EN LA SELVA
Un sudor pegajoso mojaba su camisa. Diego aspiró el olor a moho y sintió, más que ver, los monos y culebras y cacatúas y multicolores pájaros: miríadas de criaturas exóticas, cuya morada es la invisible copa de los árboles. "Olor a selva ecuatorial", se dijo mientras reproducía mentalmente las huellas de incontables alimañas que cruzaban el suelo cenagoso.
Sin que la mano del hombre tocara la rama, ésta se movió. Una anaconda... el dibujo de la serpiente pareció deslizarse frente a él. Hipnotizado, imaginó cómo los poderosos anillos podían cerrarse con titánica fuerza sobre su pecho mientras escuchaba ¿Escuchaba? el reclamo imperioso de un enorme felino en celo que, trepado sobre un grueso tronco, retaba a sus rivales reclamando las hembras. ¿Qué importancia tenía su sed de riqueza ahí, en ese universo irreal donde la caoba, el ébano, el cedro, el palo de rosa, crecían gigantescos, sin esperanza de traerlos a este otro mundo, a la civilización? Miró sus uñas cuidadosamente manicuradas.
Su respiración se hizo dificultosa. ¡Su sombrero! Seguramente lo había dejado en casa de Nereu Bandeiro, excelente guía y fiel amigo que siempre le había advertido los mortales peligros de internarse solo en la selva. En esos momentos andaría buscándolo afanosamente, desesperado; presionado por su madre y sus hermanas.Temblorosa, su mano apartó el rostro la nube de mosquitos que lo acosaban.
Ese ruido lejano...¿el mar? ¡tambores! tambores formados con pieles de jaguar cubriendo troncos ahuecados; tambores golpeados con fémures humanos en rito ceremonial donde diminutos salvajes sahumarían sus largas cerbatanas, mojarían en curare los pequeños dardos y después de pintarse cuerpo y rostro con savia de orquídea, saldrían sigilosos, mortales, implacables, tras la pieza a cobrar. "Cazadores de cabezas" dijo con un susurro, imaginando, lúcido, su propia cabeza ennegrecida, aceitosa, pequeña como una naranja, vendida en el mercado de Manaos.
Sonriendo con amarga ironía, se encogió de hombros pero, absorto en sus pensamientos, no advirtió el amortiguado sonido de pasos que se acercaban a sus espaldas hasta que estuvieron demasiado cerca para huir. Sus cabellos se erizaron cuando escuchó el agudo grito. Una de sus hermanas lo sorprendió en su escondite y le ordenó con rabia: ¡Diego, ven a cenar! Cerró su libro de cuentos y, de mala gana, se levantó del mullido sillón.
Etiquetas: Cuentos
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