sábado, noviembre 27, 2010
UNA HISTORIA DE AMOR
La primera vez que la vi, el amor floreció. Esbelta, no muy alta, de nariz fina y ojos color de avellana, cruzó el salón con paso decidido.
Jaime, el hombre que me había formado, que podía decirse me había hecho para el teatro, se adelantó hacia ella exhibiendo esa sonrisa franca y cordial que lo caracteriza y quiso transmitirme, pero que copiada en mis labios tenía menos fuerza humana y un imperceptible rastro irónico. La saludó con gesto afectuoso y, empujándome suavemente hacia el halo de suave fragancia la rodeaba dijo con voz en que noté un ligero toque de orgullo:
-Carolina, te presento a Chick.- Sus dedos pulcros se deslizaron sobre mi mano con calidez satinada, como tántas veces habría de sentirla, amorosa sobre mi rostro, en los años venideros.
Pasamos juntos toda la tarde conversando con la gente que abarrotaba la galería de Jaime, quien exponía sus esculturas. Me presentó con amigos ¿antiguos amores?, amigas ¿antiguas rivales?, gente de teatro, escritores, periodistas, poetas, pintores, músicos. Su representante paseó una mirada calculadora sobre mi rostro largo y melancólico, observando despectivamente la rebelde y abundante mata de pelo rojizo que lo adorna, mientras hablaba sin parar de cifras, contratos y porcentajes.
Nota discordante de la velada fue encontrarnos con Eduardo, su ex marido. Las palabras, que ella deseaba que fuesen agudas y mundanas, salieron balbuceantes de mi atemorizado interior al enfrentarme al odioso patán, vestido con ostentación y mal gusto; un empresario teatral de vulgar facha en quien ella había desperdiciado cuatro años de su vibrante juventud. Me pregunté, sin encontrar respuesta, cuánto habría sufrido tan fina y delicada mujer al compartir su vida, y su lecho, con tan animalesco rufián. Carolina, que a sus veintitrés abriles era como una brisa de atardecer tropical, se marchitó, se opacó en una fracción de segundo ante la presencia ominosa de aquel hombre que enarcando desdeñosamente las cejas, con hiriente sarcasmo se mofo de mi figura, de mi pobre traje, y de mi pronunciación imperfecta. En verdad mi atuendo era ridículo y mi dicción deficiente, pero la burlesca crítica del ogro hizo surgir la cólera que, nublando los ojos de Carolina, la llevó a tomar una decisión. Con gesto despectivo ignoró al zafio personaje y acarició mi barbilla con esa ternura que jamás ha faltado en su gesto, aún en los momentos más difíciles de nuestra unión, cuando mi presencia bloqueaba el camino que podía haberla conducido a las altas esferas sociales, a la opulencia económica, a la maternidad...
El desagradable encuentro con Eduardo perdió importancia con el hechizo de la tibia presencia de Carolina que, hermosa como un sol de primavera, rodeaba mi cuerpo con leve presión de su brazo blanco y terso. Trascendía entonces, del fondo de mi ser, la escencia evocadora de umbrosas y aromáticas laderas pobladas de cedros y pinares; tranquilos parajes bordeados de murmurantes arroyuelos donde transcurrieron mis años juveniles. Aquellas horas marcaron para siempre mi destino.
Me llevó a su departamento y, pese a la profunda diferencia entre nuestras naturalezas, esa noche se inició nuestro idilio. Desde entonces jamás nos hemos separado. La pasión que inspira ella, la mujer más hermosa de la tierra, es tierna y profunda. Cambié. De monigote decorativo e inútil me convertí en compañero ideal; ella hizo el milagro y fuimos la pareja perfecta. Juntos recorrimos el mundo, de teatro en teatro, cosechando triunfos y fama. Yo he sido, en cierta forma, solo su comparsa, pero mi sonrisa inescrutable, mi tez pálida, mi rostro aristocrático y por encima de todo una forma de hablar refinada y precisa, que revela profunda cultura, nos valieron aplausos y contratos.
En cada ciudad donde nos presentábamos llovían para Carolina invitaciones de hombres galantes, apuestos y acaudalados, que ella siempre rechazó con luminosa sonrisa y una frase que me henchía de felicidad: "Ya tengo un compañero que llena mi vida", mientras acariciaba mi pelo con dedos suaves como pétalos de rosa. Por mi parte ¿Cómo podría poner los ojos en otra mujer si Carolina es la única razón de mi ser, el aliento que me hace vivir y la escencia de mi espíritu? Ser suyo es poseer el Universo entero.
Fue en la tercera gira que hicimos por Europa. ¿En Berlín? ¿en París? ¿en Bruselas? cuando supe que aquel sueño de amor terminaría un día no muy lejano. Un suceso aparentemente trivial me reveló que la fuente de nuestra felicidad estaba por agotarse: El piloto de carreras Karl Von Feldmann envió a Carolina un ramo de flores. Era un ramo grande, pero no demasiado; es más, ni siquiera era de flores exóticas; simplemente un ramo como centenares recibidos durante años, aunque el correcto lenguaje de la tarjeta adjunta traslucía insinuaciones inquietantes.
Estaba yo dentro del clóset de Carolina y llegaron hasta mi con toda claridad las cínicas proposiciones del mundano as del volante, pero también la firme negativa de mi amante dueña... No se apagaba todavía el eco de la indecorosa invitación del junker cuando mi cruel inventiva salió, como torrente, hiriendo su corazón, lastimando su sensibilidad. Carolina lloró con amargura por mi injusta reclamación. Vimos entonces nuestras ataduras casi deshechas; la relación, irregular de por sí, mostraba grietas abismales y supimos con certeza que el final se acercaba.
Me reveló entonces el mar profundo de sus anhelos insatisfechos; lo dijo con dulce tristeza, con esa suavidad tan suya. A través de Jaime yo estaba enterado de su origen humilde y bien sabía de su esfuerzo por no abandonarse a la pandilla barriobajera, del sacrificio que implicaba haber obtenido un título universitario, pero ella jamás me había hablado de lo que sufrió en su prematuro matrimonio, frustrado por el egoismo de Eduardo; de su feroz batalla por colocarse en las carteleras sin prostituirse a cambio de una oportunidad; su disciplina por perfeccionarse durante horas y horas de tediosa práctica día tras día. Meses, años de búsqueda, desesperada hasta la desilusión, sostenida solo por el orgullo y la confianza en su arte. Obstinada en triunfar por su propio mérito a pesar de su belleza y su hambre; resuelta firmemente a no venderse para lograr un rápido ascenso como ocurre a tantas artistas jóvenes. Nuestro encuentro, y su éxito arrollador conmigo a su lado, le había permitido reunir una pequeña pero sólida fortuna. Enfrentaba al futuro sin temores ni incertidumbres pero, mujer joven y sensible, no aceptaba la idea de convertirse para siempre en una fría máquina de ganar dinero; quería formar un hogar, tener hijos y disfrutar tranquilamente de la vida; algo que yo no le podía dar porque había sido modelado para la farándula, para brillar entre candilejas, para generar y recibir aplausos. Mi sino, desde el momento de mi concepción, fue existir para el teatro.
Ese día prometió que si alguna vez encontraba un hombre que supiera hacerla feliz, abandonaría el teatro, se apartaría de mi y destruiría todo lo que le recordase nuestra vida juntos. Me lo juró con un temblor de angustia en sus largas y finas manos, con un espasmo de dolor anticipado en su rostro de líneas perfectas.
Meses después conoció a Ernesto y supe que el final había llegado. Soy ¿cómo decirlo? Bien... físicamente más hermoso, pero él tiene una ruda y viril ternura de la cual yo carezco. El es la estabilidad, el hogar, los hijos; es el final del viaje al rededor del mundo agotador y vacío. Le dará cuidado y protección como jamás hubiese podido hacerlo yo mismo. Es un hombre enamorado de Carolina y estoy seguro de que la amará hasta la muerte.
Estamos cumpliendo el pacto. Así lo decidimos. Esta noche vendrá Ernesto y ella aceptará ser su esposa. Toda la ternura y el amor que eran míos, desde hoy serán para él. Yo, solamente seré un recuerdo.
-Adios, Mister Chick- Musitó con voz entrecortada depositando un largo beso en mi frente mientras sus dulces ojos se llenaron de lágrimas que corrieron amargas, hasta mi boca.
Estoy escuchando sus sollozos. Me desgarran el alma y me duelen más, mucho más, que las llamas que comienzan a devorar mi cuerpo mientras caen, alimentando el fuego que me envuelve, cientos de programas de teatro, brillantes carteles y fotografías, de todo el Mundo, que anuncian: "Maravilloso espectáculo de ventriloquía: Carolina del Val y su muñeco Mister Chick".


0 Comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]
<< Página Principal