miércoles, diciembre 15, 2010

La Noche del Cazador

LA NOCHE DEL CAZADOR

I

     Thérèse, maquillada exageradamente, inició una  sonrisa perversa mientras expresaba, con rica voz de contralto, la  frase que había estado preparando toda la tarde.
- Manfred: Stravinsky me pone  frenética. Quiero bailar llevando el vaso de piedra que me mostraste ayer.-
    Thérèse, considerada  la  prima  ballerina  más  brillante y mejor  cotizada   del  hemisferio  occidental,  abriría  la temporada de ballet  interpretando  El  Rito de  Primavera, de Stravinski. Tenía el capricho de bailar la escena donde se sacrifica una doncella, llevando  en sus manos un cuenco prehistórico  de  piedra pulimentada encontrado cerca de Cro-Magnon.
     Su amante, el general Manfred Von Krauss, jefe de las fuerzas de ocupación, no pareció darle importancia.
    En tono desafiante agregó:
- Creo que hoy puedo lastimarme un tobillo.-
    Angelo Pavani, el coreógrafo  de  Thérèse, sabía que era capaz de cumplir la  amenaza. Retorciéndose las manos, expresivas y sensibles, lanzó un  refinado  gritito y cayó de rodillas ante Krauss.
 -Si Thérèse se  lastima  y  no  puede  bailar,  me abriré las venas.- exclamó con acento dramático mientras, con un pequeño pañuelo de seda, se quitó el  rimmel que se le corrió con las lágrimas. Angelo estaba enamorado de Manfred y también era capaz de cumplir sus amenazas.
   El  joven  general  dio  poca  importancia  a  la ridícula escena; tomó un sorbo del  desagradable brebaje que le sirvió Angelo y golpeó, impaciente,  el  borde  de  la mesa. Militar varias  veces condecorado, le exasperaban  los amanerados modales de  la  fauna intelectual  que  revoloteaba en el departamento. Deseaba  estar  con  Thérèse  en  la intimidad, donde  la  temperamental y  fogosa  bailarina era  tierna, delicada y complaciente. Dominó  pues,  su  mal  humor  y,  recordando  la  sensual devoción  con  que Thérèse cumplía sus deseos, accedió al infantil deseo de la artista. El oficial de guardia trajo del Museo  Central el  pequeño  vaso de piedra blanca. Después se bebió, con  gesto  de  desagrado,  el resto de su cóctel.

II

Ningún ruido acompañaba al suave arrullo del viento sobre las rocas.  Los  hombres  habían  celebrado sacrificios propiciatorios a  los  dioses  de  la  caza y salieron, al amanecer, hacia la  región  baja  y boscosa donde encontrarían alimento para la tribu. En la caverna ceremonial, los dibujos pintados sobre las paredes parecían moverse al oscilar del fuego sagrado. Fuego: tesoro de  la  tribu. Fuego: vida y muerte. Fuego: vida o muerte. La luna, luna llena, luna de cazadores, brillaba cerca del cenit.
     N'ek, bella hija de P'ek, el  sacerdote, se levantó en silencio.  ¡Aquella  música!  sonidos  jamás  escuchados  se encrespaban en el interior de  su  cerebro; estruendos con el mismo acento  del  rayo.   Notas  largas,  lamentosas,  como alaridos de prisioneros sacrificados a  la Diosa de la Noche. Ruido como de grandes troncos huecos que  al ser golpeados producían un sonido bronco,  profundo,  modulado. Y luego, esa melodía  ascendente,  vibración  de indescriptible  belleza, sonidos  altísimos,  entremezclados  con  jadeantes acompañamientos, unos roncos como  el  grito  de  los jefes y otros con aguda voz de guerrero joven. Allá  al  fondo  se escuchaban otras notas, agudas y dulces, como las que producían los sacerdotes  al soplar en las flautas hechas con húmeros perforados.
      N'ek  sintió  una  fuerza  interior  que  la  impulsaba a bailar. La cabeza le  daba vueltas más fuerte que cuando su padre le daba el bebedizo antes de danzar pidiendo fertilidad o  un  parto venturoso. Como en aquella ocasión que masticó  unos extraños hongos encontrados junto a los helechos gigantes. Se tapó los oídos con  sus  manos  finas y morenas pero la música  seguía  y   seguía.   Canturreó.
     K'er,   la  madre, despertando al  escuchar  a  su  hija,  sintió  un angustioso temor; eso  que  cantaba  N'ek era música, sí, pero debían dictársela los demonios. Eran sonidos extraños, ajenos. Incorporándose, vio a la joven como  en  trance,  distinta,  transfigurada,  reflejando en su rostro terrible lucha interna, danzando con  ágiles y armoniosos movimientos. N'ek giró con rapidez parada en la punta de sus pies, estremecido su cuerpo esbelto mientras cantaba una melodía obsesiva, acompasada, circular. Siguió bailando, deslizándose hasta el exterior. K'er la quiso detener, pero N'ek la apartó con extraordinaria fuerza. La luz  de  la  luna,  desde  el  exterior,  proyectó sombras retorcidas. Salió de  la  cueva,  siempre bailando, con furia salvaje, con movimientos demoníacos pero llenos de gracia.
     K'er deseó que los hombres no hubiesen salido tras el mamut aquella noche; el  miedo la mantenía como hipnotizada, sin despegar la vista de  su  hija, que danzaba frenética frente a la cueva sagrada de Ke'w.
     N'ek se arrodilló sobre la  arena húmeda y escuchando dentro de su cabeza aquel fragoroso batir de percusiones, invocando a la fiera, levantó el cuenco sagrado, tallado en un pedazo de roca traslúcida.
    Con destellos de luna  en sus  largos  colmillos marfilinos, una veteada mancha  obscura saltó, con un rugido, sobre su hermoso cuerpo.

III

     A setenta mil años de distancia,  Thérèse levantó la pequeña vasija de piedra traslúcida  mientras  la orquesta atacaba un impresionante crescendo. Se iniciaba el  rito  pagano  de  la  Tierra en equinoccio de Primavera.
   Thérèse  perdió  el  sentido de la realidad. Sintió  que  el  mundo  giraba,  desapareciendo  de  su mente teatro, orquesta, luces, telones, público. Un dolor lacerante quemó sus entrañas y como relámpago, su mente recogió  la imagen nocturna de un claro  en  la  selva  primitiva, entre grandes rocas y gigantescos helechos.
    Mientras la vida se le escapaba en un estertor agónico, cayó bañada en sangre, en el centro del escenario.
   Tenía la espalda destrozada; desgarrada, con heridas que solamente podían haber causado los afilados colmillos y las poderosas zarpas de una primitiva bestia, enorme y salvaje. 

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