domingo, diciembre 26, 2010

¡Mi general!

¡ M I   G E N E R A L  !


Por ser compañero de armas y pariente del general Rafael Buelna Tenorio, tuve el privilegio de formar parte de la Comisión designada para exhumar sus restos y llevarlos a Culiacán, Sinaloa, donde más tarde serían sepultados en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Era el único civil, pero me sentía soldado; es más, nunca había dejado de ser un  soldado; tanto como cualquiera de los demás integrantes del grupo, militares que todavía eran unos niños cuando nosotros, sufriendo fatigas y peligros, enfrentando balas y hambres nos unimos a Buelna en lo más duro de la Revolución; cuando seguimos a Rafael atraídos por su valentía, arrastrados por su arrojo. Tiempos en que luchábamos y moríamos por ideales.

Once años después regresaba a Morelia, donde lo mataron como quien dice para nada. Acuérdense que el general Enrique Estrada, unos cuantos días después de tomar la plaza, la evacuó sin presentar batalla. Yo comandaba la Brigada Bacamopa, como llamaban a la guardia personal de Rafael, y le pedí al general Estrada, entrañable amigo de Buelna, nos permitiera conservar la unidad. Nos encuadró en el 7º Regimiento. Todos nos quedamos; teníamos ganas de ir al frente y entrar a combate, tal vez buscábamos la muerte para seguir con Rafael; allá, donde estuviera.

Todavía era temprano cuando llegamos al hotel donde habríamos de pasar la noche. Al bajarnos del automóvil se abrió la gran puerta encristalada y salió un hombre uniformado. Me impresionó la dignidad con que caminaba, su mirada franca y su actitud tranquila; entonces lo reconocí: ¡Era Jesús Carbajal! Encanecido casi por completo pero muy derechito, portando con marcial orgullo un espléndido uniforme lleno de  entorchados, con charreteras así de anchas. Su gran bigote gris lucía poblado, puntiagudo. El sol poniente hacía destellar la dorada botonadura de su guerrera.

Una infinita nostalgia inundó mi corazón al reencontrar a este revolucionario valiente y honesto. Viendo su alto quepí, sus inmaculados guantes blancos y su elegante chaquetón, pensé: “Este hombre se ganó los ascensos a base de valentía y  bravura en el combate”. Me alegraba que hubiese progresado en el ejército, pues guardaba para él un afecto profundo nacido de su desinteresada fidelidad hacia el general Buelna.

Mil recuerdos borraron todo pensamiento y volví a vivir aquella noche de febrero cuando la gente, en derredor a las lumbradas donde se quemaban durmientes arrancados de la vía férrea, apenas alcanzaba a calentarse las manos. Nada nos cubría del terrible frío que durante el invierno corre por el valle del río Santiago. No muy lejos, junto una fogata el general Estrada conversaba con el mayor Antonio Montúfar, de la 24ª División; venía por pertrechos. Removí los rescoldos, serví una taza de café bien caliente y la ofrecí al recién llegado.  Me  reconoció  al instante.
- Capitán, Usted comandaba la escolta de mi difunto general Buelna. ¿Hermano?
- No, mi Mayor. Éramos primos.
- Llevaré  vituallas y municiones para las fuerzas de mi general Salvador  Alvarado y necesito  veinte  hombres.  ¿Cuántos  le quedan?
- Catorce mi Mayor.
- Valen por los veinte. Me los llevo.
Y dirigiéndose al general Estrada agregó:
- Mi General,  estos elementos bastan para mi resguardo; los he visto combatir y además conozco al capitán Tenorio.- Se quedó pensando un momento y luego dijo:
- Capitán, confío en usted y su gente, pero tengo cierta desconfianza hacia Carbajal, ese actorcito que anda con su brigada; me da impresión que en la primera tracatera se nos va a rajar.
- No mi Mayor. Respondo por él.
- Bien. ¡A ensillar!

En la madrugada grande caminábamos por el cauce de un arroyo. Habíamos tomado pocas precauciones pues el terreno era nuestro y las  bestias, cargadas con armas y parque, trotaban silenciosas. La suave arena amortiguaba el sonido de sus pisadas. Yo traía del ronzal una mula donde acomodamos nuestras ametralladoras, aquellas que el  coronel Rafael Garay  quitó a los federales cuando les partimos el hocico en Sautla. Entre los buelnistas se conocían como las "Potrancas",  porque Garay,  después de lazarlas con la reata, las arrastró hasta nuestras líneas al  galope de su yegua alazana, con todo y los pelones de la dotación.

Nadie hablaba, cada quién llevaba lo suyo. Yo traía en el alma un agujero; un pozo de tristezas. Por lealtad al general Rafael Buelna habíamos dejado mujer, familia, casa y querencias para enfrentarnos al cansancio, al sufrimiento, a la muerte. Acompañamos a Rafael desde mil novecientos trece hasta el año quince cuando depuso las armas por diferencias con Villa. Volvimos en 1919 cuando la sublevación obregonista y por último el 23 cuando él, Estrada, Arnaiz y Alvarado se pronunciaron contra el presidente Obregón. Nomás nos echaba un chiflido y regresábamos a combatir a su lado. Lo  mataron; nos lo mataron y andábamos como perros apaleados, sin saber qué hacer.

Palpé con amarga nostalgia la Colt .45 que Rafael me regaló cuando arribamos a  Morelia,  la  misma mañana que lo levanté lleno de  lodo  y  sangre, paralizado, muriéndose de aquél balazo que le destrozó las entrañas.

Se me emparejó una cabalgadura; era Carbajal. Habló muy quedito:
- Martín, tu sabes; nunca  acepté los ascensos que me ofrecía Rafael, prefería andar a su lado, como lo hice desde el principio, por si acaso necesitase alguna cosa. Pero la noche antes del día... del día...-
Se le quebró la voz, carraspeó y dijo como en un sueño:
- Me prometió el grado de coronel después de tomar Morelia.
- Ahí estaba yo, esperando a Rafael, cuando firmó, sobre la mesa del vagón el despacho de tu ascenso. Para mí eres coronel, pues.
- Ese documento desapareció. No  vale  la  pena hacer reclamaciones, sobra con que tú lo sepas, al fin que sin mi general Buelna somos... ¡somos nada!
Seguimos cabalgando en silencio, pensando y pensando.

Clareaba la mañana cuando escuchamos una serie de  detonaciones arrafagadas. Las identifiqué, provenían de fusiles semiautomáticos Mondragón, orgullo de la industria bélica nacional; armas temibles por su capacidad de fuego. Carbajal, quien marchaba a vanguardia, se dobló sobre el arzón de su montura. El mayor Montúfar acicateó su garañón zaino y, a galope tendido, atacó la posición enemiga disparando la cuarenta y cinco reglamentaria.

-¡A la carga muchachos! Grite, y picamos espuelas contra la emboscada federal haciendo fuego a discreción con las tercerolas Máuser. Ladraron de nuevo los Mondragón. Los cuates Heráldez: Rito y Camilo, que galopaban a mi izquierda disparando sus fusiles mientras insultaban soezmente a los “pelones”, cayeron juntos tal como habían llegado al mundo y, unos metros adelante Paciano Rojo, hermano de mi esposa, se derrumbó con la carótida seccionada por un proyectil, queriendo detener, con sus manos, el rojo manantial de sangre que brotaba de la herida. Mi primo José Tenorio, heredero de los ojos verdes y la osadía de mi abuelo, acometía junto a mí cuando recibió en pleno pecho una ráfaga de proyectiles de 7 milímetros; quedó con la cara al sol, mientras su caballo, herido también de muerte, siguió adelante, desangrándose. No duró mucho la escaramuza; cuando llegué a los peñascos donde se habían parapetado los federales; solo quedaba uno, malherido.

Montúfar, pálido y respirando con dificultad, se acercó; se veía muy mal. De las comisuras de sus labios corría un hilo de sangre; el dolor contraía su rostro. Me transmitió sus órdenes:
-Capitán Tenorio, queda Usted al mando. Voy a Colima por refuerzos. Me llevo a Carbajal, Sosa y Camacho que están heridos. El santo y seña será Mocorito.
Enterramos los muertos, todos juntos, todos soldados, todos mexicanos, todos valientes. No eran ya contrarios ni nuestros, solo víctimas de un enfrentamiento fratricida que solo se justificaba por el anhelo de vivir en libertad.

A media tarde reanudamos nuestro camino, alertas, decididos. Amarré la rienda de mi potro en el aparejo de una mula y, pie a tierra, tomé la vanguardia. No quería caer en otra emboscada.

Poco antes del ocaso, escuché ruidos de caballada. Desplegué a mis hombres entre los árboles, listos para el combate. Cuando la columna estuvo a tiro vimos el estandarte; eran soldados del  8vo. Batallón, gente del coronel Crispiniano Anzaldo, uno de los militares sublevados. Les pedí el santo y seña:
-        ¿Quién vive?
-         Mocorito”, respondieron.

Ignorando que Anzaldo había defeccionado del estradismo, salimos al camino con las armas en bandolera. Cuando menos acordamos, nos tenían rodeados, con cartucho cortado. Hubiera sido estúpido oponerse. Nos rendimos sin hacer un solo disparo. El jefe de la partida me contó que al filo de medio día habían encontrado, agonizante, al mayor Montúfar quien tampoco sabía de la traición del Coronel, así que sin sospechar nada,  les dio el santo y seña. Sosa y Camacho quedaron prisioneros. Carbajal escapó. Tiempo después supe que había causado alta en el Ejército con grado de sargento.
El general Gonzalo Escobar, jefe de las fuerzas gobiernistas, me recibió con afectuosa cortesía, pero fue categórico en su advertencia.
- Antes de  morir,  el mayor Montúfar me informó que ustedes integraban la escolta de mi general Buelna y son sus parientes ¿Es cierto?
- Sí mi general. Todos. Quién más, quién menos, éramos familiares de Rafael.
- Váyanse. Regresen a Sinaloa y pónganse a trabajar. Si los vuelvo a encontrar con  un  arma  en  la  mano los fusilo. ¿Entendido?
Salimos a pie, por entre el monte y no paramos hasta llegar a Mocorito, por ahí como a  mediados de mayo.

Durante nuestra larga caminata pasamos muchos sobresaltos y privaciones, pero más que todo tristeza,  tristeza  profunda por la muerte de Rafael a quien la mayoría de nosotros habíamos  acompañado desde su primer levantamiento, cuando  era  un joven desconocido a la cabeza de cincuenta hombres armados con carabinas viejas, pobremente avituallado, amunicionado a medias y como remate sin dinero ni  buenas cabalgaduras. Desde entonces Carbajal ya venía con él. Se habían conocido en Los Angeles donde sobrevivían cortando césped en el Elyssean Park.

Carbajal, telegrafista de oficio, había hecho teatro con cierto éxito en la ciudad de México. En ese tiempo los latin lovers eran muy solicitados en Hollywood, futura meca del cine norteamericano. Carbajal era bien parecido y muy buen actor por lo cual, seguramente hubiese triunfado como astro cinematográfico, pero su destino era otro. Desde sus primeras conversaciones comprendió al hombre gigantesco  que  moraba en aquél joven flaco, de voz vehemente, y cuando Buelna regresó a México no lo pensó dos veces; renunciando a la posibilidad de lograr fama y fortuna, acompañó a su amigo, dispuesto a jugarse la vida por él.

Rafael Buelna llegó a Hermosillo, Sonora, donde el general Álvaro Obregón tenía acuarteladas sus tropas. El Caudillo no ignoraba quién era Rafael Buelna pero, desentendiéndose del nombramiento de coronel, firmado por el general Martín Espinoza, le negó ayuda no obstante que el joven rebelde había refrendado su lealtad al maderismo y, en múltiples ocasiones, había probado una viril valentía, certera visión táctica y ante todo extraordinario don de mando.

Decepcionado y molesto por el desprecio de Obregón, Rafael bajó entonces a San Blas, Sinaloa, para entrevistarse con el general  Ramón F. Iturbe donde el famoso revolucionario había acantonado sus batallones. Sin explicación alguna, Iturbe le dio con la puerta en la nariz. Molesto por la increíble cerrazón de los dos caudillos, Buelna reafirmó su objetivo de conquistar Tepic antes de seis meses;  Se lo había prometido a Luisa Sarría, su futura esposa y estaba decidido a cumplir su palabra. Lleno de justificada cólera, inició una relampagueante marcha al Sur, caminando por veredas perdidas de la región alteña donde reclutó gente en ranchos y caseríos. 

Una treintena de amigos y familiares, pura raza Buelna y Tenorio, lo esperamos cerca de Mocorito; a la pasada  nos unimos a su grupo; desde ese día lo seguimos con fe ciega, arrastrados por su valor, su  inteligencia y su hombría; solo nos molestaba la presencia de Carbajal, aquel compañero que Rafael se trajo del destierro; nos caía como patada de mula en el estómago pues no aguantábamos su costumbre de recitar constantemente a Cervantes o a Sor Juana. Allá íbamos por lomeríos y llanos y cerros y cañadas; nosotros cantando y él, hable y hable. Ni quien lo callara.

En el ataque a San Ignacio cambié de opinión; entonces comprobé la clase de hombre que era nuestro extraño compañero. La tercera compañía del 4º batallón de infantería huertista estaba atrincherada dentro de la casa de gobierno y contaba con suficientes vituallas y municiones para resistir un largo asedio. Cuando menos esperábamos, Carbajal, luciendo una casaca colorada, disparando su revólver 32.20 y blandiendo un sable en la mano izquierda, cargó sobre el  flanco enemigo, al tiempo que lanzaba órdenes de guerra con su potente voz. Solamente le quedaban 24 hombres pero, con los estampidos de las 30-30 y la gritería endemoniada que hacían daba la impresión que estaba atacando todo un regimiento No tuvimos tiempo de apoyarlo; cuando se organizó el ataque en forma, Carbajal, con unas cuantas bajas, ya había capturado noventa soldados, un teniente y cerca de cinco mil  cartuchos. Terminado el combate, guardó la casaca en su macuto y envainó el sable sin hacer comentarios. Después, en los vivaques, soltaba la carcajada imitando la cara que ponían los pelones huertistas al verlo atacar su reducto uniformado como húsar del siglo XVIII.

Como es sabido, el general Buelna Tenorio tuvo serias dificultades con el general Álvaro Obregón. Por obscuras razones, el tendero navojoense menospreciaba y postergaba a Rafael, soldado valiente, brillante estratega y, sin duda, uno de los jefes más limpios que tuvo la Revolución Mexicana. Lo hostilizaba encomendándole misiones sin relevancia alguna; otras veces lo humilló enviándolo a retaguardia y además quitándole a sus mejores hombres, leales veteranos de lucha en la montaña o avezados jinetes acostumbrados a realizar largas jornadas sin descanso. En más de una ocasión lo relevó del mando de tropas, forjadas por el mismo Buelna, para incorporarlas a unidades de otros jefes.

Rafael, siempre disciplinado, obedecía las arbitrarias e injustas disposiciones hasta que la situación hizo crisis en Ixtlán, pueblo nayarita donde Rafael tomó preso al general Álvaro Obregón y ordenó pasarlo por las armas. La providencial llegada del general Lucio Blanco, conocedor de la nobleza de Buelna, logró atemperar la justificada ira del dolido jefe sinaloense y consiguió perdonara la vida a Obregón. Durante el conflicto, Carbajal había transmitido decenas de mensajes que se cruzaron entre Buelna y el presidente Carranza. Ahí estuvo el viejo amigo, dale y dale al telégrafo.
   
Después de este álgido episodio Rafael se adhirió al villismo. En esta época sufrió muchas decepciones pues el Centauro del Norte daba preferencia a las tropas bajo su propio mando y no le proveía el necesario amunicionamiento, impedimenta ni bastimentos.

Pese a las serias dificultades que enfrentaba, esta fue una  de sus más brillantes campañas; una etapa de batallas espectaculares que lo consagraron como estratega hábil e inteligente; entre estas acciones destaca la defensa del Paso de la Muralla y más tarde, acosado por las fuerzas de Iturbe, protagonizó la retirada militar más audaz y exitosa de la gesta revolucionaria.

El explosivo y ególatra carácter del general Francisco Villa tenía que chocar con el temperamento fogoso de Buelna y su lealtad al romántico ideario de Madero. Cuando Rafael comprendió las verdaderas intenciones de Villa, prefirió entregar sus tropas y exiliarse. Carbajal, en la estación de ferrocarril de Ciudad Juárez, escucho un mensaje telegráfico que le aterró: Villa ordenaba detener a Buelna y fusilarlo sin más trámites. Jugándose la vida, Carbajal entretuvo al telegrafista contándole absorbentes episodios de la lucha armada. Gracias a esta  estratagema el jefe de la guarnición recibió tardíamente el mensaje; cuando el piquete de soldados llegó a la estación para detenerlo, Rafael a bordo de un tren formado por su vagón particular y la locomotora con la caldera a punto de reventar, ya había pasado la frontera de los Estados Unidos y viajaba sin peligro hacia el centro de Texas; de ahí partió a Cuba tratando de alejar su vida de las vicisitudes revolucionarias.

El diecinueve, poco tiempo después de regresar de La Habana, Rafael fue enviado a Tepic y nos mandó llamar. Carbajal, quien lo había acompañado en su duro peregrinar por el extranjero, seguía a su lado pero no estuvimos mucho tiempo en territorio nayarita pues los obregonistas andaban metiendo boruca como mil diablos en Zacatecas y nos fuimos con órdenes de aplacarlos. Con la rapidez que caracterizaba a Rafael, los pusimos en paz y regresamos a Sinaloa para sembrar nuestros pedacitos de tierra antes que el tiempo de aguas se nos echara encima.

Ya estaban oxidándose nuestras carabinas 30-30 cuando, a fines de 1923, Rafael se pronunció de nuevo, ahora apoyando a su viejo amigo y condiscípulo, el general Enrique Estrada. Muy jóvenes, los dos se habían sumado al movimiento de Madero porque odiaban el caciquismo dictatorial del general Porfirio Díaz. En esta ocasión ninguno de los dos estaba de acuerdo con el capricho del general Álvaro Obregón, entonces presidente de la República, cuyas maniobras mostraban abiertamente el propósito de imponer como sucesor a otro sonorense: el también general  revolucionario Plutarco Elías Calles. Allá fuimos de nuevo, con el respaldo de siempre, sus fogueados veteranos y también algunos jóvenes de la familia con ganas de pelear a las ordenes de nuestro jefe y amigo: el “Granito de Oro”.
A raíz de la batalla de Ocotlán, donde la victoria favoreció a las tropas federales, el alto mando envió al teatro de las acciones al general Lázaro Cárdenas con ordenes de obstruccionar el avance del ejército rebelde. Cárdenas, al mando de una unidad de refresco, fuertemente pertrechada y con sólidas líneas de abastecimiento, pensó sorprender a Buelna cuya caballería había viajado día y noche. Le presentó batalla en Teocuitatlán, Jalisco y se equivocó de medio a medio pues los buelnistas lo hicieron trizas. Entre los hombres capturados encontraron al general Cárdenas, mal herido en el vientre y casi desangrado por falta de médicos. Rafael, cuya calidad humana nunca ha estado en entredicho, se presentó ante el derrotado jefe gobiernista y perdonándole la vida, ordenó a Jesús Carbajal escoltarlo a bordo de un tren especial, hasta la ciudad de Guadalajara, donde pudo ser atendido de acuerdo a su jerarquía militar.

Pensé que Cárdenas, en agradecimiento, podría haber tomado a Carbajal bajo su protección aunque a decir verdad, siempre estuve seguro que el viejo ex-actor llegaría muy alto en el Ejército por sus propios méritos. Había sido un soldado revolucionario muy valiente y muy disciplinado.
Alto, esbelto, erguido, ¡Cómo lucía su lujoso uniforme! ¡Cómo brillaban los botonzontes dorados!  Aunque yo andaba de civil, me le cuadré.
 - ¡Mi general Carbajal!
Mis compañeros, todos ellos capitanes, mayores y coroneles de nuestro Glorioso Ejercito Nacional, prorrumpieron en estruendosas carcajadas.
 ¿Qué te pasa Martín? ¿Ya no distingues a los militares? ¡Este señor
no es general, lleva este vistoso uniforme porque es el portero del hotel!

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