LA NOCHE DEL CAZADOR
I
Thérèse, maquillada exageradamente, inició una sonrisa perversa mientras expresaba, con rica voz de contralto, la frase que había estado preparando toda la tarde.
- Manfred: Stravinsky me pone frenética. Quiero bailar llevando el vaso de piedra que me mostraste ayer.-
Thérèse, considerada la prima ballerina más brillante y mejor cotizada del hemisferio occidental, abriría la temporada de ballet interpretando El Rito de Primavera, de Stravinski. Tenía el capricho de bailar la escena donde se sacrifica una doncella, llevando en sus manos un cuenco prehistórico de piedra pulimentada encontrado cerca de Cro-Magnon.
Su amante, el general Manfred Von Krauss, jefe de las fuerzas de ocupación, no pareció darle importancia.
En tono desafiante agregó:
- Creo que hoy puedo lastimarme un tobillo.-
Angelo Pavani, el coreógrafo de Thérèse, sabía que era capaz de cumplir la amenaza. Retorciéndose las manos, expresivas y sensibles, lanzó un refinado gritito y cayó de rodillas ante Krauss.
-Si Thérèse se lastima y no puede bailar, me abriré las venas.- exclamó con acento dramático mientras, con un pequeño pañuelo de seda, se quitó el rimmel que se le corrió con las lágrimas. Angelo estaba enamorado de Manfred y también era capaz de cumplir sus amenazas.
El joven general dio poca importancia a la ridícula escena; tomó un sorbo del desagradable brebaje que le sirvió Angelo y golpeó, impaciente, el borde de la mesa. Militar varias veces condecorado, le exasperaban los amanerados modales de la fauna intelectual que revoloteaba en el departamento. Deseaba estar con Thérèse en la intimidad, donde la temperamental y fogosa bailarina era tierna, delicada y complaciente. Dominó pues, su mal humor y, recordando la sensual devoción con que Thérèse cumplía sus deseos, accedió al infantil deseo de la artista. El oficial de guardia trajo del Museo Central el pequeño vaso de piedra blanca. Después se bebió, con gesto de desagrado, el resto de su cóctel.
II
Ningún ruido acompañaba al suave arrullo del viento sobre las rocas. Los hombres habían celebrado sacrificios propiciatorios a los dioses de la caza y salieron, al amanecer, hacia la región baja y boscosa donde encontrarían alimento para la tribu. En la caverna ceremonial, los dibujos pintados sobre las paredes parecían moverse al oscilar del fuego sagrado. Fuego: tesoro de la tribu. Fuego: vida y muerte. Fuego: vida o muerte. La luna, luna llena, luna de cazadores, brillaba cerca del cenit.
N'ek, bella hija de P'ek, el sacerdote, se levantó en silencio. ¡Aquella música! sonidos jamás escuchados se encrespaban en el interior de su cerebro; estruendos con el mismo acento del rayo. Notas largas, lamentosas, como alaridos de prisioneros sacrificados a la Diosa de la Noche. Ruido como de grandes troncos huecos que al ser golpeados producían un sonido bronco, profundo, modulado. Y luego, esa melodía ascendente, vibración de indescriptible belleza, sonidos altísimos, entremezclados con jadeantes acompañamientos, unos roncos como el grito de los jefes y otros con aguda voz de guerrero joven. Allá al fondo se escuchaban otras notas, agudas y dulces, como las que producían los sacerdotes al soplar en las flautas hechas con húmeros perforados.
N'ek sintió una fuerza interior que la impulsaba a bailar. La cabeza le daba vueltas más fuerte que cuando su padre le daba el bebedizo antes de danzar pidiendo fertilidad o un parto venturoso. Como en aquella ocasión que masticó unos extraños hongos encontrados junto a los helechos gigantes. Se tapó los oídos con sus manos finas y morenas pero la música seguía y seguía. Canturreó.
K'er, la madre, despertando al escuchar a su hija, sintió un angustioso temor; eso que cantaba N'ek era música, sí, pero debían dictársela los demonios. Eran sonidos extraños, ajenos. Incorporándose, vio a la joven como en trance, distinta, transfigurada, reflejando en su rostro terrible lucha interna, danzando con ágiles y armoniosos movimientos. N'ek giró con rapidez parada en la punta de sus pies, estremecido su cuerpo esbelto mientras cantaba una melodía obsesiva, acompasada, circular. Siguió bailando, deslizándose hasta el exterior. K'er la quiso detener, pero N'ek la apartó con extraordinaria fuerza. La luz de la luna, desde el exterior, proyectó sombras retorcidas. Salió de la cueva, siempre bailando, con furia salvaje, con movimientos demoníacos pero llenos de gracia.
K'er deseó que los hombres no hubiesen salido tras el mamut aquella noche; el miedo la mantenía como hipnotizada, sin despegar la vista de su hija, que danzaba frenética frente a la cueva sagrada de Ke'w.
N'ek se arrodilló sobre la arena húmeda y escuchando dentro de su cabeza aquel fragoroso batir de percusiones, invocando a la fiera, levantó el cuenco sagrado, tallado en un pedazo de roca traslúcida.
Con destellos de luna en sus largos colmillos marfilinos, una veteada mancha obscura saltó, con un rugido, sobre su hermoso cuerpo.
III
A setenta mil años de distancia, Thérèse levantó la pequeña vasija de piedra traslúcida mientras la orquesta atacaba un impresionante crescendo. Se iniciaba el rito pagano de la Tierra en equinoccio de Primavera.
Thérèse perdió el sentido de la realidad. Sintió que el mundo giraba, desapareciendo de su mente teatro, orquesta, luces, telones, público. Un dolor lacerante quemó sus entrañas y como relámpago, su mente recogió la imagen nocturna de un claro en la selva primitiva, entre grandes rocas y gigantescos helechos.
Mientras la vida se le escapaba en un estertor agónico, cayó bañada en sangre, en el centro del escenario.
Tenía la espalda destrozada; desgarrada, con heridas que solamente podían haber causado los afilados colmillos y las poderosas zarpas de una primitiva bestia, enorme y salvaje.
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