miércoles, diciembre 15, 2010
¡S E Ñ O R I T A¡ ¿A D Ó N D E V A U S T E D?
". ..fueron pajecitos Paloma y Carmen, hijas de la feliz pareja
que se casa despuésde vivir juntos ocho años..."
(Revista ¡Hola! 23-VI-90)
Hoy muy temprano partiré hacia Marbella, en la Costa del Sol. Así lo ha dispuesto mi ama y señora Olivia; quiere que pase unos cuantos meses a la orilla del mar y trate de recuperar la alegría y mi vitalidad; quiere hacerme olvidar esta melancolía que nubla mis ojos y vuelva a ser la compañera leal, animosa y prudente, cuya diaria presencia le es particularmente agradable. Piensa que algún tiempo alejada de estos lugares curarán mi nostalgia y acaso pueda encontrar un nuevo amor. Ella no sabe que vaya a donde vaya, nunca olvidaré lo ocurrido aquella noche de primavera madura cuando el clima, la calma, el perfume de las flores, invitaban, incitaban, al amor.
Fue el día que el equipo de polo de la Academia Militar de Zaragoza vino a Sevilla para participar en los festejos de la Feria de Abril. Lo recuerdo como si hubiese sido hace un instante; el campo estaba adornado con profusión de estandartes y banderolas. Mientras tanto, en las graderías llenas, la gente lanzaba hurras al equipo de casa, el cual, de acuerdo con todos los pronósticos triunfaría por la habilidad de sus jinetes y la fortaleza de sus cabalgaduras; en realidad el conjunto tenía un holgado handicap a favor.
Sin embargo, la inclusión de el Conde en el bando contrario nivelaba las fuerzas y ponía una nota de tensión en el ambiente, una intranquilidad que no lograban disipar las alegres charangas ni los brillantes uniformes. Las apuestas eran crecidas.
Yo había estado sumamente nerviosa durante la víspera; por esta razón, Olivia, sensible y comprensiva, decidió prescindir de mis servicios esa mañana. Sin compromiso visible me dediqué a vagar por los caminillos de la finca, deseosa de ver, aunque fuese de lejos al Conde luciendo su gallardía en alguno de los jardines. Me angustiaba pensando que, quizá acompañado de alguna extranjera de ojos asombrados, rubia, frágil y elegante, anduviera por ahí, provocando murmullos.
Caminé hacia el bosque de mimbres acercándome, como sin querer, a la vereda por donde él habría de pasar. No quería que Olivia me viera traicionando su confianza, pero Él me atraía con fuerza biológica, animal, visceral. La naturaleza tiene leyes que se cumplen fatalmente, se acepten o no. Debo hacer una aclaración; tal vez parezca paradójico, pero no soy "ligera de cascos", aunque esta forma de comportarse se acepta sin reservas entre la moderna nobleza europea.
Pasó cerca de mí un grupo de juveniles invitadas. Una linda toledana, esbelta, ojizarca, sensual y vestida con una minifalda violeta, dijo a su compañera: "¿Crees que al Conde le gustaría que le hiciese cosquillitas en la espalda y en el cuello?" Soltó entonces una breve carcajada, cínica y cristalina; risa de jovencita coqueta de nacimiento. Solté un bufido de desprecio.
En ese momento recordé el día que nos conocimos. En Alcalá de Henares; aquella ocasión que el rey don Juan Carlos de Borbón presidió el evento hípico y El Conde fue la pareja del marqués de Puertocarrero. Caminaba tranquilo, con paso elástico, sin la nerviosidad que se advertía en los demás participantes; fuerte y hermoso, pasó a mi lado sin mirarme; él era centro de atracción: astro, ídolo, leyenda; yo, solo una integrante de la multitud, admirándolo embobada. Joven y delgaducha, mis únicos atributos eran: piernas largas, mirada alerta y descaro suficiente para meterme donde se me antojase. Huérfana desde muy pequeña, ignorando mi linaje, había permitido hacer siempre mi soberana voluntad el mimoso cariño de Andrés, un viejo mozo de cuadra, quien me crió entre recuerdos y anécdotas de mamá, cuyas fotografías casi cubrían las paredes de su pulcra casita.
El equipo de Puertocarrero resultó vencedor y la fotografía de los triunfadores, donde el Conde aparecía sospechosamente cerca de la Infanta Elena, dio la vuelta al mundo. Todos los diarios de España ponderaron su noble estirpe y sacaron a relucir nombres de ilustres ancestros.
Al otro día, un hábil detective contratado por el duque de Sevilla me localizó trayéndome al castillo. Desde entonces fui compañera y confidente de Olivia, la hija mayor del Duque. Durante nuestros largos paseos matinales, ella me cuenta sus sueños, sus fantasías, sus proyectos para el futuro.
No obstante la vida muelle y la frecuente participación en festejos y competencias, no he logrado ser feliz; no he podido borrar el recuerdo de aquella tarde en que nuestros pasos se cruzaron por vez primera. Cuando en el castillo hay reuniones de actividades hípicas, con inquietud escucho pronunciar reiteradamente su nombre, y mi corazón acelera sus latidos con prisa febril.
Me intrigaba ese toque de deferencia en el trato, distinto al que le dan a otras servidoras del castillo o de sus invitadas; algo que flotaba en el ambiente; algo en las insustanciales charlas de los invitados, servidores y mozos de caballería; algo en los discretos murmullos de los hombres y, a veces, en las cariñosas palmaditas que me dan en la mejilla los viejos rabo-verdes.
Una tarde lluviosa, el caballerizo mayor se bebió todo un porrón de tinto de la Rioja y soltó la lengua más que de costumbre revelándome el secreto: Mi padre es ese anciano majestuoso que veo pasear, solitario, por los terrenos de la finca y que aún hace temblar de emoción a todas las hembras que se cruzan en su camino, lo mismo castas vírgenes que jóvenes alocadas o calmosas madres de cuatro o cinco hijos. Esa tarde me contaron la historia completa de mamá quien, a pesar de no tener títulos de nobleza se labró un nombre en los juegos olímpicos de Viena ganando una medalla de oro para su patria. La casa Wörter, de rancio abolengo austíaco, la adoptó dándole el apellido que desde hace casi cuatro siglos honra al blasón del hacha de gules.
Su espléndida figura cautivó a papá, integrante del equipo hípico español quien, una noche, burló la vigilancia de la monacal Villa Olímpica y, con mi madre a su lado, deslumbrada y feliz, se internó en los bosques que rodean al legendario Danubio; ahí vivieron romántico idilio. Fue la comidilla chismográfica más sobresaliente de esos días, suceso comentado por la prensa mundial, incluyendo al reseco periodismo de aquél lado de la Cortina de Hierro, que lo criticó con mordacidad. En cualquier forma, estoy orgullosa de ser hija del amor y no de las mercenarias uniones a que obligan a mi padre los intereses mercantiles del mundo moderno.
Un grito de entusiasmo salido de las tribunas me dio a entender que los nuestros habían obtenido un tanto. ¡Era el último chukker! Me obligué a ser atrevida. Apresurando el paso salí a la terrazuela buscando esconderme tras algún seto, pero antes que pudiese lograrlo escuché la nasal voz del mayordomo increpándome:
- ¡Señorita! ¿Se puede saber a dónde va?
Guardé silencio, hice una inclinación y regresé, con la cabeza muy alta sobre su plebeya cabeza.
En ese momento se dejaron oír las fanfarrias de triunfo y el ruido de la gente llegó hasta nosotros. Había terminado el encuentro. Ensimismada, bullendo la mente de negros pensamientos no me di cuenta que todo mundo estaba regresando a los salones.
De pronto él estaba frente a mí. Nuestras miradas se encontraron: sorprendida y anhelante la mía. Negra, rencorosa, llameante la suya. Estaba igual que la primera vez que nos vimos: El pecho amplio, los músculos abultados bajo la piel brillante por el sudor, el cuello poderoso... pero entonces él sí se fijó en mí. Yo sí había cambiado: la fogosa naturaleza materna había florecido con plena vitalidad y de ella heredé no solo el temperamento explosivo sino también una esbelta figura, su pelo color ceniza y el andar armonioso. Los compañeros lo empujaron, apresurados por ir a tomar un merecido baño, mientras uno de los jinetes le lanzó una hiriente pulla que no quise entender. Se alejaron mientras el corazón quería salírseme del pecho. Sofocada por la emoción volví sobre mis pasos rumbo a los jardines.
Todo había quedado en paz. La noche avanzaba pero la inquietud permanecía en mi ánimo; trataba de encontrar un pretexto para salir y cumplir con la cita que, tácitamente, había concertado. Era el deseo ciego, irracional, la pasión profunda y avasalladora.
Vino la veleidosa fortuna a intervenir. Artemisa, joven e inexperta servidora de una invitada se aterrorizó al descubrir cerca de ella una inofensiva serpiente puesta por algún bromista irresponsable y fue necesario administrarle un calmante por vía hipodérmica. En la confusión salí sin que se dieran cuenta y salté la barda.
Lo encontré cerca de las caballerizas. De pie, pensativo, solitario. La luna, cómplice de enamorados rielaba sobre la superficie del lago. Las estrellas cintilaban en el firmamento cobalto intenso y, del jardín, llegaba el efluvio aromático de las rosas mientras cerca, la umbrosa bóveda del bosquecillo de acacias llamaba con mórbida complicidad. Rocé su mejilla con mis labios y puse mi cabeza sobre su pecho.
Oí entonces la voz de Olivia, mi dueña y señora, cuando dijo suavemente, dulcemente para no herir mis sentimientos:
-¡Qué yegua tan tonta eres, Señorita! ¿No te has dado cuenta que el Conde es un caballo... castrado?


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