber un cocimiento con que calmó  sus  nervios. Totori, en un sereno estupor, masticaba lentamente un  trozo de raíz parduzca. Su madre guardaba la extraña planta  hipnótica entre las hojas, cortezas y yerbas de su acopio herbolario.
  Rojo y embriagante, el  fuerte  licor de pitaya fermentada había sido consumido durante toda  la  noche por familiares y amigos que, al  despuntar  el  sol,  levantaron  el cuerpo de Maáchil para conducirlo a su última morada rumbo al Oriente.
 Tzíquili su hermano  de  crianza  y  los representantes de diferentes actividades del pueblo: agricultores, jugadores de hulama, guerreros, tejedores y  alfareros, cargaron el cuerpo siguiendo a un grupo de  plañideras que caminaban a la cabeza del cortejo lanzando alaridos  de doloroso llanto.
 Hermanas y primas de  Maáchil  los  rodeaban  llevando  cuencos  de fina cerámica color  rojo-naranja  decorados  con dibujos rituales color ocre, blanco y  negro;  contenían los alimentos básicos del pueblo cahita: tortillas, maíz, quelites, frijol, tomate, chile, calabazas y carne de iguana, conejo, liebre, venado y jabalí.
   Al final del grupo,  las  doncellas  de la tribu, vestidas con largos trajes de  algodón blanco, portaban otras ofrendas en  pequeños  tazones  primorosamente  pintados  cuyos bordes lucían grecas blancas  y  rojas. Pescado, ostiones, huevos, palomas, tamales, calabaza cocida, pencas de mezcal, camotes, aguamas,  capomos, pitayas, agua   de chía, zapotes, cacaraguas, bebelamas, pinole, cacahuates, macapules, papachis,  guayparimes, guamúchiles, chiquelites, tunas, uvalamas y cuajilotes colmaban los  recipientes.  Serían  puestos a los pies del yacente.
   Maáchil había traído de tierras lejanas un vaso de  transparente alabastro que fue llenado con el licor preferido del jefe una vez que en  la  mano izquierda colocaron la fina pipa de barro que Yoricoba, el alfarero, hizo con cariño, último regalo para su amigo. Sobre la cabeza del difunto colocaron una máscara de cerámica pintada de vivos colores cuya nariz protuberante semejaba la cabeza de un loro y lo adornaron con collares de cobre y jade. Por último, colocaron en su mano un arco tensado y siete flechas de caza. Maáchil estaba preparado para su viaje a la eternidad.
. Excavada la fosa sobre el antiguo lecho del río, Tzíquili, su hermano de crianza, retiró del brazo la concha labrada, símbolo del rango; después de colocarla con reverencia sobre el pecho del muerto, rodeó su tobillo derecho con una sarta de ochenta cascabeles de cobre. Si no hubiese sido un jefe de la tribu, lo habrían puesto dentro de una gran urna de barro cocido, en posición fetal, inhumándolo al Norte del   poblado pero, conforme a su investidura, fue sepultado horizontalmente, en el centro mismo del Lugar Sagrado, con la cabeza dirigida hacia donde se oculta el Sol mientras toda la tribu entonaba el canto ritual de los muertos. Cuando los últimos puñados de tierra caían sobre el sepulcro, se escuchó a lo lejos el sordo rugido de un puma moribundo cuyos postreros alientos escapaban por la herida causada por un cuchillo de negra obsidiana, clavado profundamente en sus entrañas.



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viernes, julio 22, 2011

El Quirri

E L    Q U I R R I

El Quirri es  un  cotorrito  que  llegó  a este hogar como fresco  aire  de  primavera,  adoptó  como  propia  a nuestra familia, impuso sus condiciones  y   nosotros aceptamos su señorío. Vivimos, pues, bajo su protección.
   Físicamente el Quirri es idéntico a cualquier otro perico: verde, pequeñín, terco y escandaloso; pero siendo vagabundo y por  lo  tanto  pícaro   como   pocos,  tiene  una  descarada personalidad cuya simpatía se derrama como aroma de jazmines.   Convive en armonía  (casi)  perfecta  con una niña, cuatro jóvenes  y  nuestro  zoológico particular:  Peces, hámsteres, periquitos australianos, varias lagartijas; una perra lanuda, color caoba, zalamera e histérica, que se hace llamar Silja y dos gatas: Tomasa, negrísima (que  ya  perdió la esperanza de merendarse al  insolente  pajarraco  verde) y Callejera, todavía cachorra, de suave  pelo  amarillo  que  lo tolera de mala gana.
     Nuestro  perico,  que   de   alguna   manera   hemos  de calificarlo, no canta, ni silba, ni hace imitaciones; es más, ni siquiera dice palabrotas  como  todo  loro que se respete. Tiene un  repertorio  lingüístico  muy  limitado,  pero  debo reconocer que es todo un  maestro  para comunicarse: ladea su pequeña  cabeza,  ejecuta   tres  reverencias  exquisitamente japonesas  y  lanza  una   mirada  de  suficiencia  antes  de pronunciar alguna de las  pocas  palabras que quiso aprender. No hemos podido convencerlo  de  que un perico verdaderamente gracioso debe hablar. Le importa  un pito de calabaza lo que pensemos. El muy  pillo  sabe  muy  bien  que  su  presencia basta para cambiar cualquier opinión que contraríe sus ideas personales.
   Como Julio César, llegó, vio y  se  echó a la bolsa a todo mundo; quien lo dude venga y véalo  cuando sale al portal de la casa después de llover;  se mete, como chamaco travieso en cada uno de  los  charquillos  del  piso  y, poniéndose donde todavía esté cayendo  agua  de  los techos, recibe  deliciosos  baños  de  regadera.  No  sería una  gran sorpresa  que  algún  día,  levantando sus alitas, entonara una alegre canción. Es un perico que de veras disfruta de los sencillos placeres de la vida. Nuestro perico tiene recortadas sus plumitas para que no vuele;  precaución  inútil pues sabemos se desplaza con absoluta libertad. El día que se le antoje se irá en autobús, bicicleta, avión, barco o  simplemente caminando; opinión compartida por todos quienes gozamos de su amistad.
El Quirri es ordinariamente  manso  y dócil, pero cuando amanece con "la luna" o simplemente se disgusta por alguna secreta razón, se mantiene  ofendido toda la mañana. Si usted se le acerca, lanza un chillido iracundo y, con evidente descortesía, da la espalda sin más   explicaciones. Personalidad sólida, pues.
El inquieto Quirri  tiene  una  profunda vocación de explorador. Cierto  día,  muy temprano notamos su ausencia. ¡Nadie vio al Quirri  en  todo  el  día! al caer la tarde habíamos abandonado toda  esperanza,  la niña comenzó a moquear, las  mujeres  pusieron  cara  larga,  los jóvenes se quedaron muy serios. Cuando  menos esperábamos, vimos avanzar por el centro del  corredor, evidentemente sin intenciones de dar explicación alguna, un pequeño  bultito  verde con paso de abarrotero español regresando muy  orondo después investigar  e inspeccionar sus negocios.  Ni más ni menos parecía que  de  pronto  sacaría  un  puro  y, lanzando bocanadas de humo, regañarnos por estar holgazaneando.
No mucho  tiempo  después  desapareció  de  nuevo. Se le buscó cielo, mar y tierra, incluido  el gran patio de la casa vecina donde crecen arbustos  y enredaderas los cuales fueron inspeccionados, uno a uno,   por el numeroso Grupo de Niños Voluntarios Especialistas en  Buscar Pericos Perdidos, (Institución  No  Lucrativa), contratado para dar con su paradero: ¡Nada!; preguntamos en  las  tiendas del piso bajo: ¡Nada!; en la farmacia de al lado: ¡Nada!; en fin, batimos la selva: ¡Nada! ¿Saben dónde  estaba?  Debajo  de un sillón. El muy pícaro se  quedó  calladito  mientras nos desgañitábamos gritándole. Después de varias horas salió ¡Exigiendo comida a gritos! Digan si no es una plaga verdadera. Estoy seguro que  si  no  lo  quisiéramos  él se querría solo.
 No  exagero si afirmo que se metió para  siempre en el corazón de chicos  y  grandes por su dulzura al demostrar afecto; cuando se  pone  cariñoso te mordisquea los dedos con  amorosa  suavidad  y  da  unos  besitos  de lo más delicioso ¡lo vieran ustedes cuando, bien aferrado a la mano, alguien lo pone cerca  de  su  pecho!  recuesta su cabecita y cierra los ojos graznando con ternura; ni más ni menos que un amoroso bebito. ¡Los  reto  a  que  conozcan  al  Quirri y no queden prendados del sinvergüenza plumífero!
     Mi madre tiene  especialmente  malcriado y mimado al verde monigote; le da de comer granos  de  elote,  que  ha  de  ser bien tierno, semillas  de  girasol  y  calabaza,  sorgo,  maíz,  pepino en cuadritos, tomatito picado; bueno, cómo andará la cosa que hasta los cacahuates se  los  da  sin  cáscara. Cualquier día, cuando menos lo esperemos, el  famoso Quirri exigirá caviar y langosta. Así es  de cínico. Odioso.  No es un animal, es otro (exigente) miembro de la familia.
    No todo ha sido delicia en la vida del Quirri. Hace unos meses  ¡lo  secuestraron!  Los hechos,   según  un  testigo presencial, arrojan toda la  culpa sobre el descuidado perico que tuvo la ocurrencia de  pasearse sobre la acera de nuestro hogar a  la  hora  de  mayor  tráfico,  lanzando airados graznidos a  cuanta  persona  acertó  cruzar  por  su camino. Alguien pues, se  prendó  de  él  y  se  lo  llevó.
 Todos lo buscamos afanosamente  con  la  secreta  esperanza  que se le hubiese  ocurrido  alguna  de   sus  numerosas  y  constantes travesuras. Nada. Llegó la  noche  y  su percha siguió vacía, los gritos exigiendo comida no  resonaron  ni lo vimos trepar por el cordón de las  cortinas  del frente para mordisquear el holán que las remata.
  Otro día, en el programa radiofónico que papá conduce pidió al público radioescucha  que  si  alguien  podía darnos algún dato  para  recuperar al Quirri, toda una familia estaría agradecida. No tardó en  llegar un discreto telefonazo para denunciar que en la colonia La Piedrera (distante  cerca  de  tres kilómetros  de  casa) una señora había llegado a su casa con un nuevo perico cuyas características coincidían con el desaparecido cotorro.
 Se montó inmediatamente un impresionante operativo para recobrarlo. No fue fácil conseguir que lo devolvieran; la señora se encaprichó con el verde atorrante y fue necesario compensarla dándole un fuerte  rescate  (le fueron entregados una pareja de periquitos australianos y un canario con todo y su jaula) para  que el Quirri fuese devuelto sano y salvo.
 No quiero que se me  olvide  contarles que cuando llega la tarde, baja de su  percha,  sale de entre las macetas o abandona alguno de sus mil escondrijos  y, con un paso que envidiaría Cantinflas, regresa a su recamara, que incidentalmente es también la de mi abuelita, para dormir con toda tranquilidad después de un día venturoso y productivo.
 Al Quirri le encanta pasear por las tardes en el automóvil familiar, pero si no está disponible jamás se hace de la boca chiquita, acepta salir hasta  en bicicleta. Bien prendido del hombro del tripulante del vehículo va dando sus precisas instrucciones, quejándose de todo, criticando a quien no es de su agrado, queriendo besar a todas las muchachas   y diciendo adiós quien encuentra a lo largo del camino excepto a los perros, que por razones bien  fundamentadas no traga ni con miel de Alcarria. La algarabía que arma se escucha, estoy seguro, hasta los confines del Universo.
 Antes de terminar debo hacer un justo reconocimiento: el  Quirri no es  nuestro... nosotros le pertenecemos y le hemos entregado, incondicionalmente, todo nuestro corazón.