sábado, noviembre 27, 2010

Juupe el Achire


               J U U P E,   E L   A C H I R E

I
Dos enormes rocas grises,  dispuestas en ángulo, protegían el campamento. La crepitante  hoguera esparcía el característico olor de  carne  humana   al  fuego. Mientras  los  hombres, acuclillados en semicírculo  cuchicheaban  guturalmente, las mujeres, silenciosas sombras  de  ojos brillantes, esperaban que  terminaran de comer, sabedoras que ellas se hartarían con la mayor parte del cuerpo de un cobarde guerrero cahita que sucumbió sin bravura,  sin  intentar  siquiera defenderse. El jefe solo permitió a los hombres comer los poderosos brazos y piernas.


II

El grupo  de  merodeadores  avanzaba  por  la  estrecha senda venadera,  bordeaban  el  río  hacia  un  gran  poblado. Eran guerreros achire,  antropófagos, bravos, brutales, silenciosos como serpientes y feroces como  pumas.  Al frente iba Juupe, Mezquite; como todos ellos desnudo pero cubierto el cuerpo con figuras pintadas con tierra roja, cal y tizne, sin insignia ni marcas que lo distinguieran como jefe; bastaba su gran estatura y la fiereza que externaba su rostro. Los jefes achire no heredaban el mando, lo ganaban.
Venían a robar mujeres.  La  población  femenina de su lejano reducto en la península  del Perihuete, había ido sucumbiendo al inhóspito clima de las salitrosas marismas donde moraban y pensaron sorprender a los Ocoroni, tribu cahita que, confiada en su ancestral respeto  por  la  virginidad  femenina, permitía que lasjóvenes transitaran sin custodia porlos campos.
El ataque los tomó por  sorpresa.  Los de retaguardia cayeron primero, con la cabeza  hecha  pedazos. Juupe apenas entrevió el escudo de piel de caimán  que  le destrozó la garganta; el golpe de la pesada  maza,  fracturándole el cráneo, lo hizo caer al río de lo alto del paredón. Con los últimos vestigios de lucidez,  medio  trepó  a  un  tronco  que  arrastraba la corriente.
Un grupo de cazadores  ocoroni, guerreros por antonomasia, se ocultaban  en  la  espesura  al   acecho  de  venados  y  los descubrieron, exterminando a  los  invasores  en  cuestión de minutos.
Días  después,  el  tronco  embarrancó  en  un  recodo; Juupe alcanzó penosamente la  orilla  y  quedó  postrado. Tarde ya, mujeres que bajaban por agua  lo encontraron delirando con el cuello y a cabeza  horriblemente  hinchados. El río lo había depositado en Tetamuchala, poblado  grande a pocos kilómetros del mar, cuyos habitantes lo  llevaron  a la casa comunal. Un anciano yerbero lo tomó  a  su  cuidado mientras todos hacían conjeturas acerca de su origen.  Las  aguas habían lavado sus marcas de tierra. Siendo evidente  que no podía hablar, nadie lo interrogó.
Permaneció inconsciente casi  una  luna  y  cuando recobró el  conocimiento no era ni  la  sombra  del joven y gallardo jefe achire. No podía  coordinar  movimientos,  ni ideas; no podía pensar y flotaba en un mar  de  bruma confuso e irreal. Nada recordaba, había olvidado quién era y de donde venía.
Lo sacaban a la puerta de  la  casa y ahí quedaba sentado con la mirada perdida, sin moverse, incapaz de sentir el deseo de hacerlo. Lo que hablaban  le  parecía  familiar, a  veces  algo  entendía  y en varias ocasiones  creyó  reconocer alguno de lo nebulosos  rostros  de  los  lugareños;  Juupe  ignoraba  que tamazulas  y  achires   estaban   étnica  y  lingüisticamente emparentados.
Veía pasar  la  gente.  Las  mujeres  al  agua,  a recolectar frutas, a moler maíz; los hombres a sembrar, a jugar hulli, a reuniones rituales donde se embriagaban con licor de pitaya; ni siquiera cambiaba su   expresión cuando algunas jovencitas, vestidas tan solo con una corta  falda  de cuero de venado y los pechos descubiertos, le  sonreían al  pasar  o le hacían travesuras  poniéndole  florecillas  en  el  pelo.  Solamente cuando los cazadores pasaban cargando un venado, un puma o un jabalí que  habían  matado,  su  mente  regresaba del espacio infinito y le brillaban los ojos.


IV

Pasó el tiempo y Juupe  comenzó  a recuperarse lentamente. No tenía memoria, pero su joven cuerpo reclamaba acción y empezó a participar en la vida  de  la comunidad. Ganó musculatura y agilidad. Recobró con rapidez su destreza para tirar con arco y pronto se convirtió en un excelente cazador. Sus compañeros festejaban lo que creían  rápido aprendizaje y principiaron a respetar su férrea disciplina.
Lo llamaron Huicori, Iguana,  por su retraído carácter aunque su condición, ciertamente  huraña,  no  se  debía  tanto  a las cicatrices del cuerpo como a su vacío interior.
A instancias del viejo yerbero desmontó una gran superficie de terreno y fue orgullo para su protector, que le enseñó a sembrar, la  forma  como  clavaba  la coa, como una lanza, profundamente, en la tierra que le devolvió ciento por uno. Sin familia que sostener, acumuló riqueza.
Su voluntad se había  impuesto,  no  en  balde era un cacique achire, el mas  fuerte,  el  mas  valiente,  el mejor dotado. Ignorante de su vida  anterior,  forjó una nueva personalidad con raíces en su pueblo adoptivo.


V

Cierto día, gentes de  agua  arriba  llegaron  a buscarlo. Un incendio había acabado con  sus  reservas  de maíz y supieron que un tal Huicori  tenía  de  sobra.  El trato fue ventajoso para todos; le pagaron con  cueros  de venado, finas telas de algodón, vasijas bellamente decoradas y otros artículos entre los que destacaba  una  pulimentada  lanza  de guerra, larga, recta, fuerte, con la punta de cortante obsidiana.
Regresaron a su comunidad y Juupe los acompañó como invitado. Las costumbres,  algo  diferentes,  le  agradaron.  Aquí  los sembradíos estaban cercados y se advertía amor a la tierra en el trazo rectilíneo de las desyerbadas sementeras. Las casas, con techos y paredes de  petate,  lucían  limpísimas  y las jóvenes, con una pequeña concha atada al cuello, que indicaba su doncellez, bajaban  al  río  a  traer  agua en cántaros de barro cocido, que equilibraban graciosamente sobre la cabeza mientras platicaban en un  idioma  que  a  Juupe le gustó por cadencioso y musical.
Regresó a Tetamuchala, liquidó asuntos pendientes y aposentó en la  tierra de los guasaves. No era un desagradecido, simplemente se había  prendado de una joven de cintura breve y dulce mirada.

VI

Babu: Arcilla para Cántaros, hacía honor  a su nombre, era suave, tersa y poco tiempo antes había tomado la decisión de dedicarse a satisfacer a todo hombre que pagara sus servicios.
La noche de su consagración,  la vistieron con ricas galas y, una vez proclamada su condición  de virgen, su padre le quitó la  irisada  concha que  lucía  al  cuello.  Después  bailó, desnuda, frente a toda  la  comunidad.  Adornada con joyas de jade y turquesa  entró  al  mundo  de  un  servicio que jamás podría dejar. De ahí en  adelante  nunca negaría sus caricias al hombre que se lo pidiera. Aunque tomara marido.
Juupe la visitaba a menudo, tanto para gozar del hermoso cuerpo como para disfrutar de su deliciosa compañía. Babu intuyó desde el primer momento su alma solitaria  y lo colmó de ternura; a su modo, ella también era un alma solitaria.
Oculto en el  subconsciente,  el  pasado  de  Juupe, lleno de feroces matanzas, de lucha sin  piedad,  de ruda vida nómada, afloraba  en  sus  sueños.  Muchas  veces,  mientras  Babu lo abanicaba para aliviarlo  del  calor  estival,  le oía hablar dormido en el  dialecto  achire.  Nunca  lo  dijo ni jamás le importó. Amaba a Juupe.
Una noche en que, insomne, había perdido la esperanza de que él viniera, escuchó del lado del río un suave rumor de hojas apartadas, aquel inconfundible modo de caminar: deslizarse de achire. La alta figura se recortó contra el cielo lleno de estrellas y ella salió, feliz, a encontrar a su amado. Una mano brutal tapó su boca y  el  filoso  cuchillo de carey penetró, hondo, en su pecho, Babu murió sin un quejido.
Un grupo de guerreros  achire  intentaba soprender al poblado pero los centinelas  de  la  casa  donde  dormían las mujeres oyeron el forcejeo y dando  la  voz de alarma dispararon sus flechas hacia la obscuridad. Solo una hizo blanco pero causó una herida que dejaba un claro rastro de sangre.
Juupe sintió  removerse  en  lo  mas  profundo  de  su ser el instinto violento de su raza y, sin esperar al grupo punitivo que se organizaba, tomó su  hermosa  lanza de combate y cruzó el río a nado, tras los asesinos.
Toda la mañana siguió la huella hasta llegar a un claro donde los fugitivos se habían detenido para curar al herido; de ahí en adelante sintió  que  acortaba  la  distancia; las señales eran cada vez mas  recientes:  una  hoja caída, cierta ramita quebrada,  una  piedrecilla  fuera  de  lugar,  las  hormigas correteando incrédulas.  Los  homicidas  no iban apresurados; Juupe  reafirmó  su  deducción;   estaban   seguros que  los buscarían hacia el Sur donde  tenían su territorio por lo que caminaban  rumbo  al  Oriente,   frenados  por  su  compañero lesionado.
Bajó una quebrada,  encontró  un  campamento: vacío; el fuego recién  extinguido.  Al  trepar  el  bordo  divisó  una tribu completa que avanzaba con descuido, sin prisa. El instinto de cazador debió hacerlo recelar pero la cólera lo cegaba exigiéndole venganza. Olvidando toda precaución  comenzó a correr, palpitante de odio y no vio la gruesa rama flexionada que se disparó dándole de lleno en la frente sin que nada amortiguara el  golpe. Se dobló luchando contra la inconsciencia.
Los achires, que aguardaban emboscados, salieron de sus escondites y  lo rodearon llenos de asombro. Jamás había resistido alguien el impacto  terrible  de sus trampas. Aquel solitario guerrero de  impresionante musculatura, aquel audaz y hábil enemigo que durante todo el día los había rastreado y que osaba atacarlos armado solamente de una lanza, les impuso respeto. Tensaron lentamente sus arcos anticipando la furiosa embestida.
Juupe recuperó la memoria con el  golpe. Se miraba a sí mismo con ojos extrañados contemplando su vestimenta cahita; sin pintura de guerra, sin compañeros, rodeado de hombres que le apuntaban amenazantes. Debió saltar  hacia adelante lanzando estridentes alaridos de guerra, pero su convivencia con gente distinta había cambiado profundamente su naturaleza. Trató de identificar a sus  enemigos y tras un  momento de duda los reconoció: eran Bátat, y Tóori, y Corohui;  y también sus hermanos Biicha y Teccu. Tiró  su  arma y abriendo los brazos avanzó con alegría.
Cinco  flechas  atravesaron  su  corazón.  Sin pronunciar  palabra, cayó  muerto    cerca  de  dos  enormes  rocas  grises, dispuestas en ángulo.

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