J U U P E, E L A C H I R E
I
Dos enormes rocas grises, dispuestas en ángulo, protegían el campamento. La crepitante hoguera esparcía el característico olor de carne humana al fuego. Mientras los hombres, acuclillados en semicírculo cuchicheaban guturalmente, las mujeres, silenciosas sombras de ojos brillantes, esperaban que terminaran de comer, sabedoras que ellas se hartarían con la mayor parte del cuerpo de un cobarde guerrero cahita que sucumbió sin bravura, sin intentar siquiera defenderse. El jefe solo permitió a los hombres comer los poderosos brazos y piernas.
II
El grupo de merodeadores avanzaba por la estrecha senda venadera, bordeaban el río hacia un gran poblado. Eran guerreros achire, antropófagos, bravos, brutales, silenciosos como serpientes y feroces como pumas. Al frente iba Juupe, Mezquite; como todos ellos desnudo pero cubierto el cuerpo con figuras pintadas con tierra roja, cal y tizne, sin insignia ni marcas que lo distinguieran como jefe; bastaba su gran estatura y la fiereza que externaba su rostro. Los jefes achire no heredaban el mando, lo ganaban.
Venían a robar mujeres. La población femenina de su lejano reducto en la península del Perihuete, había ido sucumbiendo al inhóspito clima de las salitrosas marismas donde moraban y pensaron sorprender a los Ocoroni, tribu cahita que, confiada en su ancestral respeto por la virginidad femenina, permitía que lasjóvenes transitaran sin custodia porlos campos.
El ataque los tomó por sorpresa. Los de retaguardia cayeron primero, con la cabeza hecha pedazos. Juupe apenas entrevió el escudo de piel de caimán que le destrozó la garganta; el golpe de la pesada maza, fracturándole el cráneo, lo hizo caer al río de lo alto del paredón. Con los últimos vestigios de lucidez, medio trepó a un tronco que arrastraba la corriente.
Un grupo de cazadores ocoroni, guerreros por antonomasia, se ocultaban en la espesura al acecho de venados y los descubrieron, exterminando a los invasores en cuestión de minutos.
Días después, el tronco embarrancó en un recodo; Juupe alcanzó penosamente la orilla y quedó postrado. Tarde ya, mujeres que bajaban por agua lo encontraron delirando con el cuello y a cabeza horriblemente hinchados. El río lo había depositado en Tetamuchala, poblado grande a pocos kilómetros del mar, cuyos habitantes lo llevaron a la casa comunal. Un anciano yerbero lo tomó a su cuidado mientras todos hacían conjeturas acerca de su origen. Las aguas habían lavado sus marcas de tierra. Siendo evidente que no podía hablar, nadie lo interrogó.
Permaneció inconsciente casi una luna y cuando recobró el conocimiento no era ni la sombra del joven y gallardo jefe achire. No podía coordinar movimientos, ni ideas; no podía pensar y flotaba en un mar de bruma confuso e irreal. Nada recordaba, había olvidado quién era y de donde venía.
Lo sacaban a la puerta de la casa y ahí quedaba sentado con la mirada perdida, sin moverse, incapaz de sentir el deseo de hacerlo. Lo que hablaban le parecía familiar, a veces algo entendía y en varias ocasiones creyó reconocer alguno de lo nebulosos rostros de los lugareños; Juupe ignoraba que tamazulas y achires estaban étnica y lingüisticamente emparentados.
Veía pasar la gente. Las mujeres al agua, a recolectar frutas, a moler maíz; los hombres a sembrar, a jugar hulli, a reuniones rituales donde se embriagaban con licor de pitaya; ni siquiera cambiaba su expresión cuando algunas jovencitas, vestidas tan solo con una corta falda de cuero de venado y los pechos descubiertos, le sonreían al pasar o le hacían travesuras poniéndole florecillas en el pelo. Solamente cuando los cazadores pasaban cargando un venado, un puma o un jabalí que habían matado, su mente regresaba del espacio infinito y le brillaban los ojos.
IV
Pasó el tiempo y Juupe comenzó a recuperarse lentamente. No tenía memoria, pero su joven cuerpo reclamaba acción y empezó a participar en la vida de la comunidad. Ganó musculatura y agilidad. Recobró con rapidez su destreza para tirar con arco y pronto se convirtió en un excelente cazador. Sus compañeros festejaban lo que creían rápido aprendizaje y principiaron a respetar su férrea disciplina.
Lo llamaron Huicori, Iguana, por su retraído carácter aunque su condición, ciertamente huraña, no se debía tanto a las cicatrices del cuerpo como a su vacío interior.
A instancias del viejo yerbero desmontó una gran superficie de terreno y fue orgullo para su protector, que le enseñó a sembrar, la forma como clavaba la coa, como una lanza, profundamente, en la tierra que le devolvió ciento por uno. Sin familia que sostener, acumuló riqueza.
Su voluntad se había impuesto, no en balde era un cacique achire, el mas fuerte, el mas valiente, el mejor dotado. Ignorante de su vida anterior, forjó una nueva personalidad con raíces en su pueblo adoptivo.
V
Cierto día, gentes de agua arriba llegaron a buscarlo. Un incendio había acabado con sus reservas de maíz y supieron que un tal Huicori tenía de sobra. El trato fue ventajoso para todos; le pagaron con cueros de venado, finas telas de algodón, vasijas bellamente decoradas y otros artículos entre los que destacaba una pulimentada lanza de guerra, larga, recta, fuerte, con la punta de cortante obsidiana.
Regresaron a su comunidad y Juupe los acompañó como invitado. Las costumbres, algo diferentes, le agradaron. Aquí los sembradíos estaban cercados y se advertía amor a la tierra en el trazo rectilíneo de las desyerbadas sementeras. Las casas, con techos y paredes de petate, lucían limpísimas y las jóvenes, con una pequeña concha atada al cuello, que indicaba su doncellez, bajaban al río a traer agua en cántaros de barro cocido, que equilibraban graciosamente sobre la cabeza mientras platicaban en un idioma que a Juupe le gustó por cadencioso y musical.
Regresó a Tetamuchala, liquidó asuntos pendientes y aposentó en la tierra de los guasaves. No era un desagradecido, simplemente se había prendado de una joven de cintura breve y dulce mirada.
VI
Babu: Arcilla para Cántaros, hacía honor a su nombre, era suave, tersa y poco tiempo antes había tomado la decisión de dedicarse a satisfacer a todo hombre que pagara sus servicios.
La noche de su consagración, la vistieron con ricas galas y, una vez proclamada su condición de virgen, su padre le quitó la irisada concha que lucía al cuello. Después bailó, desnuda, frente a toda la comunidad. Adornada con joyas de jade y turquesa entró al mundo de un servicio que jamás podría dejar. De ahí en adelante nunca negaría sus caricias al hombre que se lo pidiera. Aunque tomara marido.
Juupe la visitaba a menudo, tanto para gozar del hermoso cuerpo como para disfrutar de su deliciosa compañía. Babu intuyó desde el primer momento su alma solitaria y lo colmó de ternura; a su modo, ella también era un alma solitaria.
Oculto en el subconsciente, el pasado de Juupe, lleno de feroces matanzas, de lucha sin piedad, de ruda vida nómada, afloraba en sus sueños. Muchas veces, mientras Babu lo abanicaba para aliviarlo del calor estival, le oía hablar dormido en el dialecto achire. Nunca lo dijo ni jamás le importó. Amaba a Juupe.
Una noche en que, insomne, había perdido la esperanza de que él viniera, escuchó del lado del río un suave rumor de hojas apartadas, aquel inconfundible modo de caminar: deslizarse de achire. La alta figura se recortó contra el cielo lleno de estrellas y ella salió, feliz, a encontrar a su amado. Una mano brutal tapó su boca y el filoso cuchillo de carey penetró, hondo, en su pecho, Babu murió sin un quejido.
Un grupo de guerreros achire intentaba soprender al poblado pero los centinelas de la casa donde dormían las mujeres oyeron el forcejeo y dando la voz de alarma dispararon sus flechas hacia la obscuridad. Solo una hizo blanco pero causó una herida que dejaba un claro rastro de sangre.
Juupe sintió removerse en lo mas profundo de su ser el instinto violento de su raza y, sin esperar al grupo punitivo que se organizaba, tomó su hermosa lanza de combate y cruzó el río a nado, tras los asesinos.
Toda la mañana siguió la huella hasta llegar a un claro donde los fugitivos se habían detenido para curar al herido; de ahí en adelante sintió que acortaba la distancia; las señales eran cada vez mas recientes: una hoja caída, cierta ramita quebrada, una piedrecilla fuera de lugar, las hormigas correteando incrédulas. Los homicidas no iban apresurados; Juupe reafirmó su deducción; estaban seguros que los buscarían hacia el Sur donde tenían su territorio por lo que caminaban rumbo al Oriente, frenados por su compañero lesionado.
Bajó una quebrada, encontró un campamento: vacío; el fuego recién extinguido. Al trepar el bordo divisó una tribu completa que avanzaba con descuido, sin prisa. El instinto de cazador debió hacerlo recelar pero la cólera lo cegaba exigiéndole venganza. Olvidando toda precaución comenzó a correr, palpitante de odio y no vio la gruesa rama flexionada que se disparó dándole de lleno en la frente sin que nada amortiguara el golpe. Se dobló luchando contra la inconsciencia.
Los achires, que aguardaban emboscados, salieron de sus escondites y lo rodearon llenos de asombro. Jamás había resistido alguien el impacto terrible de sus trampas. Aquel solitario guerrero de impresionante musculatura, aquel audaz y hábil enemigo que durante todo el día los había rastreado y que osaba atacarlos armado solamente de una lanza, les impuso respeto. Tensaron lentamente sus arcos anticipando la furiosa embestida.
Juupe recuperó la memoria con el golpe. Se miraba a sí mismo con ojos extrañados contemplando su vestimenta cahita; sin pintura de guerra, sin compañeros, rodeado de hombres que le apuntaban amenazantes. Debió saltar hacia adelante lanzando estridentes alaridos de guerra, pero su convivencia con gente distinta había cambiado profundamente su naturaleza. Trató de identificar a sus enemigos y tras un momento de duda los reconoció: eran Bátat, y Tóori, y Corohui; y también sus hermanos Biicha y Teccu. Tiró su arma y abriendo los brazos avanzó con alegría.
Cinco flechas atravesaron su corazón. Sin pronunciar palabra, cayó muerto cerca de dos enormes rocas grises, dispuestas en ángulo.
Etiquetas: Cuento
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